Schuster. Año 80

schusterMARIO BECEDAS | “No hase falta disir nada más”. Y no dijo nada más. Antes de ser el culé con cara de Mercedes Benz que dejó en taxi una final de la Copa de Europa, el ‘ángel rubio’ que Jesús Gil despedazó en miles de relojes para el Calderón o aquel entrenador que lo fue más a gusto del Xerez que del Madrid, Bernd Schuster tuvo su etapa preindustrial, cuando el fútbol se generaba a arrebatos como la electricidad a martillazos.

Fue en la Eurocopa del 80, torneo disputado en Italia al que Schuster llegó con 20 años y el bigote más como una adivinanza que como una realidad. Había hecho pequeña fama en el Colonia y su seis blanco en el pantalón negro presagiaba grandes tardes para la selección alemana. De los cuatro partidos que jugó la ‘Mannschaft’ hasta que se hizo con el entorchado, el ‘ángel rubio’ sólo jugó dos, pero en esos 180 minutos paró a Europa en su bota.

El seleccionador teutón del momento, Jupp Derwall, decidió incluirle en la lista al mismo tiempo que el histórico Paul Breitner desertaba por rifirrafes con el entrenador. No fue hasta el segundo partido de la primera fase cuando Alemania fue arte entregando su manija al veinteañero. Aquella victoria 3-2 frente a Holanda fue el primer pasacalles de Schuster, una primavera de su fútbol en la que parecía corretear gamberramente entre el laberinto de rivales.

Para las videotecas en VHS quedará el primer gol de Alemania en el encuentro. Tres pasos del capitán Bernhard Dietz por la izquierda, que la cuela entre alguna pierna y se la deja en la media luna a un Schuster, que está de espaldas a la portería y que en su giro rompe a tres holandeses para, desde la frontal, estamparla en el palo. A portero muerto y puerta vacía, el goleador Klaus Allofs, que haría ‘hat-trick’ ese día, sólo la empujaba. Las bocinas ochenteras callaron por un segundo.

Por si fuera poco el espectáculo, en el tercer y a la postre decisivo tanto, Schuster galopó y galopó por la derecha hasta que, un milímetro antes de los fotógrafos, centró en vaselina atrás para que Allofs volviese a machacar a boca de jarro. Atrás quedaba un reguero de dos defensores tronchados y el meta Schrijvers completamente arruinado ante tal plasticidad. Pese al recital, Derwall, que no le había puesto en el primer partido frente a Checoslovaquia, se guardó a Schuster para la final.

schuster2

Por las vicisitudes de aquel torneo, los primeros de los dos grupos existentes jugaban directamente la final. Alemania tuvo así enfrente a la Bélgica de Guy Thys, comandada por los legendarios Pfaff y Ceulemans —pobre España en el 86— que había dejado fuera a la anfitriona por diferencia de goles. En esa final, 22 de junio de 1980, Stadio Olimpico de Roma, 20:30 de la tarde, Schuster escribió el fútbol con letras de oro y con la misma rúbrica selló su adiós a Alemania.

La conducía Karlheinz Förster, que directamente decidió depositarla en el pie del joven príncipe de Augsburgo al pasar por delante suya, antes de la raya. Como aquel que echa la carrerita para llamar al ascensor, Schuster metió un pase raso, de bisectriz, rompiendo líneas de defensa, a Allofs, que sólo le tuvo que devolver la pared en tres cuartos para que el aura rubia se sacase de la chistera una vaselina sin ruido que dejó pasmado al belga Van Moer y que cayó en el pecho de un Horst Hrubesch que controló bien para empalarla a gol.

La jugada del tanto sólo fue un capítulo más de fugas entre rivales, danzas de pases con globo y regates con silenciador que Schuster dejó sobre el manto romano. Tras el polémico empate de penalti materializado por el belga Vandereycken, un córner botado en el descuento por otro ilustre futuro, Karl-Heinz Rummenigge, acabó en la testa de un Hrubesch en estado de gracia que dio el título a su equipo.

Schuster, que acabaría enamorando al cabo al Barça, no sabía aún que, dos años después, se perdería el Mundial de 1982 en España por la grave lesión que le iba a provocar el temido Goikoetxea y que, un poco más adelante, en 1983, el hecho de perderse un partido ante Albania para estar más tiempo con su hijo recién nacido le iba a apartar para siempre de entonar el ‘Über alles’. Algunos veteranos como Stielike, esa traidora olla metálica con bigote, le reprocharon el acto, y Bernd, ya acostumbrado a sus escalofriantes globos, puso tierra de por medio.

Se perdió disputar un Mundial, ser el mejor de su país y la duda de si, diez años después, también en Italia, también en Roma, aquel 1990 del huevo Kinder, Romina y Albano, hubiese levantado la dorada Copa del Mundo con su Alemania ya reunificada. Sólo en 2007, miles de años después, reconoció el error de no haber vuelto con su selección. Pero ese pasado le quedaba bien, a ver quién lo repite. Tras 180 minutos, no hizo falta ‘disir’ nada más. Y con Alemania no lo dijo.

02/11/2015

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s