Y entonces llegó él

DiegoSimeoneFIRMA DE IMANOL ECHEGARAY | Hubo un tiempo en el que un equipo madrileño, de gran categoría y entereza histórica, vagaba sin pena ni gloria por los campos de Primera división. Era de esos equipos impulsivos, que igual ganaban 1-3 en el Camp Nou que perdían 0-3 contra el Getafe.

Hubo un tiempo en el que, a orillas del Manzanares, se hablaba de todo menos de fútbol. Intervenciones judiciales, robos, estafas… Un presidente que caía en gracia pero que era un golfo, entrenadores desfilando como si fuera la ‘Pasarela Neptuno’, jugadores que no sabían qué camiseta vestían, resultados paupérrimos y la diana perfecta para ser el hazmereír de la capital española y del país entero.

Hubo un tiempo, y conviene no olvidarlo, donde la élite quedaba lejos. Cientos de aficionados vestidos de rojiblanco se cruzaban el país en busca de las migajas. Jaén, Tenerife, Huelva, Badajoz, Murcia, Eibar, Ferrol. Sumidos en un pozo, en la peor etapa de la historia de ese club, tuvieron el mayor respaldo por parte de su afición. Cuando jugaba de local, el estadio estaba a rebosar; si lo hacía de visitante, autobuses llenos de ilusión y ganas de volver a la senda de la historia.

Tuvo que sentarse en el banquillo un señor de zapatos anchos y ponerse a jugar un chaval de pecas interminables para que ese equipo volviera a su sitio, que no a su lugar. Ese club de convirtió en la mochila de un joven ‘9’ que aguantó más de lo que estaba en los escritos. Eran tiempos de decimosegundas posiciones, de celebrar goles del Barcelona en sonrojantes 0-6… Tiempos en los que la única alegría era el mal rival, de convertir en ídolos a borrachos y tuercebotas y de inundar Neptuno por un cuarto puesto.

Ese equipo era el Atlético de Madrid, club que poco a poco se fue llenando de figuras. Figuras, eso sí, que sabían mucho de balón y poco de sentimiento. No era su culpa. No había nadie dentro del club para hacerles ver dónde estaban y qué tenían detrás. Figuras que gustaban pero no enamoraban. Ídolos de barro. Ligues de una noche. Un ‘aquí te pillo, aquí te mato’ que terminaría con la salida del primer rayo de sol.

Hubo un tiempo en el que el Atlético era eliminado por un equipo de Segunda división B. Y, entonces, se produjo la magia. Llegó él. Impregnó con su potente mensaje y la sabiduría de saber dónde estaba, un sentimiento de pertenencia. Con ello llegaron los triunfos. Con los triunfos los títulos. Con los títulos la élite. Con la élite, más seguidores. Con más seguidores, el acomodamiento. El acomodamiento a ganar por inercia. A levantarse un lunes con la media sonrisa por haber vencido.

Llegó el tiempo de atravesar meses sin perder un partido. De ganar ligas imposibles. De pelear contra gigantes intratables. De finales de Champions. De no celebrar clasificarse para Europa. De cabrearse por empatar en el Bernabéu. De no estar contentos ni ganando. De querer siempre más. De estrellas que quieren llegar al Calderón. De futbolistas que se marchan por dinero y vuelven por cariño. De esencia. Tiempos de sentimiento. De sudor y sangre.

Llegó el tiempo de volver a ser quien era. De echar la vista atrás y recordar todo como un vulgar y largo sueño. Tiempo de hacer memoria y pararse a pensar en la situación actual sin perder de vista los últimos cinco lustros. De enseñar a los nuevos y a los desmemoriados lo que pasó el Atlético para llegar a donde está.

Llegó todo. Llegó hace cuatro años. Llegó él y todo cambió. En el Atlético de Madrid, en España y en Europa. El pozo no iba a ser eterno. Y el paraíso tampoco. Los que palpitáis en rojiblanco, disfrutad de la mejor etapa de la historia del club. Todos aquellos que estabais mejor en vuestro trono con dos asientos, rezad por la caída que aún no llega. Porque esto, si él quiere, va para largo.

27/12/2015

Imanol Echegaray es periodista colaborador de Perarnau Magazine y estoesatleti.es

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