El nervio de Nervión

FIRMA DE SHARK GUTIÉRREZ | A principios del siglo XX, Nervión sólo era un barrio en el imaginario colectivo de la burguesía sevillana. Se quería construir una zona residencial, una especie de Ciudad Jardín —de influencia inglesa— para saciar así los deseos de Luis Lerdo de Tejada. La construcción del barrio fue lenta debido a diversos litigios entre la Inmobiliaria Nervión y el Ayuntamiento de Sevilla. La Gran Plaza siempre fue el centro del barrio y quiso crecer a lo largo y ancho de la misma. Pero ese no era el plan inicial, ya que Aníbal González, que era el arquitecto principal para llevar a cabo el proyecto, había dimitido del mismo cuando el plan de ordenación no se ajustaba a lo ideado. Nervión, de esta manera, fue un barrio anexionado a la capital hispalense a una velocidad parsimoniosa, lenta, casi desesperante.

El Sevilla de Unai Emery es justamente lo contrario a la construcción de Nervión. Todo nervio, corazón, vértigo, velocidad y, en algunas ocasiones, precipitación por tomar la decisión más certera, por no pensar. Casi como una alegoría de sus colores: el blanco por la pureza ideológica a la que está condicionada por sus futbolistas y el rojo de la sangre que fluye por su cuerpo cuando el espíritu de Ramón Sánchez Pizjuán se reencarna en la voz de cada uno de los aficionados del estadio que da su nombre.

Pelos como escarpias. Esa debe de ser la sensación que recorre al cuerpo de Kevin Gameiro cada vez que marca un gol en el coliseo sevillista. Algo que también ocurre fuera de Sevilla, aunque no con el mismo alivio ni una intensidad similar. Hablando de esa tensión competitiva, el galo se ha puesto las pilas para acompañar a Benzema y Griezmann en la convocatoria de les bleus el próximo junio. La posibilidad de que su propio país sea el escaparate que siempre quiso tener, una oportunidad, como la que ha tenido tras marcharse Bacca o como de las que goza cada vez que tira ese desmarque al espacio para encarar la portería rival, escaparse con velocidad y nervio y encontrar el inescrutable camino del gol.

La perseverancia hace al hombre y, en este caso, define a Kevin Gameiro. Incordio en el terreno de juego cuando sale a presionar al portero o a los defensas, de no ser por esa ambición de querer triunfar y ser importante quizá no estaría viviendo el momento que, por puro karma, merece de sobra. Su historia comienza, como la de casi cualquier primogénito de futbolista, queriendo emular a su padre. Oriundo de la pequeña población de Senlis (Oise), al norte de Francia, el joven Kevin permaneció en el modesto Star Sports de Marly-la-Ville hasta los 13 años, cuando se marchó al Chantilly. Allí sería donde cruzaría en el camino del mítico defensa del Strasbourg —y otrora jugador del Chantilly— Jacky Degueperoix, por entonces entrenador del club. Así, en 2004 le incorporó al Racing y apenas casi dos años después le hizo debutar en la derrota por 1-0 ante el Paris Saint-Germain. Las sensaciones eran buenas, algo que no tardaría en demostrar marcando dos goles al Estrella Roja en una eliminatoria de Copa de la UEFA. No obstante, el primer gran obstáculo en la vida deportiva de Gameiro vendría cuando se lesionó gravemente el ligamento cruzado tras un choque con el jugador del Troyes Blaise Kouassi, que le había entrado duramente. Se perdió lo que quedaba de temporada y el Strasbourg bajó de categoría. Sin embargo, pese a que el siguiente año siguió contando para Jacky su papel fue menor. El club volvería a la Ligue 1, pero el papel de Gameiro sería bastante discreto en términos goleadores; pese a todo, en cuanto al derroche físico y de energía, Kevin se había ganado el favor del público que iba habitualmente al Stade de la Meinau. Pocos meses después, el Lorient haría una oferta irrechazable por un chico de 20 años, por lo que tres millones de euros fueron los responsables de que el delantero norteño abandonara al descendido Racing.

