De Moyes a Eusebio: la última moneda al aire de Jokin Aperribay

eusebioFIRMA DE ADRIÁN BELOKI | Un año y dos días se cumplen hoy domingo, 15 de noviembre de 2015, desde la rueda de prensa más mediática en la historia del Estadio de Anoeta. Medios nacionales e internacionales convirtieron, por momentos, a Donostia en la capital deportivo-informativa europea, a causa del desembarco de David Moyes en la costa cantábrica-vasca. Incertidumbre y expectación, ilusión y escepticismo, se mascaban aquel día en el entorno ‘txuri-urdin’.

Hoy los escépticos saborean las agridulces mieles del ‘te lo dije’ mientras conversan con los otrora valedores de la figura del técnico escocés. Estos últimos se resignan a aceptar que la ‘era Moyes’ en Zubieta ha resultado ser otro proyecto fallido, el segundo consecutivo en el seno del club tras la gris época de Jagoba Arrasate. La directiva realista y, en concreto, Jokin Aperribay se habrán repetido la siguiente pregunta en más de una ocasión en el último mes: ‘¿Qué falló, David?’.

Reducir la respuesta a que ‘el escocés vino a hacer dinero y pasearse por la Concha’, como se ha podido oír en ciertos sectores de la prensa guipuzcoana, es sin duda demasiado atrevido a la vez que poco fiel con la realidad. El periodista británico Graham Hunter analizaba en un más que interesante artículo publicado en ESPN las causas del fracaso del proyecto Moyes, poniendo la mirilla en que Jokin Aperribay “quiso que su nuevo Range Rover diésel funcionase como un Fórmula 1”.

Aperribay siempre creyó en el trabajo del escocés, siendo quizá su único defensor en la Dirección Deportiva del club cuando las cosas comenzaron a ir mal. Sin embargo, se transmitió la sensación de que el Director Deportivo, Loren, veía a Moyes como una amenaza foránea a sus —siempre discutidas— labores dentro del club, y esa presión interna comenzó a ser un peso muy grande para ser soportado por la voluntad de Jokin. El equipo no ganaba ni dejaba una impronta reconocible, por lo que Aperribay reculó y despidió a una apuesta personal que requería un ecosistema bien diferente a la realidad actual de La Real para que resultara exitosa.

El propio David Moyes tiene la otra gran parte de culpa de su precipitado adiós. Si algo identifica su carrera como técnico es el de ser un gran dotador de rigor defensivo, motivación, personalidad y experiencia en las plantillas que ha dirigido. Su trabajo es frío y metódico, pero en San Sebastián se encontró con la gran barrera idiomática que minaba su principal virtud como técnico. Que el escocés se haya marchado al Reino Unido sin dar ni una sola rueda de prensa en español apunta a un fracaso en ese trabajo de aprendizaje, más aún teniendo en cuenta el antagónico ejemplo de Philippe Montanier —quien tardó poco más de dos meses en expresarse en un correctísimo castellano—.

Tal y como llegó a afirmar Íñigo Martínez, a los jugadores se les hizo muy difícil entender las ideas de Moyes. La plantilla realista está repleta de jugadores hechos para mimar el balón y adolece, en cambio, de líderes naturales que supieran canalizar el mensaje de Moyes en un juego físico, basado en las transiciones rápidas y en ganar disputas. Que dos jugadores llenos de clase pero con tan ‘poca sangre’ como Vela y Xabi Prieto sean capitanes del equipo explica muy bien las características del vestuario ‘txuri-urdin’.

Es mala idea pedirle a Canales, Rubén Pardo o Vela que cambien su fútbol, a ser fuertes en el tackle y las segundas jugadas, al igual que es mala idea pedirle a un manzano que comience a darte peras. El ADN de muchos jugadores realistas era diametralmente opuesto al ADN de Moyes y el escocés no supo salir victorioso de ese choque de realidades. Simplemente, sus nociones futbolísticas no están hechas para dominar con balón y el juego de la Real se convirtió en impredecible en el peor de los sentidos, pues la lesión de un jugador clave a la par que frágil como David Zurutuza terminó por matar la difusa identidad del equipo.

David Moyes on his last game in charge of Everton - video

-Eusebio y las claves del futuro

Cerrada la etapa Moyes, llega a Anoeta un técnico de un perfil totalmente opuesto al suyo, Eusebio Sacristán. La del vallisoletano es otra apuesta arriesgada por su falta de experiencia en la máxima división del fútbol español, aunque, a priori, su idea futbolística es más acorde a la realidad de la plantilla blanquiazul que la del natural de Glasgow. Encontrará en Reyes, Íñigo e Illarra aliados a la hora de construir una buena salida de balón, así como jugadores adecuados para el juego combinativo que se le presupone a cualquier técnico de la ‘escuela Barça’.

La prioridad actual del equipo es salvar la temporada mientras recupera una identidad reconocible. Asimismo, la necesidad de una transición interna en el seno de la plantilla con el mayor promedio de estancia en el equipo es innegable. Carlos Vela parece tener la cabeza más fuera que dentro de la Real y los técnicos harían bien en reconocer que los veteranos Xabi Prieto, Mikel González, Chory Castro, Markel o Carlos Martínez ya han visto techo en sus carreras deportivas, aunque aún tengan capacidad para ser útiles en el grupo.

La columna de jóvenes semiveteranos formada por Íñigo, Illarra, Canales, Zaldua, Agirretxe o Rubén Pardo —crucial que el riojano desmienta a los que le tachan de ‘promesa bluff’— debe capitanear esta transición acompañados por un Jonathas aún con todo por demostrar en Donostia. No en vano, el brasileño tiene las condiciones necesarias para ser el primer goleador extranjero con estatus de estrella desde la marcha del inolvidable Darko Kovačević.

Por supuesto, todo esto sin olvidar a un ‘Sanse’ que tiene entre sus filas a varios jugadores con mimbres para tocar fuerte la puerta del primer equipo. Srđan Babić, Luca Sangalli o, sobre todo, Mikel Oiarzabal —no olviden este nombre, su zurda va a tener hueco en el futuro de la Liga— tratarán de ponérselo difícil a Eusebio, que ya tiene en el primer equipo a Héctor y Alain Oiartzun y cedidos a Hervías y David Concha, cuatro jugadores con talento cuya presencia en el futuro del primer equipo sigue siendo una incógnita.

En definitiva, la realidad de la Real no es tan esperanzadora como lo que cabía suponer en verano tras la vuelta de Illarra. Eusebio debe centrarse mucho en conocer el nivel y las características de sus jugadores para aprovechar la mejor oportunidad deportiva de su carrera. Por su parte, Aperribay haría bien en concretar esos visos de autocrítica que se dejaron entrever en la presentación del vallisoletano. Ha sido un presidente excelente en la gestión económica pero la ley del fútbol exige una Dirección Deportiva mejor de lo que ha sido esta Real después de la marcha de Philippe Montanier. Queda ver si Eusebio es capaz de retomar el bello vuelo que alcanzó la Real con el galo para devolver la ilusión a una afición cansada de varapalos.

15/11/2015

Adrián Beloki es Director de Modubat Magazine y ex redactor de MARCA Plus.

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