El verdadero ‘9’

LuisSuárezFIRMA DE IMANOL ECHEGARAY | Uruguay es un país de apenas tres millones de habitantes. Choca ­—y siempre es recurrente este tema— que en un territorio tan pequeño existan tantos y tan buenos futbolistas. Diego Godín, en su entrevista en Fiebre Maldini, dio con la clave: “El jugador uruguayo nunca te deja tirado, siempre lo da todo desde la nobleza. Lucha por lo que quiere y muere con esos ideales”. Yo, además, soy de los que piensa que un equipo es más fácil que salga campeón si se hace fuerte con, al menos, un uruguayo en plantilla. Ese gen competitivo tan característico de los charrúas es, además, adictivo.

Y si hay un uruguayo que ahora mismo copa todas las portadas nacionales y extranjeras ese es Luis Suárez. No vamos a descubrir ahora al delantero del Barcelona. Le avalan sus temporadas en Holanda e Inglaterra, así como su paso por la selección ‘Celeste’. Hablamos de un ‘9’ en todo su esplendor. Sus recursos para patear, infinitos; su capacidad goleadora, incuestionable. Pero si algo le caracteriza es la electricidad en sus movimientos. Suárez podría ser catalogado como una auténtica ‘mosca cojonera’. Nunca anda parado sobre el terreno de juego, se alimenta a base de desmarques y ayuda con constantes apoyos a sus compañeros. Eso, en un equipo como el Barça es algo capital. Y no queriendo descubrir a Luis, lo cierto es que, de un año a esta parte, masas sociales con líderes de opinión a la cabeza, apoyándose en los errores del propio uruguayo, han tratado de meterle en el fango para que nunca saliese. Error. Un uruguayo nunca se rinde. Siempre vuelve.

No lo ha tenido fácil Luis Suárez en el Barcelona. Lo que ahora son sonrisas y elogios antes fueron lágrimas, sudores y pelea. Porque tras su archiconocido mordisco a Chiellini en el Mundial de Brasil y la consecuente sanción de tres meses sin poder disputar un partido oficial, la vida de Luis Suárez se convirtió en la comidilla de todo el mundo. El periodista uruguayo Diego Muñoz (ESPN) me ha comentado cómo se vivieron las horas y jornadas posteriores a esa acción. “Aquel día no se disfrutó el triunfo ante Italia. El día de la sanción fue luto nacional. Se esperaba que no jugase más lo que restaba de Mundial, pero nunca tanta sanción. La baja devastó al público y al equipo. Uruguay salió ante Colombia con la cabeza en otra parte. Mientras, él regresó a Montevideo y se refugió en su hogar. El día del partido ante Colombia una empresa proveedora de señal de cable puso una pantalla gigante frente a su casa y fueron miles de personas a ver el partido. Pero él estuvo recluido y deprimido durante un buen tiempo. Para él terminó siendo un aprendizaje. Tenía que encontrar el punto justo entre el jugador que pelea cada pelota y protesta todo, que le llevó en buena medida a ser quien es, y el que es capaz de reflexionar antes de cometer un exceso. Para lograrlo, le vino bien estar en un equipo como el Barcelona, que respeta todas las facetas del juego”.

Tras todo eso, comenzó el fútbol. Y no podía haber mejor escenario para ello: el Estadio Santiago Bernabéu. El uruguayo debutó como titular —asistencia incluida—, pero un nuevo Barça en construcción acabó perdiendo 3-1 en el feudo blanco. Tras aquello, llegaron las críticas y largas sequías. Algo que me hacía discutir con mi padre cada vez que me sentaba a ver algún partido del Barça. “Qué malo es ese tío, no sé cómo ha podido costar tanto. Necesita cien para meter una”. La frase recurrente del hombre que me dio a la vida no podía estar más equivocada. Yo me dedicaba a asentir y a decirle: “Ya verás, ya”. Porque, además de saber a ciencia cierta qué clase de delantero era Luis Suárez, no tenía ninguna duda que era el jugador perfecto para el Atlético de Simeone. Y de sentimiento atlético en mi casa sabemos un rato. Chocaba mucho, pero el tiempo me acabó dando la razón.

De izquierda a derecha, el uruguayo Luis Suárez, el argentino Lionel Messi y el brasileño Neymar, del Barcelona, festejan con el trofeo de la Liga de Campeones, el sábado 6 de junio de 2015, tras vencer a la Juventus en la final (AP Foto/Frank Augstein)

Toda crisis tuvo un principio y un final y el Barcelona terminó con la suya y lo empezó a ganar todo. Luis Suárez, que tuvo que suplir su falta de pegada con algo que jamás le ha faltado —actitud—, empezó a saborear cada vez con mayor asiduidad el placer de besar redes rivales vestido de azulgrana. Con el punto culmen en la visita del Real Madrid a su casa. Partido malo del Barça, que pudo ganar el Real Madrid, pero que se decantó con la firma del charrúa. Desmarque, velocidad, control y definición. Ese era Luis Suárez, el que habían fichado el verano anterior. Ese y no el futbolista con kilos de más que tardó en entrar en dinámica. Ese era el hombre por el que suspiraban Florentino y los suyos, al que trataron de quemar en la hoguera cuando le vinieron mal dadas, pero que terminó arreando un puñetazo en la sien al madridismo —en ese encuentro— y a sus detractores. Tras ese gol, el festín.

Porque Luis es todo terquería. La escalada después de caer es dura y amarga. Pero cuando llegas al que es tu sitio, y te sientes cómodo, no hay nada que se te resista. Caído un gol, empezaron a venir los demás. Y no ha parado hasta el día de hoy. Y ahora —sí, ahora— Suárez es mejor futbolista que cuando en The Kop le idolatraban. Ahora no es la estrella del equipo. Es el escudero número 2 del mejor jugador del mundo. En la sombra se desenvuelve mejor. Agazapado, esperando su momento, olfatea la sangre con premura. Su conexión con Neymar y Messi, algo que no había podido presenciar en toda mi vida, es un placer visual para el que le gusta el fútbol y una tortura para los rivales. Le asemejaría a esa ‘mosca cojonera’. La que parece que no está, pero que cuando te relajas, cierras los ojos e intentas dormirte, aparece para incordiarte.

Los que pensaron que fracasaría en la delantera azulgrana debido al poder que ejercía Messi con el gol en Can Barça, retratados. Los que auguraron que las estrellas culés iban a devorarse unas a otras, fruto del egoísmo y del querer copar portadas, retratados. Los que le hundieron en un (reincidente) error, presos de la situación de su fichaje por el Barcelona, retratados. Todos, y cada uno de ellos, que hablaron antes de tiempo y catalogaron sin idea y con prejuicios, retratados. Y Luis Suárez, hambriento de éxito desde el mismo día en que nació, que vive el mejor momento de su carrera deportiva, en un club que confió en él tras su debacle mundialista, con cada gol pone un parche más en unas bocas que, si bien no dieron un mordisco como hizo él, sí que hicieron daño con una saña de verdad. Entre ellos, mi querido padre.

Y, jugando con el nombre de esta web, voy a atreverme a decir que Luis Suárez la deshonra, porque él es el verdadero ‘9’.

Imanol Echegaray es periodista colaborador de Perarnau Magazine y estoesatleti.es

29/11/2015

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