22 días

JULIÁN CARPINTERO | 22 días, poco más de tres semanas, puede ser un periodo de tiempo más que suficiente como para que la vida de una persona dé un giro de 180 grados. Más todavía si el protagonista es un jugador de fútbol hasta entonces desconocido al que se le presenta la ocasión de mostrar todo el talento que esconden sus piernas en un torneo continental del calibre de una Eurocopa. La de Karel Poborský no es la única historia que cumple estos parámetros, pero es innegable que si el eléctrico interior checo no le hubiera marcado aquel inolvidable gol a Portugal probablemente su carrera nunca se habría movido de la gélida e inhóspita Synot Liga, el nombre por el que ahora se conoce a la competición de dicho país. No obstante, ese fogonazo de genialidad propio del Dalí más inspirado encontró premio y semanas después Karel ya cabalgaba por la banda de Old Trafford.

Cuando Dušan Uhrin dio la lista definitiva de los jugadores que representarían a la República Checa en la Eurocopa de Inglaterra Poborský apenas había disputado una docena de choques con una selección que afrontaba su primer torneo oficial desde la disolución de Checoslovaquia. ‘El divorcio de terciopelo’, lo llamaron. Por aquel entonces, Poborský no era más que un melenudo de 24 años que aquel año había sido clave en el triunfo de un Slavia de Praga que, tras años de vivir a la sombra, al fin se había sacudido los complejos ante el eterno rival capitalino, el Sparta. Sin lugar a dudas, su estilo técnico y a la vez salvaje representaba el cambio de aires de una escuadra en la que Poborský compartió vestuario con otros compañeros del Slavia como Bejbl, Šmicer o Novotný, un cuarteto encargado de lideral la revolución generacional y al que, además, se acabó uniendo Nedvěd, una pieza que en ese mes de junio —y en la década siguiente— sería tan decisiva como lo fue Poborský.

Sin embargo, antes de pisar suelo inglés, los de Uhrin tuvieron que sudar para clasificarse como primeros en un grupo en el que la Holanda de Hiddink fue su gran rival. Capaces de lo mejor —como arrollar a los ‘oranje’ por 3-1 en Praga— y de lo peor —no encontrar el modo de doblegar a la débil Malta o incluso doblar la rodilla ante Luxemburgo— la realidad fue que la República Checa acabó la fase con 21 puntos, una renta que le permitió sacar su billete para la Eurocopa y con la que obligaba a los Países Bajos a recurrir a la sonrojante repesca frente a Irlanda. De este modo, a la facilidad anotadora de Drulák, la solvencia defensiva de Suchóparek y la explosión de un joven y potente Berger se unió la progresiva aclimatación de Poborský, que en febrero de 1994, en un partido frente a Turquía, había hecho su debut con la preciosa camiseta roja decorada con ribetes blancos y azules que caían por la manga que Puma diseñó para unos checos que aterrizaron en el país de los inventores del fútbol como un convidado de piedra del que nadie esperaba grandes cosas. Ni siquiera ellos mismos.

Aun así, sus compañeros de viaje no invitaban a que las casas de apuestas fueran muy optimistas con los de Uhrin, pues el Grupo C les encuadró con Italia —vigente subcampeona del mundo y con tres Mundiales en sus vitrinas—, Alemania —actual subcampeona de Europa y otras tantas Copas del Mundo luciendo en la DFB— y la renacida Rusia, que ya había dejado detalles en USA ’94. De este modo, el 9 de junio se produjo el debut checo en Old Trafford ante Alemania, que acabó con ellos por la vía rápida con un 2-0 que Ziege y Möller consiguieron en poco más de seis minutos. No obstante, cinco días después, la República Checa daría la primera gran campanada del torneo venciendo a la ‘Nazionale’ por 2-1 en Anfield: Nedvěd abrió el marcador en el 4 y Bejbl desharía la igualada que había conseguido Chiesa antes de la media hora. Pero, en el tercer y decisivo partido contra Rusia los de Uhrin fueron más Doctor Jeckyll y Mr. Hyde que nunca, ya que, aunque a los 20 minutos ya ganaban 2-0 (Suchóparek y Kuka) se desconectaron del choque hasta tal punto que los rusos le dieron la vuelta al marcador con goles de Mostovói, Tetradze y un espectacular disparo de Beschastnykh ante el que Kouba nada pudo hacer; sin embargo, Šmicer, que había entrado en la segunda parte, salvó los muebles en el 89 dándole a la República Checa un punto que fue de oro gracias al empate entre Italia y Alemania. Estaban en cuartos.

KarelPoborský

Y así, sería el 23 de junio en Villa Park cuando toda Europa iba a saber quién era Karel Poborský, que ya había sido titular en los tres encuentros anteriores, ya fuera formando pareja de ataque con Kuka o en una línea de tres morteros junto a Nedvěd y Berger. Acababa de arrancar la segunda parte del duelo que les medía a Portugal cuando el ‘8’ recibió un pase en tres cuartos de campo e inmediatamente puso su mirada hacia la meta lusa. Dribló a un defensa y, a trompicones, consiguió quitarse a otros dos para llegar a un esquina del borde del área. Y ahí Karel levantó la vista y, tras observar que Vitor Baía había dado unos pases hacia adelante, decidió inventarse una cuchara que sorteó la pierna de Hélder, se elevó unos metros y cayó suavemente a la espalda del portero hasta besar las redes. Irrumpió por el centro de la defensa, aprovechó un rechace y llegó frente a Vitor Baia, que salió a achicar el ángulo. Imposible: Poborsky metió la bota por debajo del balón y le hizo una cuchara espléndida”, escribió Santiago Segurola para El País, asombrado por la genialidad que bautizarían como Poborský-lob, su primer tanto como internacional. En la misma línea lo contó Francesc Aguilar para Mundo Deportivo, haciendo hincapié en que el planteamiento checo anuló el talento de Rui Costa y Figo, incapaces de encontrar el punto de fuga de una compacta zaga. El siguiente puerto que habría de escalar la República Checa sería Francia, que venía de derrotar en penaltis a Holanda y a la que Poborský y compañía tuvieron que enfrentarse sin Suchóparek, Latal, Bejbl y Kuka, todos ellos sancionados. Aun así, tampoco importó mucho, pues la formación pretoriana de Uhrin resistió las embestidas de Zidane y sus lacayos hasta agotar los 120 minutos para, desde los once metros, hacer saltar la banca de nuevo.

Como es sabido, el gol de oro de Bierhoff en la final de Wembley le daría a Alemania su tercera Eurocopa dejando a la inolvidable República Checa con la miel en los labios. No obstante, la hiel de la derrota fue menos amarga para Poborský, cuya vida ya había cambiado para siempre después de esa cuchara, pues el ciclotímico Alex Ferguson supo que quería ver esa melena cabalgando cerca de su banquillo. Y apenas habían pasado 22 días.

03/02/2016

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