La forja de Carrasco

SERGIO DE LA CRUZ | Un sentimiento sería capaz de gobernar el mundo por el carácter de su fuerza. No es otra cosa que el amor que un hijo puede tener por una madre. Se trata de algo indestructible que carga con un aura de invulnerabilidad al privilegiado que lo posee. Quien lo ha experimentado en sus entrañas bien lo sabe y, en este fútbol moderno que tantos se vanaglorian en odiar, un jugador rinde culto eterno a algo tan puro como esto: Yannick Ferreira Carrasco.

En el caso de este belga de 22 años recién cumplidos, todo se eleva a la enésima potencia por un acontecimiento acaecido cuando la ahora engominada y estilosa estrella todavía no sabía lo que le depararía el futuro: el abandono de su padre. Quedó el hueco paterno, pero también la fortaleza de una joven andaluza, Carmen, que lejos de amilanarse se echó a las espaldas a sus hijos. Ver a su madre no doblegarse y duplicar cariño, esfuerzo y trabajo cimentó la base de la trayectoria vital de un chico obligado a madurar demasiado rápido, una desgracia que acaba siendo un poderoso tesoro a largo plazo.

Fue el kilómetro cero de un “agradecimiento eterno”, al estilo del Arturo Barea que daba las gracias en “La forja” a su madre por no haberse desentendido de él una vez muerto su padre y que observaba su trabajo como lavandera a modo de recordatorio del duro sacrificio que día a día hacía por él. Así creció Yannick: asistiendo cada día a la liturgia de una madre soltera, a las cuentas para llegar a fin de mes, a la construcción, en definitiva, de una heroína sin capa pero con el súper poder que solo puede tener la figura materna, esa que gana batallas con besos, abrazos y piruetas en el presupuesto familiar.

Pero no sólo de eso vivió Carrasco en su infancia. Como a tantos otros, la pelota se le apareció por el camino, casi como parte de un natural proceso evolutivo. En las calles su Ixelles natal, en ese fútbol de porterías hechas con mochilas y abrigos, se dio cuenta de que tenía un don, uno de los más apreciados. El regate, en todas sus vertientes, no tenía secretos para él. La rueda comenzó a girar y desde entonces no paró de aumentar la velocidad. Tras pasar por varios equipos de la zona, a los 12 años le llegó el momento decisivo.

A una edad en la que el 99 por ciento no tienen mayor posibilidad de elección que la del contenido de los bocadillos en la merienda, Yannick tuvo que dar un paso decisivo para toda su vida: decantarse por el fútbol o continuar dedicándose a los estudios. Esperaba el Genk, y junto a su madre eligió seguir burlando rivales. Se trataba de un viaje de 100 kilómetros, pero en solitario: una familia de acogida le hospedaría en una ciudad con un idioma diferente y, lo más importante, sin su trébol de cuatro hojas, sin su ángel de la guarda. Carmen se quedaba en casa para cuidar del resto de la prole.

Lejos de su casa, de su familia y de sus amigos, Carrasco inició una seria formación futbolística y aprendió a hacer frente a las adversidades, a vivir solo, a depender únicamente de él. Se comportó como un buen driblador en el césped: fabricándose las oportunidades que la vida —que a menudo forma con un 5-4-1— se encarga de esconder. La jugada le salió bien, pues a los 16 años el Mónaco llamó a su puerta y ahí también hubo acuerdo con su madre, que pensó que había que aprovechar la ocasión. De nuevo solo, pero dando un paso más allá, acometió un salto definitivo.

YannickFerreiraCarrasco

Claurio Ranieri le otorgó la alternativa cuando el club monegasco pugnaba por ascender a la Ligue 1, y su primer partido fue un escándalo: el 30 de julio de 2012, ante el Tours, hizo un gol de falta directa y dio una asistencia a un compañero para otro. Desde entonces no dejó de jugar y de contribuir a la causa. A final de temporada, el Mónaco subía de categoría. Pero el nuevo escenario trajo consigo una nueva complicación, ya que las inversiones del millonario Rybolovlev le dejaron sin hueco. Él, que había peleado en los campos de la Segunda francesa para devolver al equipo a su estado natural, se fue quedando aislado por el poder de los James, Falcao y compañía. En los últimos 28 partidos solo jugó 207 minutos. Pero la paciencia tuvo su fruto.

Tras la desbandada del verano de 2014, el Mónaco recurrió a un bloque más discreto, de jugadores de fondo de banquillo, y Carrasco se desmelenó, siendo uno de los baluartes de un equipo que consiguió el billete a la fase previa de la Champions, competición en la que ese año dejó una de sus mejores imágenes como jugador, la del partido de octavos ante el Arsenal, silenciando Wembley con un espectacular gol a la contra que a la postre significó la clasificación a cuartos. Un resumen perfecto de lo que ese descarado extremo era ya: una realidad plagada de velocidad, desborde, calidad y llegada. Un talento con mucho por recorrer.

La siguiente parada fue Madrid. En las oficinas del Atlético llevaban varios años siguiendo la estela de Yannick, y el verano de 2015 fue la de la operación final. Por 15 millones más cinco en variables el jugador recalaba en el Calderón. Se le vendía como un perfecto recurso para segundas partes, un notable refuerzo para dar oxígeno a los titulares. También con la indecencia de llamarle el sustituto de Arda. Sólo le ha costado tres meses desmentir ambos extremos.

Porque Carrasco ya es indispensable en este Atlético que precisa de mucho ‘rock & roll’. Cerró el partido en Anoeta, comandó al equipo ante el Valencia, fue de lo poco destacable en Riazor y se le echó mucho de menos en la inhóspita Astana. La presencia del tupé del ‘21’ aleja a los rojiblancos de ser una película de Isabel Coixet y le asemeja un poco a una obra de Tarantino. Como muestra, un botón: esa cabalgada ante el Valencia, aguantando tarascadas, agarrones, deshaciéndose de rivales y ejecutando a Jaume con un disparo seco, pegado al palo. Un ejemplo de lo que ha sido su vida hasta entonces: una carrera de obstáculos llevada a cabo con la seguridad del que se siente protegido por un don especial.

Al celebrar el gol con un Calderón ya entregado, Yannick sacaba la lengua. Una burla, un desafío, un aviso a navegantes. No se fíen de alguien que se ha forjado con el amor irracional a una madre. Lo más probable es que siempre lleve las de ganar.

06/11/2015

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