Lágrimas de Tuilla

DavidVillaJULIÁN CARPINTERO | Cuando el belga De Bleeckere pitó el final, aquella era, oficialmente, la noche más feliz en la historia reciente de la Selección española. La sublime victoria en semifinales de la Eurocopa ante la Rusia de Guus Hiddink desbancaba de ese escalafón a la plata de Amberes, al gol de Zarra contra Inglaterra, al triunfo frente a la URSS con el cabezazo de Marcelino y al 12-1 de los caballeros de Malta. La peregrinación por el desierto, la axila de Arconada, los codazos de Tassotti y de Al-Ghandour y la frustración por no poder superar la barrera de los cuartos habían merecido la pena. Sin embargo, bajo la fina lluvia de verano que caía sobre el Prater vienés no todo eran sonrisas y abrazos, ya que la figura de un Villa cabizbajo y oculto sobre una toalla sentado en el banquillo sobrecogió el corazón de toda España, que por un momento detuvo la fiesta y fue consciente de que sin él todo iba a ser más difícil.

Desde entonces, la Selección nunca ha vuelto a jugar tan bien. El calendario marcaba el 26 de junio de 2008, sólo cuatro días después de que ‘La Roja’ —como la bautizó Aragonés— se hubiera sacudido todos sus históricos fantasmas derrotando a Italia en cuartos desde el punto de penalti, cuando los hombres de Luis saltaron al césped del Ernst Happel para verse las caras con la irreverente Rusia en busca de un puesto en una final de la Eurocopa 24 años después. Y así, enfundados en esa indescriptible zamarra color mostaza que Adidas diseñó como segunda equipación española, la generación que abanderaron Casillas y Xavi bailó el vals más bonito que aún se recuerda a orillas del Danubio. En una segunda parte para el recuerdo, España tocó el cielo y cuadró el círculo de ese vistoso e hipnótico estilo de juego que se dio en llamar tiki-taka, el cual había comenzado nueve meses antes con el gol de Sergio Ramos en Aarhus ante Dinamarca, una obra de precisión y geometría que a Luis le sirvió para demostrar, sin necesidad de darse golpes en el pecho, que el que tenía razón era él.

No obstante, antes de la euforia y la fiesta vino el pánico. Como era de esperar, ‘El Sabio’ alineó ante los rusos su once de gala, el mismo que había hecho doblar la rodilla a la Azzurra —vigente campeona del mundo—. Esto es, un atrevido 4-1-3-2 con Marcos Senna como metrónomo en el centro del campo; una línea de tres Stradivarius de la talla de Iniesta, Xavi y Silva, capaces de imaginar e improvisar en los últimos metros; y dos delanteros tan diferentes como complementarios, Torres y Villa, que se encargaban de poner el rock & roll en cuanto el balón caía en sus botas. Sea como fuere, el 4-1 con el que ‘La Roja’  aplastó a, precisamente, Rusia en el primer partido de la fase de grupos del torneo suizo-austriaco no hizo que la Selección pecara de confianza en el que, en ese momento, era el partido más trascendente de sus carreras. Para empezar, porque la Rusia que se iban a encontrar en semifinales tenía un elemento diferenciador con el que no habían podido contar en el otro choque: Arshavin, un diablo imberbe que después de cumplir su sanción destrozó a Holanda con un fútbol místico, casi prohibido, un arma que obligaba a que Puyol, Ramos, Marchena y Capdevila se anduvieran con mil ojos.

De todas maneras, los dos grandes recuerdos que quedan de esa primera mitad son un potente disparo de Pavlyuchenko desde fuera del área que Casillas desvió con la yema de sus dedos cuando se disponía a lamer el travesaño y el gesto torcido de un Villa que en el minuto 34, tras realizar un sprint, sintió un dolor agudo en los isquiotibiales de su pierna derecha. Por precaución, Luis decidió sustituir al asturiano, que dejó su puesto para que entrara Cesc, sin que ninguno supiera entonces que esa había sido su última jugada en el campeonato. Entonces, cuando la tarde más parecía nublarse para España, que se quedaba sin su goleador, su referente en ataque y su gran esperanza para poder percutir las redes de Akinfeev, en la reanudación llegaría la excelencia. En función de las circunstancias, Aragonés modificó el dibujo de su ‘Roja’ hasta convertirlo en un 4-1-4-1 insertando a Fàbregas entre los tres violinistas, un movimiento que dejaba a Fernando Torres como único punta pero que permitía crear ventajas en la zona de tres cuartos por la mera acumulación de futbolistas. Una maraña de apoyos y permutaciones constantes que desconcertó a Hiddink y a sus chicos, desorientados ante esa especie de organización desorganizada que trituró sus sueños. De este modo, Silva, Xavi y Güiza firmaron un 0-3 antológico que se vio empañado por esa lesión de Villa, al que Luis descartó para la final en la rueda de prensa inmediatamente posterior al triunfo.

El desenlace de la historia es de sobra conocido, con esa carrera salvaje de Torres retratando a Lahm y a Lehmann en un escorzo imposible y con Casillas levantando al cielo la Eurocopa, en una escena que meses antes parecía una utopía. Las crónicas dirán que allí no estuvo Villa, el hombre al que Luis convirtió —con toda justicia— el en ‘7’ de su España, un delantero irrepetible que con su hat-trick a Rusia y su postrero tanto a Suecia cuando el reloj languidecía se alzó con la Bota de Oro del torneo, el chico al que no le temblaron las piernas cuando abrió fuego desde los once metros para acabar con el gigante Buffon, el hombre que lloró como un niño cuando un latigazo sacudió su pierna. Pero todo eso es mentira. Porque cuando terminó la final y Alemania no era más que una pesadilla del pasado se olvidó del dolor y corrió por el verde de Viena como si le fuera la vida en ello. Porque desde el insufrible banquillo se había vaciado igual que si estuviera en el campo. Porque el sueño no había hecho más que comenzar.

05/01/2016

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One thought on “Lágrimas de Tuilla

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