Pfaff

pfaffMARIO BECEDAS | En 1980 no sólo comenzaba la mejor década que haya protagonizado la historia de la humanidad, sino que el mundo del fútbol alumbraba a dos figuras que iban a dar mucho que hablar en Europa y que en algún momento de sus vidas se iban a topar con Maradona, el gran hito de la década. Eran el alemán Bernd Schuster y el belga Jean-Marie Pfaff. Si del teutón y su torneo ya se habló desde estas líneas, ahora es tiempo del ‘diablo rojo’.

Nacido en la localidad belga de Lebekke en 1953, la leyenda cuenta que Pfaff provenía de una familia de acróbatas circenses procedentes de Alemania. También se dice que en su más tierna infancia tenía que compaginar la supeditación al gremio familiar con sus pinitos bajo la portería. Quizá la costumbre que heredaba de generaciones la traspasara al arco, donde empezó a hacer malabares eficaces hasta que el Beveren se fijó en él. En este modesto club belga, Pfaff alcanzaría la Copa de Bélgica en 1978 y la liga belga en 1979, llegando a ser en este último año mejor portero de la temporada.

Una progresión que igualmente demostró en el combinado nacional, donde debutó en 1976 en un cainita partido ante Holanda para no dejar esas redes en más de una década. Pero su bautizo de fuego con la Selección belga fue en la siempre fructífera Eurocopa del 80. La sólida pero elegante Bélgica de Guy Thys, asentada en la quinta mágica de Eric Gerets, Enzo Scifo o Jan Ceulemans brotaba de ese cancerbero de mirada grande, ojos de incipiente llorón, mentón de brutote y esa maraña rubia de bucles por montera.

Una Bélgica más pragmática que terrenal solventó una impecable primera fase, pues con dos empates se plantó en la final. En el primer partido empató a uno con Inglaterra —goles del citado Ceulemans y de Wilkins— mientras que en el segundo le pintó la cara lo suficiente a la siempre doliente España —ganaron 2-1 en un encuentro en el que marcaron Gerets, Cools y Quini—. Así se llegó a la tercera fecha, decisiva, contra la pujante Italia. Los de Thys se encomendaron a un Pfaff que lo paró todo. Un libre directo ‘azzurro’ que le estalló en el pecho, un balón pegado a la base del palo que sacó con la punta de la bota y muchas caricias de sus compañeros en el pelo. El empate a cero era sello suyo y ratificaba entre vítores el paso de Bélgica a la gran final contra Alemania.

En la cita que abrochaba la primera Eurocopa de la década, de sobra pormenorizada por estos lares, Pfaff siguió su rutilante estrella. Se demostró sólido ante los alemanes, comandó al equipo y le sacó alguna maravilla a Allofs cuando ya todos veían el beso a la red. Sin embargo, Schuster fue demasiado y los belgas se tuvieron que conformar con un subcampeonato que sabía a gloria: el tercer puesto de la Eurocopa de 1972 y la medalla de oro en los Juegos de Amberes en 1920 quedaban lejos como gestas patrias.

Poco más tarde Pfaff haría las paces con Alemania consagrándose como gran portero del Bayern de Múnich los años siguientes. Unos años en los que Pfaff siguió atesorando la gloria con sus manoplas. Especialmente en 1986, cuando su Bélgica con él bajo los palos sólo pudo ser detenida por Maradona en las semifinales de aquel Mundial. Por el camino, había sido verdugo de una más que decente España. Pfaff se convirtió en el mayor villano ibérico tras detenerle aquel histórico penalti a Eloy Olaya en cuartos de final, hundiendo a una promoción que quería tocar bóveda.

Esas iras llevaron a los españoles a decir, como algún holandés, que los belgas giran la casa para enroscar una bombilla y a odiar a un Pfaff que, décadas más tarde, disfrutando de sus laureles y junto a su mujer Carmen y a sus vástagos, se convirtió en estrella televisiva en su país al protagonizar ‘De Pfaffs’, un ‘reality show’ en el que el otrora guardameta no se cortaba a la hora de mostrar su día a día más íntimo y cotidiano a los telespectadores. Pero lo dejamos aquí porque esa es la parte del fútbol que más se parece a una úlcera. Palabra de Umberto Eco. D.E.P.

22/02/2016

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