Segundas partes

van-bastenMARIO BECEDAS | Van Basten, un balón y cuatro años de diferencia. No hizo falta más para el estreno y no se precisó más para la secuela. El escenario era el mismo, las alturas de una Eurocopa, y el papel del hábil delantero holandés una mera repetición: el protohombre que llevó a su selección hasta el título continental debía hacer lo mismo unos miles de días después. El intento, es justo adelantarlo, quedó en farsa.

En el naciente verano de 1988, Alemania Federal, todavía con forma de herradura, capital en Bonn y anhelos a punto de explotar de unificar el Este, dispuso sus más bellos y verdes rectángulos de juego para la disputa de la VIII Eurocopa. Con permiso de los locales, perejil en todas las salsas internacionales, había un grupo de hombres determinados a cambiar la historia del fútbol.

Entrenados por un ya arrugado pero cada minuto más legendario Rinus Michels, los oranje decidieron que ya estaba bien: clamaba al cielo que Holanda, la gran Holanda, la cuna del fútbol versátil, la selección que admiró a todos y no ganó nada, no hubiese alzado todavía un metal. Se concitaban en las filas de los ‘tulipanes’ nombres que entre finales de los 80 y comienzos de los 90 fueron los mejores cromos de Europa.

Rijkaard, Koeman, Gullit… y van Basten eran los ases de aquel equipo que fue más fuerte que los demás y que sólo fue batido en los albores por la URSS, de quien sería verdugo en la recordada final de aquel 25 de junio en el Olympiastadion de Múnich y en la que, transcurrido el descanso y haciendo palanca sobre el tanto inicial de Gullit, van Basten rubricó la parábola perfecta: el cometa que tanto habían buscado los soviéticos.

El reverso o la segunda parte de esta bonita historia —Eurocopa para Holanda y altares al pomuloso delantero­— no se dio al partido siguiente o dos años después en el Mundial de Italia. No. Fue cuatro veranos exactos después. Otra Eurocopa, esta vez disputada en Suecia. Los ‘naranjas’ querían revalidar título y lavar su enésima afrenta con Alemania: derrotarles en la primera fase no tapaba la eliminación de 1990 con aquel salivazo de Rijkaard a Völler.

Con gran parte del elenco de 1988 y alguna briosa incorporación más —ahí estaban ya unos jovencísimos Bergkamp y Frank de Boer—, sólo los daneses se interponían en el camino a una final donde estaría sí o sí o también Alemania. Era una semifinal sorpresiva, con trampa. Michels, que seguía al cargo, debió prever que los de Møller Nielsen no eran una banda. O si lo eran, había que tener cuidado con ellos.

Dinamarca no se había clasificado para aquella Eurocopa y sólo asistió por el veto a Yugoslavia, por entonces a cañonazo limpio. Sus jugadores ya estaban de vacaciones y la llamada les pilló por sorpresa. Por si fuera poco, la estrella del equipo, Michael Laudrup, no acudió a la cita por diferencias con el seleccionador, un obligado en el currículum de toda estrella. Se tuvieron que conformar con el otro Laudrup, Brian.

Así las cosas, una mágica Jutlandia con Schmeichel en los palos y un inspirado Henrik Larsen en la punta se adelantó dos veces contra Holanda. Los ‘tulipanes’ igualaron con tantos de Bergkamp y Rijkaard. Acabado el reloj, se asomaron los temidos penaltis. De los diez lanzamientos, nueve fueron perfectos y sólo uno se marró: el de van Basten. El héroe de los ‘oranje’ y del Milan, que se iba del torneo sin marcar, se tornaba en villano.

El fallo fue la antesala de una cuesta abajo que acabó con la carrera del atacante. No regresaría a un torneo internacional y se tuvo que conformar con la gracia de que, al menos, la favorita Alemania, no ganó aquella Eurocopa. Desmentía Groucho Marx en “Una noche en la ópera” que segundas partes fueran malas: “El otro día vi un partido de fútbol y la segunda parte fue mejor que la primera. Le pegaron al árbitro y todo”. Habría que haberle preguntado a van Basten.

30/11/2015

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