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LukaModrićJULIÁN CARPINTERO | Un leve toque con el exterior. Ese instante, que repitió como si fuera el péndulo de un reloj, le sirvió a Luka Modrić para enmudecer a 80.000 personas, que se miraban asombradas y no sabían si dejarse las manos aplaudiendo o sacar su móvil para ponerse a grabar. Aquel niño rubio que creció en Croacia sorteando las bombas de la guerra y rompiendo ventanas con su toque de balón debería criogenizar el dedo meñique de su pie derecho, convertido hoy en patrimonio de la Humanidad del fútbol por su precisión y plasticidad. A base de contar kilómetros en sus piernas y construir huecos en su cabeza, el genio de Zadar se ha ganado la reverencia generalizada de una grada tan proclive a la desconfianza y al silbido. Y que ya le venera.

Creo que el cerebro es el más sobrevalorado de los órganos”. Con esta osada afirmación el embajador más universal de Nueva York ponía fin a la disputa verbal que estaba teniendo con Mariel Hemingway en una escena de la película “Manhattan” (1979), en la que Allen intenta rebatir los argumentos de su joven acompañante, empeñada en demostrarle la importancia de conocer al dedillo los satélites de Neptuno. No obstante, irónico o no, es evidente que el polifacético artista se equivocaba, ya que para cualquier faceta de la vida es necesario hacer funcionar con ingenio ese miembro rugoso que atribuye al ser humano la capacidad de pensar. No iba a ser el fútbol la excepción que confirmara la regla.

La medular pasa por ser la zona más influyente de ese rectángulo de 120 metros de largo y 90 de ancho al que llamamos campo. Salvo contadas excepciones, en esa parcela de césped ni se marcan ni se evitan los goles, y, sin embargo, todo se canaliza a través de ella, pues es ahí donde se ubican los futbolistas con una mayor agilidad mental, espacial y temporal. Intuitivos, hábiles, finos y sacrificados, desempeñar la función de mediocentro exige carácter, personalidad y disposición para el mando. En ese sentido, el Real Madrid se ha empecinado en desmitificar aquella leyenda que lleva décadas torturando a las mujeres cuyo color de pelo se confunde con el brillo del sol: las rubias no son tontas.

Como si de un casting de Woody Allen se tratara, durante las últimas décadas el club de Chamartín ha confiado el sector nuclear del campo a hombres que peinaban áureos cabellos. No me refiero a Di Stefano, que en su condición de primer jugador total bajaba al círculo central a organizar el juego y cuyo sobrenombre —‘La Saeta Rubia’— ya habla de ese pelo bermejo, sino de otros tantos ilustres madridistas. El primero fue Ignacio Zoco, el bastión que cubría las espaldas a los artistas del Real Madrid de los ‘yé-yés’ en la década de los 60 y que haría las veces de Diane Keaton por el simple hecho de ser el primero. Pero el navarro no podía ser eterno y, tras su retirada, Santiago Bernabéu se fijó en un rubiales de media melena y mirada penetrante, el alemán Günter Netzer, —quien reemplazaría a Manolo Velázquez— que, del mismo modo que ocurriría con la antes mencionada Mariel Hemingway, estaría poco tiempo en cartelera pero dejó una honda huella en el recuerdo colectivo.

LukaModrić

Tanto el clarinetista como el club blanco no se conformaban e iban evolucionando y refinando sus gustos. El siguiente en entrar en nómina sería Bernd Schuster, o lo que es lo mismo, Mia Farrow, una relación turbulenta, puesto que el teutón llegó despechado del Barça y se iría más despechado, si cabe, al Atlético de Madrid, pero al que un par de temporadas sirvieron para demostrar su calidad y dejar un legado en forma de títulos. Rubio, alegre y sofisticado, los inestables 90 se iniciaron con una delicada brisa porteña llamada Fernando Redondo, que a base de pases e inteligencia se metería en el bolsillo al respetable merengue como si de Naomi Watts se tratara. Tres lustros y una fidelidad casi monacal al club que le catapultó al estrellato convirtieron a Guti en la Scarlett Johansson de Concha Espina, un ingenio tan explosivo como imprevisible, pero capaz de levantar al público con un leve tintineo de su tacón.

En esas estaba el Real Madrid, buscando a su última Barbie, cuando en el verano de 2012 aterrizó Luka Modrić, un menudo creador croata de nariz prominente y facciones marcadas al que apodaban ‘El Cruyff de los Balcanes’ por su pericia para estar aquí y allí, asistir y cortar, iniciar y culminar; en definitiva, para pensar. Y, cómo no, era rubio, igual que Cate Blanchett, la musa dorada que ha elegido el cuatro veces ganador del Oscar para que sus histriónicos relatos no adolezcan de credibilidad.

El día del 3-0 al Atlético Luka no marcó, pero su actuación fue un verdadero espectáculo aderezado por un impresionante catálogo de pases, regates y movimientos sin balón no exentos de garra. Fue el mejor. Como ha hecho siempre, levitó por el césped y se dedicó a susurrarle al oído a la pelota, que se adormece hipnotizada cuando le miran unos ojos que lo dicen todo sin ni siquiera tener que pestañear. Como como cuando Owen Wilson caía rendido al embrujo de las pupilas negras de Marion Cotillard en “Midnight in Paris”. Porque, en el fondo, da igual si es rubia o morena.

Artículo escrito para Kaiser Magazine el 06 de febrero de 2014.

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