Cuestión de suerte

FacchettiJULIÁN CARPINTERO | A día de hoy muchos seguirán sin encontrar una explicación racional a cómo Italia pudo ganar aquella Eurocopa. El argumento de éstos, con total seguridad, se centrará en el componente de la suerte. Y lo cierto es que no es para menos. El calendario marcaba 1968 y el país transalpino estaba empezando a experimentar una serie de cambios sociales que, alentados —y mal interpretados— un año después por el mayo francés y las protestas de Berkeley contra la Guerra de Vietnam, desembocarían en el nacimiento de las Brigadas Rojas, el grupo terrorista que surgió como un movimiento contestatario a las reformas del Partido Comunista y que durante décadas cortó la respiración de toda la sociedad. Sin embargo, cuando comenzó el mes de junio de aquel año Aldo Moro todavía era el Presidente de un país que necesita sentirse como Di Caprio sobre la proa del Titanic y que, en los últimos tiempos, se estaba acostumbrando a no ser el rey del mundo.

Habían pasado dos años, pero en Italia, país orgulloso como pocos, aún dolía la eliminación de su selección en el Mundial de Inglaterra, un torneo en el que los de Fabbri no pudieron pasar de la fase de grupos después de que Corea del Norte les hiciera doblar la rodilla en una humillación que desde entonces es histórica. Además, aunque en esa década sus equipos habían dominado Europa a nivel de clubes, especialmente HH y su Inter, la de 1968 había sido una temporada un tanto decepcionante en este sentido, ya que la Juventus fue eliminada por el Benfica en semifinales de la Copa de Europa del mismo modo en que el Bologna se quedó a las puertas de la final de la Copa de Ferias. Sólo el Milan de Nereo Rocco salvó el honor levantando la Recopa frente al Hamburgo. Por lo tanto, a pesar de que Ferruccio Valcareggi había logrado reunir un equipo joven y con hambre, el ambiente que se respiraba en torno a la ‘Azzurra’ era de un cierto escepticismo. Por si todo esto fuera poco, esos días se conmemoraba el trigésimo aniversario de la victoria de Italia en el Mundial de Francia, el último gran motivo de orgullo de una escuadra cuya historia siempre le obliga a dar lo mejor de sí misma. Y más todavía cuando ejerce de anfitriona.

Así, la presión que Rivera, Facchetti y compañía tuvieron que soportar era directamente proporcional al simbolismo que aún poseía la victoria de los de Vittorio Pozzo en Francia en 1938, cuando en los albores de la Segunda Guerra Mundial reivindicaron la superioridad del fútbol del fascismo en casa del rival y vecino con el planeta como testigo. Sea como fuere, la ‘Azzurra’ se paseó en la fase de clasificación con cinco victorias y un empate en un grupo en el que también estaban Rumanía, Suiza y Chipre gracias a un juego más efectivo que efectista basado en el equilibrio, la solidez y el acierto goleador de los Mazzola y Riva. No obstante, en unos cuartos de final jugados a ida y vuelta contra Bulgaria llegaría el primer susto. En la ida, en un imponente Estadio Nacional de Sofía abarrotado por 65.000 espectadores, Italia cayó por 3-2 en un partido en el que Prati rescató a la ‘Nazionale’ con un tanto en el 83. Dos semanas después, San Paolo sería el escenario de una agónica remontada que a punto estuvo de verse truncada por un gol en propia puerta de Riva a cinco minutos del final justo después de que otra vez Prati y Domenghini hubieran provocado el delirio en las gradas del coliseo napolitano. Pese a todo, una vez pasado el susto, Italia empezó a ser consciente de que sólo dos partidos la separaban de su primer entorchado continental. La desconfianza se había transformado en ilusión.

Italia

Inglaterra, la URSS y Yugoslavia fueron los otras tres selecciones que acompañaron a la ‘Azzurra’ en la fase final, que se disputaría en Nápoles, Florencia y Roma, a partido único, entre el 5 y el 8 de junio. Y fue en la semifinal ante los soviéticos cuando la suerte le guiñaría un ojo a los de Valcareggi, encomendados de nuevo a la mística de San Paolo. En este contexto, aunque ya no estuviera Yashin, la URSS era un rival complicado, que había ganado la primera Eurocopa de la historia ocho años antes y que venía de ser semifinalista en España ’64 e Inglaterra ’66. Así, tras 120 minutos de nerviosismo y batalla táctica, el partido concluyó con un 0-0 que hubo de resolverse con el lanzamiento de una moneda a cara o cruz. En aquellos tiempos la UEFA aún no había implantado las tandas de penaltis y la proximidad de fechas con respecto a la final no hacía posible jugar un partido de desempate. El colegiado alemán Kurt Tschenscher llamó a su vestuario a los capitanes Facchetti y Shesternyov al tiempo que el estadio enmudecía. Después, el histórico lateral italiano narró lo que allí se vivió: “Fue para no creerlo. La moneda se cayó por una grieta del suelo, el árbitro la sacó y la volvió a lanzar. En esta ocasión se quedó plana y de inmediato vi que había salido cara, lo que yo había elegido. Fui corriendo hacia el césped y, en cuanto mis compañeros vieron mi cara, lo celebramos todos. El San Paolo enloqueció”.

Muchas fueron las leyendas que se contaron sobre lo que aconteció en aquel vestuario. Desde la providencial intervención de San Genaro, patrón de Nápoles hasta la presencia de la Camorra, que habría obligado a que la moneda tuviera las dos caras iguales. Sin embargo, lo único cierto es que el azar ayudó a que la ‘Nazionale’ pudiera estar en una final que también acabaría ganando con una pizca de fortuna. Pero eso es otra historia. Porque aquella tarde del 5 de junio de 1968 Aldo Moro siguió siendo el Presidente de un país que volvió a sentirse como Di Caprio abrazado al mástil y aullando en la inmensidad del Atlántico.

24/11/2015

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