Poesía en la derrota

YugoslaviaJULIÁN CARPINTERO | Corría el año 1965 cuando un veterano Floyd Patterson, que estaba cerca de cumplir la treintena, ultimaba los preparativos para enfrentarse a Muhammad Ali por el título de los pesos pesados. Su objetivo no era otro que convertirse en el primer púgil en conquistar, por tercera vez, una corona que el malencarado Sonny Liston le había arrebatado tres años antes con un KO en el primer asalto. O, lo que es lo mismo, de la forma más humillante posible. Así las cosas, la radicalización de Ali en cuanto a sus ideas políticas y raciales hizo que la América blanca contemplara a Patterson como la gran esperanza capaz de devolver el título a lo que ellos entendían como un estadounidense ejemplar. Hasta Frank Sinatra quiso tenderle a Patterson su mano en las horas antes de la velada del Caesars Palace. No obstante, cuando la noche tocaba a su fin, un amoratado Patterson se vio solo en aquel vestuario de Las Vegas. Otra vez.

La historia del deporte está llena de historias protagonizadas por perdedores que, como Patterson, contemplan desolados cómo las mieles de la victoria pasan, una y otra vez, por delante de su boca sin que apenas lleguen a paladear su sabor. La de Dražan Jerković es una de tantas. Pero, así como Patterson vivió la mejor noche de su vida derrotando a Archie Moore en Chicago en 1956, en ocasiones el destino decide aparcar a un lado su crueldad dejando un instante para el recuerdo en la memoria de sus protagonistas. El de aquel delantero yugoslavo, de facciones marcadas y pelo azabache engominado hacia atrás, llegaría una tarde de julio de 1960, cuando su selección languidecía viendo cómo se le esfumaba el pase a la final de la primera Eurocopa de la historia en el parisino Parque de los Príncipes.

Nacido en Šibenik, una pequeña ciudad de la costa Adriática, en agosto de 1936, Jerković creció en una Yugoslavia que durante su infancia sufrió las devastadoras consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. Con el recuerdo de los partisanos defendiendo el orgullo de todos los balcánicos, Dražan tenía 17 años cuando pasó a formar parte del primer equipo del Dinamo de Zagreb, el equipo más representativo de la región croata de la República Federal yugoslava, que competía en un campeonato que ya era un avispero sin un dominador claro. Si el campeón no era el Estrella Roja lo sería el Hajduk Split. O el Partizan. O el Sarajevo. O la Vojvodina. O el Željezničar. Sea como fuere, en 1958, con Jerković en el equipo, la escuadra que dirigía Gustav Lechner consiguió levantar su tercera liga, un triunfo que precedería a los títulos de Copa de 1960, 1963 y 1965 y a la condecoración como máximo goleador en 1962, sin duda, el gran año de su vida deportiva. Sin embargo, entre medias de todos esos pequeños momentos dulces honrando la camiseta ajedrezada del Dinamo de Zagreb, Jerković se dio a conocer a todo el continente dejando enmudecida a la afición francesa en una réplica a menor escala del Maracanazo uruguayo.

AliPatterson

Ali coloca un directo de derecha en el rostro de Patterson en el combate de noviembre de 1965.

Curiosamente, antes de debutar con la Selección yugoslava, Dražan formó parte de un combinado croata que en 1956 se enfrentó a Indonesia en un partido amistoso que ni siquiera sería reconocido por la FIFA. Convocado por Tirnanić para disputar el Mundial de 1958, el estreno de Jerković con los ‘plavi’ no llegaría hasta la célebre semifinal de la Eurocopa de 1960 contra Francia. Para llegar hasta allí, la talentosa pero anárquica Yugoslavia se deshizo con comodidad de Bulgaria (2-0 y 1-1) y sufrió para remontar ante Portugal, que en Lisboa les derrotó por 2-1 antes de doblar la rodilla en Belgrado con un claro 5-1. El rival en las semifinales sería la anfitriona Francia, que venía de conquistar el tercer puesto en la Copa del Mundo dos años atrás y que, a pesar de la ausencia del goleador Fontaine, partía como favorita con la columna vertebral del magnífico Stade de Reims de los años 50: Kopa, Colonna, Lucien Müller… De este modo, la autoridad con la que los hombres de Albert Batteux habían aplastado a Grecia y a Austria —17 goles a favor y seis en contra— hacía pensar en un triunfo sin discusión como la estación previa a la final de París.

En este contexto, ambas selecciones saltaron al césped del Parque de los Príncipes a las 20.00 horas del 6 de julio de 1960. Lo que los más de 26.000 espectadores allí reunidos vivieron fue un auténtico carrusel de emociones que comenzó en el minuto 11, cuando Milan Galić puso el 0-1 en el marcador. Nada más sacar de centro, Vincent estableció el empate en el marcador, unas tablas que Heutte desharía antes del descanso para que Wisnieski anota el 3-1 en la reanudación. El defensa Žanetić devolvería el aliento a Yugoslavia dos minutos después, pero otra vez Heutte batiría a Šoškić colocando el 4-2 para delirio de la hinchada francesa. Con menos de media hora por delante Yugoslavia apeló a la épica y fue capaz de recortar distancias gracias al tanto de Knez en el 75. Y fue entonces cuando Jerković, con el ‘8’ a la espalda, viviría los 120 segundos más emocionantes de su vida, pues dos tantos suyos en los minutos 78 y 79 dieron la vuelta al marcador en una increíble remontada que dejó a Francia sin ‘su’ final y permitió a Yugoslavia soñar con un triunfo que era una verdadera utopía.

Pero después de aquello Jerković nunca más volvería al paraíso. Si bien es cierto que dos años después alcanzó las semifinales del Mundial de Chile —compartiendo la Bota de Oro con Albert, Leonel Sánchez, Garrincha, Ivanov y Vavá— no pudo ayudar a que Yugoslavia ganara la final de la mencionada Eurocopa de Francia, que fue a parar a manos de la URSS de Yashin y Ponedelnik. Ese mismo verano se quedaría fuera de la lista de Tirnanić para los Juegos Olímpicos de Roma, donde Yugoslavia se colgó el oro y comenzaría a padecer un calvario con las lesiones que le impidieron triunfar en Bélgica cuando el Gent apostó por su fichaje. Así las cosas, en el verano de 1966 el fugaz Dražan dijo basta y decidió colgar las botas justo cuando acababa de cumplir 30 años. La misma edad que tenía un resignado Floyd Patterson cuando Sinatra le dio la espalda en aquella habitación del Caesars Palace.

08/12/2015

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