Vuelta a la vida

FernandoTorresSERGIO MENÉNDEZ | “Tú y yo lo sabíamos”, solía decir el mítico, irrepetible y desaparecido Joaquín Luqui. Y el caso es que él también lo sabía. Todos lo sabíamos, en realidad. Por mucho que en ocasiones se empeñara en lanzar balones fuera, hacerse el remolón y repetir lo feliz que se encontraba fuera de España cuando le preguntaban si cabía la posibilidad de que el hijo pródigo emprendiera su retorno en el futuro. La vuelta de Fernando Torres al Atlético de Madrid era cuestión de tiempo. Una cosa de dominio popular, más bien. Igual que el día en que Raúl se convierta en entrenador del Real Madrid. Igual que Guardiola, otro al que se le llena la boca de decir que ahora mismo sólo piensa en viajar y enriquecerse futbolísticamente y que no tiene ninguna necesidad de volver por Barcelona, anuncie que ha llegado el momento de regresar a casa, quién sabe si para entrenar o incluso presidir el club de toda su vida. Igual que un nuevo escándalo de Mario Balotelli. A nadie se le escapa que tarde o temprano llegarán. Si dudarlo constituye de por sí un absurdo, negar la evidencia sólo conduce a engañarnos a nosotros mismos.

El asunto coleaba desde verano. La salida de Diego Costa, máximo goleador del equipo la temporada pasada y —pese a sustitución nueve minutos después de que comenzara la final de la Champions League — pieza clave en la espectacular campaña que protagonizaron los muchachos de Simeone, unida a las bajas de David Villa, Leo Baptistão y Adrián, obligaban a Miguel Ángel Gil a contratar una delantera totalmente nueva. Gran parte de los 38 millones de euros que recibieron en el Manzanares a cambio del jugador de Lagarto fueron invertidos en traer a Mandžukić, que pasaba a sustituirle en su papel de delantero estrella del conjunto colchonero. Y mientras el croata se iniciaba junto a Jan Oblak en el ritual de ingreso a la plantilla partiendo cochinillo en Segovia, desde los despachos del club se fue poco a poco completando su nómina de atacantes con las incorporaciones de Griezmann, primero, Raúl Jiménez, después, y Alessio Cerci, que aterrizaba en la capital de España las horas previas al cierre del mercado de fichajes. De hecho, el traspaso del jugador italiano se produjo en un clima de cierto suspense, pues se había empezado a extender el rumor de un posible interés por parte del cuerpo técnico por repatriar a Fernando Torres, que no atravesaba su mejor estado de forma en el Chelsea. Su elevada ficha, sin embargo, hizo imposible que la contracción se llevara a cabo finalmente y fue el Milan quien se hizo con los servicios del fuenlabreño.

Existe un punto de inflexión en la carrera profesional de Fernando Torres a raíz de su marcha de Liverpool a Londres en 2011. Como si el hecho de convertirse en el fichaje más caro de la historia de la Premier League le hubiera supuesto, de repente, un lastre tan sumamente pesado que le impedía moverse sobre el terreno de juego con su velocidad e instinto habituales, el caso es que ‘The Kid’ pasó de ser el máximo artillero de la competición y musa de The Kop a una sombra de sí mismo. En ocasiones daba la sensación de que le hubieran extirpado esa capacidad única de penetrar en el área a voluntad, dejar sentados a varios defensas y, bien perforar la red con un disparo fuerte y certero, bien colocar el balón en la cepa del poste, a sangre fría, lejos del alcance del portero. Fallaba goles cantados, a puerta vacía. Hay quien dice que dejó de correr tan rápido como cuando se paseaba felizmente por los verdes prados de Anfield. Ni rastro de la voluntad que demostró en la pugna con Lahm que nos hizo campeones de Europa, de las acrobacias de Heliópolis, ni brillo ni ganas de travesuras en la mirada. Había perdido su ‘mojo’. Y, claro, tanto Stamford Bridge como, en última instancia, José Mourinho se cansaron de esperarle.

Pero los caprichos del azar quisieron que Cerci, futbolista que apenas había contado en los planes de Simeone, el hombre que en verano truncó su regreso al Vicente Calderón, se iba a transformar en el cromo que desatascaría ese cambio entre Milán y la entidad con la que debutó en ese mismo estadio un 27 de mayo de 2001 sin siquiera haber alcanzado la mayoría de edad, de la que se convirtió en capitán a los 19 años, que se cargó valientemente a las espaldas sin pararse a pensar que un peso semejante podría haberle crujido sus hechuras de niño y que abandonó en su día para que ambas partes pudieran crecer por separado. Un hogar, en definitiva, al que regresa prácticamente ocho temporadas después. “Madrid me mataba”, llegó a comentarle a un periodista a propósito de la asfixia que le generaba el hecho de no poder salir tranquilamente a la calle sin que hordas de fans le abordaran a la caza de alguna foto. Lo mismo le ocurre al Atlético de Madrid, la casa a la que vuelve con el fútbol marchito, que diría Carlos Gardel, no para que le mate, sino para que le devuelva a la vida.

Artículo escrito para MARCA Plus el 01 de febrero de 2015.

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