La pesadilla ibérica

portugal2000polemicaMARIO BECEDAS | Algún iluso pensó en aquel incipiente verano de 2000 que España y Portugal protagonizarían en la Europa que se empezaba a disputar el anhelado sueño ibérico. Las dos selecciones de la Península llegaban como aspirantes a todo a la cita cuya organización recaía esta vez en los Países Bajos y Bélgica. Echado a rodar el balón, los lusos cumplieron su parte, los españoles no.

Si los de José Antonio Camacho parecían haberse redimido del fiasco de Francia ’98 y se veían fuertes para un torneo que debía hacer de bálsamo contra los cuartos de final —madre mía, cómo acabó aquello, ¿verdad, Raúl?—, los portugueses no traían a un combinado nacional, sino a un auténtico álbum con los mejores cromos de Europa cuyo principal rasgo suponía el mayor de los temores para los rivales: eran un equipo.

Recayeron los de Humberto Coelho en el ‘grupo de la muerte’ que nos suele deparar cada torneo internacional. Les acompañaban en la travesía iniciatoria Inglaterra, Alemania y Rumanía. Poca broma. Instalados en aquel grupo, decía, los lusos podían esperar cualquier cosa, menos lo que acabó pasando: se hicieron con los nueve puntos desplegando un juego que hizo temblar a los principales colosos.

Sirva para muestra un botón de lo que contenía aquel equipo: Couto, Sá Pinto, Sérgio Conceição, Costinha, Beto, Pauleta, Capucho, Vidigal, Figo, Rui Costa, João Pinto, Paulo Bento, Nuno Gomes, Abel Xavier, Secretário, Quim o el sempiterno Vítor Baía. Una recua de ases que en el debut contra los ingleses empezó a dejar las cosas claras. Si en el minuto 18 los ‘pross’ ganaban ya por 0-2 con tantos de Scholes y McManaman —qué tiempos—, la cosa iba a acabar del revés.

Pitaba el mítico sueco Anders Frisk, ángel rubio del arbitraje europeo que lo dejó por amenazas, y en tan sólo cuatro minutos, Figo, que aquel verano iba a dar que hablar tras dejarse seducir por Florentino Pérez, materializó en gol su gran juego: ese trote cochinero pero veloz, con piernas separadas al frenarse, que inventó lances de fútbol para todas las bandas derechas. Poco después le seguirían los aldabonazos de João Pinto y Nuno Gomes. 3-2 final y los cuartos mucho más cerca.

Vendría después Rumanía, hipotética ‘Cenicienta’ del grupo pero el rival que más le costó a Portugal batir. El ‘resultado gafas’ parecía una sentencia cuando en el minuto 90 Costinha los heló a todos. Botó Figo de falta, con su ‘7’, que entonces aún podía serlo, y con sus amuletos al cuello, que todavía se podía. Costinha supo volar más que todos juntos y la zaga rumana no pudo hacer nada. Portugal jugaba todavía con pantalón verde y todos, en nuestras vidas, teníamos aún la oportunidad de ser felices.

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Metidos ya en cuartos, Coelho se tomó el capricho de poner a los no tan habituales —aquél sí que era un equipo coral— frente a una Alemania irreconocible que, entrenada por Erich Ribbeck, sólo traía un triste empate a uno contra Rumanía y una derrota por la mínima contra Inglaterra. Los lusos se la merendaron en su mayor exhibición del torneo: 3-0 con ‘hat-trick’ de un Sérgio Conceição que, como todo astro portugués, fue a fracasar a Italia alternando Lazio, con Inter y Parma.

No tuvo mala suerte Portugal, primera por todo lo alto, con el cruce. Los cuartos se convirtieron en todo un trámite contra una Turquía que esperaría cotas más altas dos años después en Corea y Japón y que nada pudo hacer aquí ante los dos tantos de Nuno Gomes: en este equipo los atacantes se intercambiaban como los propios cromos que eran. De haber salido todo como alguno preveía, el gran sueño ibérico de Saramago hubiese tenido forma de semifinal, pero Francia, imparable acullá, fue doble verdugo.

Tras derrotar a España en cuartos, con Anelka pensando en su PlayStation en el vestuario y Zidane regateando hasta a los linieres, los galos encaraban con sus reservas a la gran Portugal que les esperaba. Los lusos golpearon primero, con su adorado Nuno Gomes en estado de gracia. Pero, tras la reanudación, Henry, que inauguraba su década prodigiosa, igualó. La expectativa se mantuvo hasta que todo explotó en los estertores de la prórroga. Mano rigurosa de Abel Xavier en el área al caer al suelo y el mentado Zinedine, que de 1998 a 2002 atesoró el mundo en su empeine, metió el fatal penalti que también era gol de oro, ese artefacto que parece que crearon sólo para que Francia ganase aquella Eurocopa: Italia lo probó.

Acaba así, en pesadilla, en amarga injusticia, el viaje mágico de Portugal. La fábula prodigiosa en la que los audaces marinos atlánticos llevaron su trabajo conjunto al corazón de Europa. Dos años después se ahogarían en un Mundial y cuatro más tarde, en la Eurocopa de su casa, caerían en la final frente a Grecia: Fitch y Standard & Poor’s callaron entonces. Sin embargo, pese a aquello, o al buen papel en el Mundial de 2006, incluso a la epopeya del 66 con Eusébio, aquella Eurocopa de 2000 ha sido hasta la fecha el torneo más salvaje de Portugal.

16/11/2015

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