El arte de esperar

Captura de pantalla 2016-03-04 a las 18.34.29SERGIO MENÉNDEZ | Ni el paso de los años ha logrado borrar del rostro de Siniša Mihajlović la candidez que le caracterizaba en su etapa como futbolista. Sólo en el ocaso de su carrera, cuando las entradas le despejaron la frente, la papada se le empezó a caer y la barba de dos días y las arrugas comenzaron a aflorar, sus rasgos faciales, hasta entonces pueriles, adquirieron algo de la dureza que siempre se le supone a un tipo nacido en los Balcanes. Su taciturna caída de ojos y la ausencia de rictus y facciones raciales le habrían hecho pasar, más bien, por francés o portugués que por un miembro de la antigua Yugoslavia.

El serbio, a decir verdad, nunca se distinguió por su rudeza. Ni por carácter ni por juego. Ello no le impidió, sin embargo, pasar a la historia como un futbolista letal. En este sentido, Mihajlović optó por la vía menos rápida para alguien que juega en la demarcación de defensa. A diferencia de otros futbolistas con los que acabaría compartiendo vestuario, como Marco Materazzi, el serbio prefirió labrarse una fama explotando su talento, no enmascarando sus carencias a base de intimidación, actitudes macarras, entradas a la altura de la rodilla o provocaciones. Si bien en determinados momentos se vio obligado a soltar alguna patadita, escupitajo o improperio que otro – en cierta ocasión durante su etapa en el Lazio alcanzó de un salivazo a Adrian Mutu durante un encuentro con el Chelsea y reconoció haber llamado “negro bastardo” y “puto mono” a Patrick Vieira después de que el francés se dirigiese a él como “gitano de mierda” en un partido frente al Arsenal – el guante de su pie izquierdo y su templanza le bastaron y le sobraron para construir una leyenda en torno a su figura.

A medida que fueron pasando los años, su labor sobre el terreno de juego se fue asemejando a la de un francotirador. Solo tenía que dejar que pasaran los minutos, esperar a que la defensa rival cometiese un error y el árbitro pitase falta. Es ahí, curiosamente, en las proximidades del área contraria, donde Mihajlović sacaba lo mejor de sí mismo. Se aproximaba con su alegre y particular trote hacia el lugar de la infracción, colocaba el esférico, retrocedía unos metros, iniciaba la carrera y… gol. Daba igual lo lejos o escorado que estuviese o lo alta que fuese la barrera. A su fuerza y precisión se sumaba el efecto que era capaz de imprimirle al balón, lo que convertía sus libres directos en balones inalcanzables para los porteros. La espera, en su caso, solía merecer la pena.

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Esperar es, justamente, lo que llevan haciendo durante varias temporadas los aficionados del Milan. Y es que hace más de cuatro temporadas que los rossoneri no se alza con un título. La última vez fue el 6 agosto de 2011, fecha en que el equipo, dirigido entonces por Massimiliano Allegri, que contaba entre sus filas con jugadores ya retirados como Alessandro Nesta, Clarence Seedorf, Gennaro Gattuso o Filippo Inzaghi, vencieron al Inter en la final de la Supercoppa de Italia, a la que llegaba como campeón de la Serie A. En lo que a torneos internacionales se refiere, el palmarés del club no se ha renovado desde el verano de 2007, cuando Carlo Ancelotti y sus hombres se impusieron al Sevilla en la final de la Supercopa de Europa. Lo hacían, en aquella ocasión, tras cobrarse la revancha contra el Liverpool en mayo de ese mismo año y convertirse en campeones de Europa por séptima vez en su historia. Demasiado tiempo para un club acostumbrado a ganar. Un club que desde la marcha de ‘Carletto’ ha pasado por manos de Leonardo, Allegri, Seedorf, Inzaghi y, efectivamente, Siniša Mihajlović, actual inquilino del banquillo milanista.

Curiosamente, no ha sido hasta la llegada del serbio cuando al equipo se le ha presentado una nueva oportunidad de celebrar algo. Se trata, en este caso, de la Coppa de Italia, título que no reeditan desde la temporada 2002/2003. La oportunidad le llega, en efecto, de la mano de un hombre que, a diferencia de sus predecesores en el cargo – a excepción de Allegri – no sólo nunca militó como futbolista en el Milan, sino que lo hizo en clubes italianos que en su momento fueron rivales directos como Roma, Sampdoria, Lazio o Inter. Una oportunidad que, independientemente de si finalmente se traduce en una victoria, no tendría por qué implicar el fin de la crisis de identidad, juego y resultados que el club viene experimentando desde hace un lustro, pero significaría su vuelta a la senda de los títulos. Todo depende de lo que ocurra el próximo 21 de mayo ante la Juventus. Sólo entonces sabremos si la espera y Mihajlović, dos conceptos que discurren casi paralelos, habrán merecido la pena.

04/03/2016

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