Michel Hidalgo

michel-hidalgoMARIO BECEDAS | El español medio de 1982, poco informado y preocupado en mayor o menor medida por las altas posibilidades que tenían los socialistas de llegar al poder a finales de año, sabía por primera vez de Michel Hidalgo por la televisión. Se jugaba el Mundial celebrado en nuestro país y el seleccionador francés, que no abandonó su polo de rayas blancas y azul celeste en todo el torneo, se encaraba en Pucela con la Policía Nacional, entonces de color café, después de que el jeque hermano del emir de Kuwait bajara al campo a pedir, básicamente, que anularan el último gol del pequeño Giresse. Sus poco bregados jugadores habían oído no se sabe qué pitido falso desde la grada. El pobre árbitro, el señor Miroslav Stupar, estupefacto, acabó anulando el gol. Ahí terminó su carrera internacional.

El peleón Hidalgo —bajito, 1’68 metros, tez brillante, iracundo, entregado— se convertía en un emblema. En el hombre que dirigió a los mosqueteros. Cuando España fue —una vez más— humillada, todo el país se volcó con ‘les bleus’ y con Hidalgo. Una comunión que llegó al máximo apogeo en la tragedia del Sánchez Pizjuán, cuando la Alemania más antipática de todos los tiempos les apeó en las semifinales. La cara de Hidalgo cuando el portero Schumacher rompió para varios meses a Battiston fue el rostro indignado de toda Europa. Los españoles, que se la teníamos jurada a los teutones por su biscotto en Gijón y por ganarnos en el Bernabéu, no sabíamos lo que iba a pasar justo dos años después, cuando Hidalgo ya no nos iba a resultar tan simpático.

Antes de llegar a eso, como decía, sólo algún avezado y maduro madridista recordaría que en la final de la Copa de Europa de 1956 que los blancos ganaron al Stade de Reims marcó un tal Hidalgo, que no era otro que el entrenador francés. De nacionalidad gala y congoleña, Michel François Hidalgo había nacido en la localidad de Leffrinckoucke, perteneciente al distrito de Dunkerque. Hijo de un obrero de la metalurgia, el postrero entrenador se declararía siempre con ADN proletario y más cercano a la izquierda que a la derecha. Algo que intentó traspasar al fútbol, por ejemplo, en 1968, cuando ya retirado presidía el histórico sindicato de jugadores UNFP y se sumó a las huelgas que surgieron en todo el país reclamando mejoras laborales para sus representados.

Esta vena izquierdista planteó algún remordimiento a Hidalgo cuando su sentido moral del deber le hizo preguntar a sus jugadores —era seleccionador francés desde 1976— si alguno se negaba a disputar el Mundial de Argentina ’78 teniendo en cuenta las tropelías que cometían sin descaro las huestes del dictador Videla. También antes del citado Mundial, cuenta Quique Peinado, Hidalgo vivió un episodio singular relacionado con el mismo. Circulaba en su utilitario camino de París con su esposa para reunirse con los jugadores y volar hacia Argentina cuando otro coche le apartó de la carretera y unos hombres armados le llevaron por una senda campestre a punta de pistola. Querían secuestrarle para exigir la liberación de presos por parte de Videla, conscientes de su ascendencia mediática. Tan torpes fueron los secuestradores que Hidalgo se giró, tomó la pistola y éstos salieron huyendo. Cuando el seleccionador denunció los hechos, los gendarmes no le creyeron. Incluso las malas lenguas llegaron a decir que él mismo fingió el secuestro para hacer más presión internacional.

Pero todas estas anécdotas no le decían nada al aficionado español que, tras el épico 12-1 a Malta y consciente de las limitaciones de su plantel, se sumía en la esperanza de que su combinado nacional llegara lejos en la Eurocopa de 1984, que se celebraba precisamente en Francia. Mientras nosotros avanzábamos sufriendo, a dentelladas, por nuestro lado del cuadro, ‘el gallo’ de Hidalgo y Platini siguió donde lo había dejado en el Mundial de dos años antes y mediante su fútbol de mosqueteros aplastaba rivales sin compasión. Sólo sufrió un poco en las semifinales contra Portugal y, ‘chovinista’, como no podía ser de otra manera, olvidaba el apoyo español de marras para cargar en todas las palestras contra nuestros infelices tuercebotas. A tal punto se avinieron a esto los medios que en un programa radiofónico del legendario ‘Protagonistas’ de Luis del Olmo el mítico Forges imitó al seleccionador galo diciendo que en el Hexágono llamaban “pitufo” a Señor, que el combinado rojigualda jugaba “mal y sucio” y que los camiones españoles de fruta ardiendo en la frontera eran obra de figurantes nuestros.

Un siempre encolerizado Hidalgo, al que no ayudaba su apellido claramente de origen español, como tantos otros en Francia, anunció querella, pues en el programa nunca se aclaró que se trataba de una imitación. La venganza llegó a las 24 horas cuando falló el sobaco de Arconada y Platini nos sumió en una noche que duró 24 años. Hidalgo lo había logrado y ya dejó de ser un héroe para nosotros. Inmediatamente saltó del banquillo galo y buscó primero el despacho federativo y más tarde el del Olympique de Marsella. En el 91 pasaría a ser comentarista y hasta sus actuales 82 años su anonimato se pierde en Internet.

08/02/2016

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