Funambulistas del vértigo

Croatia v Turkey - Euro 2008 Quarter FinalJULIÁN CARPINTERO | La de 2008 fue una Eurocopa que siempre será recordada por el celestial triunfo de una España que se quitó el disfraz de Cenicienta para convertirse en la princesa del continente. Sin embargo, el juego preciosista que exhibió la Selección de Aragonés, en la que la sutileza y el toque fueron sus señas de identidad, tuvo su contrapunto en la Turquía de Fatih Terim, un equipo tan caótico como carismático que consiguió despertar las simpatías de todo el público gracias a una adrenalina que le llevó a semifinales a base de saber mantenerse siempre en el alambre.

Seis eran los años que habían pasado desde que la Turquía del legendario Şenol Güneş había conquistado el tercer puesto en el Mundial de Corea y Japón. A partir de su coronación a ojos de todo el mundo, los otomanos fueron incapaces de clasificarse para la Eurocopa de Portugal —cayeron en la repesca ante la modesta Letonia— y el Mundial de Alemania. Por lo tanto, la cita suizo-austriaca suponía el regreso de los turcos a una competición continental a la que no acudían desde el año 2000. No obstante, ya en la fase de clasificación los turcos empezaron a dejar patente que las bajas pulsaciones no iban con ellos. Encuadrados en el Grupo C junto a Bosnia, Noruega, Moldavia, Hungría, Grecia y Malta, los hombres del ‘General’ Terim combinaron recitales como la victoria 1-4 en El Pireo ante los archienemigos griegos y esperpentos como el vivido en Malta, donde no consiguieron pasar del empate ante la débil selección mediterránea. Así las cosas, los goles del veterano Hakan Şükür y la victoria frente a Bosnia en la última jornada permitieron a Turquía sacar su billete para Austria y Suiza después de haber sido segunda en un grupo en el que la vigente campeona Grecia —sin obviar la mencionada derrota, precisamente a manos turcas— se paseó con facilidad.

El azar quiso que los turcos cayeran junto a la anfitriona Suiza, la República Checa y Portugal en el Grupo A, donde, a priori, los de Terim partían como el convidado de piedra a pesar de la gran cantidad de malabaristas que había convocado el técnico. Y lo cierto es que el comienzo no pudo ser menos prometedor, pues la Portugal de Cristiano Ronaldo pasó por encima de ellos en Ginebra al ganar 2-0 con tantos de Pepe y Raúl Meireles, un resultado que dejaba a los turcos sin margen de error si querían tener opciones de clasificarse para cuartos. Pero el siguiente partido marcaría el inicio de las taquicardias que los otomanos provocaron en los corazones de todos los aficionados al fútbol del mundo. En Basilea, Turquía se enfrentó a Suiza en una tarde pasada por agua en la que el zurdo Hakan Yakın —de ascendencia turca, para más señas— adelantó a los helvéticos dejando a los de Terim al borde del precipicio. Aunque, en la segunda parte, guiados por la anarquía, el infatigable Semih Şentürk desencadenó una remontada que culminó con el gol de Arda Turan con el tiempo cumplido. El sueño de estar en cuartos pasaba ahora por doblegar a una República Checa que llegaba a la última jornada en su misma situación, es decir, habiendo ganado a Suiza y cayendo contra Portugal. Aun así, en Ginebra volvieron a torcerse las cosas, pues mediada la segunda mitad los checos ganaban 0-2 gracias a los tantos de Köller y Plašil. Pese a todo, como si de un rito zulú se tratara, los de Terim volvieron a descargar una tormenta perfecta en el último cuarto de hora y con otro gol de Arda Turan —había nacido una estrella— y un doblete del recordado Nihat dieron la vuelta al marcador a falta de un minuto en uno de los pocos errores de bulto que se le recuerdan al excepcional Čech. Sorpresa consumada: Turquía ya estaba en cuartos.

ÜgurBoral

La expulsión del portero titular Volkan Delmirel ante la República Checa obligó a Terim a dar entrada al inolvidable Rüştü, un hombre que acabaría convirtiéndose en héroe al final de la noche en Viena. Igualado como pocos, el partido se fue a la prórroga hasta que, en el 119, una salida en falso del propio Rüştü propició que Klasnić —que estuvo a punto de abandonar el fútbol por unos problemas renales— cabeceara a gol un centro desde la derecha. Todo parecía perdido, pero la inquebrantable fe turca hizo que el pícaro Semih rematara a gol un balón suelto dentro del área croata cuando el reloj marcaba el 122. En lugar de volverse loco, el delantero del Fenerbahçe trotó mirando a la grada mandando callar a la afición croata. En aquel momento, cuando los dos equipos preparaban a sus lanzadores para los penaltis, todos sabían que Turquía estaría en semifinales. Modrić y Rakitić dispararon fuera mientras Arda, Semih y Hamit Altintop batían a Pletikosa antes de que Petrić se estrellara con las manos de Rüştü.

En aquel momento, Turquía ya había llegado más lejos de lo que ella misma podía imaginar y, con el mismo espíritu que Grecia cuatro años atrás, volvió a Basilea para disputar las semifinales. No conocían límites. Y sería ante Alemania, un país con una masiva colonia de emigrantes turcos, con quien se jugarían el pase a la final. No tuvieron, ni mucho menos, mal de altura los guerreros de Terim, pues antes de la media hora ya mandaban en el marcador gracias a un tanto de Ügur Boral. Y, aunque empataría Schwensteiger minutos después, ambas selecciones lo dejarían todo para los últimos diez minutos, la particular ‘zona Cesarini’ turca. El sempiterno Klose puso el 2-1 en el 79, pero Semih, con el inconformismo por bandera, equilibró el marcador en el 86 para que Lahm, con un martillazo, pusiera el clavo en el ataúd de Turquía en el minuto 90. Los otomanos habían recibido su propia medicina en el único partido del torneo en el que se adelantaron en el marcador. Paradojas de la vida, la frase de Lineker que se convirtió en dogma se hizo carne en esos últimos instantes: ganó Alemania y serían los de Löw quienes jugarían la final.

Hasta ahí llegó el viaje de los Tuncay Şanlı, Kazim-Richards, Mehmet Aurélio y compañía en aquella Eurocopa, un combinado inolvidable que en aquel mes de junio rindió al máximo nivel y se ganó el cariño de todo el continente gracias a su corazón y su carácter imprevisible. ¿Su secreto? Jugaron como niños. Y los niños no entienden de imposibles.

26/10/2015

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