Enemigos íntimos

celta-depor-enemigosSERGIO DE LA CRUZ | En esta vida hay cosas que proporcionan una satisfacción casi fuera de lo terrenal. Que el camarero de un garito sepa lo que debe ponerte antes de pedírselo, el milagroso caso de que la espera al Metro sea inferior a los cuatro minutos, el celestial encontronazo de un madrileño con un café en vaso de caña cuando está de viaje… Pero nada como incordiar al vecino, como recrearse en sus tropiezos, como presumir de nuestros éxitos ante la —seguro— envidiosa mirada a pocos metros, probablemente oculta entre las cortinas tras el cristal de las ventanas. Qué sería de la vida sin ese enfrentamiento tan tribal. Solo quedaría un mundo lleno de Ned Flanders.

De esto saben, y mucho, Celta y Deportivo, que este fin de semana se citan en Riazor para continuar un duelo que ninguno de los dos espera que acabe nunca. Todo ser humano requiere en algún momento de su trayectoria vital algo a lo que enfrentarse, y eso ocurre con el derbi gallego: precisa de su enemigo tanto como éste le incomoda. Y el sábado, cuando aún resuenen los ecos del Clásico en la capital, celestes y deportivistas retomarán su duelo a garrotazos, como en el cuadro de Goya.

Y lo harán con un historial de agravios en la mente colectiva. Ninguno de los dos bandos está a salvo de las burlas del contrario, y más en algo en lo que la suerte es tan cíclica como las resacas: siempre acaban poniéndose en contra de uno. Así, si en Riazor se acuerdan de Hugo Mallo lanzando peinetas a los aficionados deportivistas y haciéndose fotos con un escudo del Depor y el cartel de ‘se vende’, en Balaídos recuerdan la mítica colleja de Djalminha a Mostovói. Responderán los blanquiazules con la entrada de Giovanella a Manuel Pablo y tomarán la iniciativa de nuevo los ‘celtiñas’ con ese “huele a Segunda” de Scaloni.

Dos hijos pródigos regresan este año para acaparar todas las miradas. Iago Aspas y Lucas Pérez encarnan el espíritu de la rivalidad regional en su vuelta a la tierra que les vio partir. Ambos representan esta dicotomía tan gallega. Por un lado, el Iago Aspas que desde Sevilla celebraba las victorias del Celta expresando que “Papá estuviera encima de Mamá”. Por otro, ese Lucas Pérez que se declaraba en contra de los aficionados que deseaban ver al Celta en Segunda: al enemigo, sólo disparos en la pierna. Que pueda recuperarse para volver a pelear.

Y el enemigo a batir en este round parece el Celta, con ese ejército de pitufos omnipresentes que igual recorren diez kilómetros en un partido que ponen en peligro hasta al mismísimo Keylor Navas. Nolito apura sus últimos meses como intérprete de la Rianxeira, y tiene unos lugartenientes fieles como Orellana, el héroe sin capa; Wass, el desconocido que hizo olvidar a Krohn-Dehli sin decir ‘esta boca es mía’; o el propio Iago Aspas, que compensa la falta de ADN.

Parten, además, con la seguridad de que las tornas están cambiando. Tras la superioridad deportivista en lo que se llevaba de siglo XXI, el último año el Celta se impuso en los dos duelos de la temporada. Con eso quiere acabar un Deportivo que ha pasado de ostentar el rango de equipo grande a permanecer en un segundo plano en el fútbol gallego. Eso hace a los de Víctor aún más peligrosos, ya que cuentan con el inevitable atractivo de recuperar el orgullo perdido. Al fin y al cabo, en esto consiste pelearte con el vecino: pugnar para que se sienta envidioso de nuestro victorioso orgullo. Un orgullo que, dicho sea de paso, nunca estará en manos de quien lo merece, si se pregunta en el sitio correcto. La respuesta, tan gallega como el derbi: depende.

20/11/2015

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