Jozabed, cincel y certezas

jozabed2SERGIO DE LA CRUZ | Hay una cosa aún más complicada que nacer con un talento, ponerlo al servicio de uno mismo, doblar su voluntad y conseguir cincelarlo y disciplinarlo. Que lo que en principio no es más que un intangible pase al campo de lo perceptible por los sentidos, de lo cuantificable. De eso sabe mucho Jozabed Sánchez.

Porque bajo esa apariencia de chico de catálogo se esconde un jornalero del fútbol. Primero en Sevilla, no muy lejos de su Mairena del Alcor natal, dio sus primeros pasos en un fútbol que no siempre es agradecido con los jugones y que hace de la lucha y los mordiscos en los tobillos su padrenuestro. De buen trato de pelota y hábil para jugar en diferentes partes de la medular, se hizo imprescindible en un Sevilla Atlético que le dejó escapar a punto de cumplir 22 primaveras.

El destino fue Ponferrada, y la decisión fue un error y un acierto a partes iguales. En lo deportivo, fue una catástrofe que se tradujo en solo 71 minutos a lo largo de cuatro duros meses. La ganancia compensó todo, por el carácter de la enseñanza: fue en el banquillo de El Toralín dónde consiguió valores de cuya adquisición más tarde se daría cuenta. Poco juego, menos moral, pero de repente apareció el Jaén y todo cambió.

De vuelta a Andalucía, Jozabed se revitalizó. Casi pudo decirse que se alinearon todos los recursos necesarios para que recuperase el brío. En un equipo en el que primaba la buena circulación y el gusto por el fútbol de toque, destacó y se hizo un hueco lo suficientemente grande como para destacar en la división de plata. Lo jugó casi todo, marcó cuatro goles y comenzó a ser visto como una promesa a seguir muy de cerca. El tramo final del curso 13/14 fue amargo: no pudo jugar por lesión los tres últimos partidos en los que el equipo descendió a Segunda B. Esta vez, la moneda salió cara en la elección en verano.

Fueron varios los clubes que se insinuaron, pero uno era mucho más atractivo, porque congeniaba en todos sus gustos: el Rayo de Paco Jémez. Acostumbrado a recomponer el castillo de naipes derribado con la llegada del verano, ese junio de 2014 eligió la carta de Jozabed y el jugador se dejó llevar por el crupier.

En un club que apostó fuerte por él (le ató por tres años cuando siempre vive en el corto plazo por obligación, como el obrero que nunca puede llenar el carro en el supermercado) y cuyo estilo se ajustaba como anillo al dedo, Jozabed se encontró rápido con que tenía el depósito de méritos vacío. De ser el redactor estrella de la redacción pasó a ser el becario, pero esta vez no fue un drama, y bajo la sombra del banquillo tiró de paciencia y de todo lo adquirido en esos fatídicos meses en Ponferrada. El trabajo en los entrenamientos, y el azar, tuvieron su fruto.

Y le llegó en forma de regalo de Navidad: un 13 de diciembre se estrenó como titular en Liga ante el Valencia, y tan solo tres días después repitió titularidad contra el mismo rival en Copa. Mestalla pudo ver a un director de orquesta que no era solo eso: además de llevar la batuta cargaba con los instrumentos y barría el suelo después del festival. Dirigió, atacó, colaboró en las ayudas y se permitió el lujo de meter un gol.

A todo el mundo llamó la atención la exhibición de ese atrevido tan acorde al espíritu de Jémez. El entrenador lo tenía claro: era el futuro relevo de Trashorras. Una comparación delicadísima en el equipo en que el gallego es el único con licencia para embrujar. Bien mirado, representaban dos realidad que aún cohabitan en el fútbol: la del presente que está más cerca del pasado que del futuro que llega a sustituirle. Trashorras, futbolista de botas negras, sin peinados de peluquero de 50 el servicio; por otro lado, Jozabed, el aspirante con cara de tronista.

La premonición de Jémez comenzó a tomar forma: jugó hasta siete partidos de Liga al completo, y se estrenó en la Liga con un tanto al Getafe. En su primera temporada había conseguido hacerse un hueco en Vallecas. El siguiente curso debía ser el de la consolidación y el final del despegue.

El comienzo de la presente temporada le hizo rememorar viejos fantasmas: no jugó ningún minuto en los tres primeros partidos. Pero se estrenó en el cuarto, y desde entonces nadie le ha movido del once titular. Ante el Barcelona, incluso tuvo el privilegio de marcar un gol en un templo como el Camp Nou.

Nada más acabar el partido, mostraba una convicción muy ‘jemecista’: “Lo que no valió en el Camp Nou valdrá para ganar otros partidos”. Es la seguridad del que no teme a nada porque tiene una certeza. Y a sus 24 años, además de tener un polideportivo con su nombre en su querida Mairena del Alcor, Jozabed está repleto de ellas.

23/10/2015

Foto: Rayo Vallecano / Instagram: rvm.oficial

Sergio De la Cruz es periodista y redactor de ‘elEconomista.es’.

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