El Lorient, un equipo de la zona media gala, había apostado por un jugador del que sólo se habían visto fulgurantes destellos. Vestido de naranja y negro, Gameiro explotó en todos los sentidos de forma ‘in crescendo’ a medida que pasaban los años e hizo que el Lorient no pasara desapercibido. Las cifras fueron bastante buenas, teniendo en cuenta el exigente nivel defensivo que hay en la liga gala: en 125 partidos, Gameiro marca 57 goles y da 14 asistencias, lo que hace ver que no sólo es un finalizador ni un delantero egoísta, sino que además es un buen pasador. El nivel de Gameiro no hacía más que crecer y, así, en el año de 2010, aquel joven que ya había sorprendido en el campeonato de Toulon unos años antes había dado el paso adelante para ser reconocido como uno de los mejores exponentes de la Ligue 1. Gameiro esprintaba hacia la élite sin temor y con descaro a por la Selección francesa, con la que debutó en esos años. En 2011 el veloz punta dio a entender que quería cambiar de aires al finalizar la temporada, de modo que el Girondins de Burdeos estuvo al acecho para vestirle de azul, pero sería el Valencia quien puso sobre la mesa ocho millones de euros por el futbolista al tiempo que los galos pedían 12. Finalmente pagó 14 el PSG, el mismo rival contra el que había debutado unos años atrás con el Strasbourg. Así las cosas, su precio estaba justificado, pues había sido el segundo máximo goleador francés en la 2010/11 y el conjunto parisino contaba con dinero en efectivo procedente de Qatar. Los petrodólares llevaron a Kevin a la capital francesa y su adaptación pareció inmediata, ya que Gameiro anotó diez goles al término de la primera vuelta. Sin embargo, las circunstancias del PSG hicieron que su máximo valedor, Antoine Kombouaré, dejara el cargo. Los malos resultados del equipo precipitaron la contratación de Carlo Ancelotti, una circunstancia que iba a terminar, de forma diferida, en la desaparición del atacante de los esquemas parisinos. El técnico italiano priorizó mimar más el cuero, darle más cloroformo y pausa, con lo que el nervio y el espacio que necesita Gameiro no casaba con su estilo futbolístico. Su aportación empezó a ser residual, la del tercer delantero. No en vano, Ancelotti logró convencerle para que se quedara en 2012, una decisión que hizo que contara con más minutos de los que pensaba, aunque menos de los jugados la temporada anterior. Fue aquella una campaña discreta paras Kevin pese a conseguir títulos nacionales con el gran dominador de la liga francesa. Y es ahí donde entró en juego el Sevilla, que le fichó en 2013 tras unas tensas negociaciones y un gran esfuerzo económico. Las expectativas eran máximas, pues Gameiro llegaba al Sevilla junto a Carlos Bacca, dos refuerzos de impresión pero que terminarían dando distinto rendimiento. El francés había dicho basta y decidió marcharse, tras decirle Blanc que otro año más sería el tercer delantero de un equipo en el que el titular era Zlatan Ibrahimović y Lavezzi era su escudera antes de que la llegada de Cavani terminara por cerrarle definitivamente las puertas.

Sea como fuere, su etapa en el Sevilla ha estado llena de montañas rusas. Aunque contribuyó a ganar la Europa League de 2014, Gameiro no se hizo con la titularidad de forma indiscutible, ya que el colombiano Bacca había crecido como futbolista, comprendía mejor lo que Emery le pedía y el cuadro hispalense se construyó en torno a él, con la inestimable colaboración de Banega, Vitolo y Krychowiak. Por aquel entonces, Gameiro juega y marca, y no poco precisamente, pero hasta la marcha de Bacca no se había sentido imprescindible. Esta etiqueta de indiscutible, amén de su incuestionable racha anotadora, ha llegado gracias a que el Sevilla cambió de versión. Los de Emery dejaron de asentarse en el campo contrario con la pelota en los pies y ha convertido sus esquemas en un estado de transición permanente. Es allí, en el barrio que Lerdo de Tejada soñó una vez, donde Kevin ha alcanzado su cénit como futbolista. Ese manto de orgullo, pasión y dificultad superada a base de coraje y nervio que siempre quiso Sevilla: el nervio de Nervión que nunca falla en las grandes citas.

07/02/2016

Shark Gutiérrez es especialista en fútbol alemán.

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