Tener (otra vez) Ángel

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JESÚS GUALIX | Cuando salió por la puerta de atrás del Santiago Bernabéu siendo el héroe de la ‘Décima’ en el verano de 2014 Ángel Di María se las prometía muy felices en su futuro destino. Manchester era una nueva ciudad, se encontraría en una nueva Liga, aterrizaría en un nuevo ambiente en donde brillar y demostrar su calidad. Louise Van Gaal, técnico del United, acabaría por entonces satisfecho del desembolso realizado, unos 75 millones de euros, que convertían al de Rosario en el jugador más caro en la historia de la Barclays Premier League.

Pero lo que parecía un cuento de hadas en un inicio se empezó a torcer de manera vertiginosa y sin vuelta atrás. El extremo argentino no brillaba todo lo que tenía que brillar. Algún gol, alguna asistencia aislada, pero no era ese jugador que fue determinante para el devenir del Real Madrid en España, y, sobre todo, en Europa. Las lesiones, las polémicas expulsiones, el jugar en diversas posiciones (hasta de mediocentro) y, en definitiva, el bajo rendimiento y la desgana terminaron por cansar a Van Gaal. El holandés, como ya conocemos, no se anda con chiquitas, y por lo tanto mandó a Di María al banquillo en más de una ocasión.

En esto que terminó su primera temporada en tierras inglesas y, de repente, el rosarino volvió a cambiar de aires. A los ‘Red Devils’ al principio les costó dios y ayuda desprenderse del que prometía ser su jugador franquicia, pero al ver el montante que llegaba de París (63 millones de euros), no se lo pensaron dos veces y mandaron al que fue mejor jugador de la final de la Champions League de 2014 a su nuevo destino como si de un regalo con el lazo incorporado se tratase.

Dicen que París es la ciudad del amor y Di María ha obedecido a la perfección a tal máxima. El santafesino juró ante Nasser Al-Khelaifi en su presentación fidelidad eterna al club francés, y éste le respondió prometiéndole ser el elemento que diese a su equipo el salto de calidad definitivo para lograr por fin el ansiado cetro continental. De momento, parece está cumpliendo con lo acordado con su actual (y más sosegado) preparador, el francés Laurent Blanc. El centrocampista vuelve a ser ese componente desequilibrante, ya que juega con la ilusión y la alegría que gozaba años atrás. La relación con sus compañeros (en especial Ezequiel Lavezzi, Edinson Cavani, Javier Pastore o David Luiz) es idónea, justo al contrario que en su anterior etapa en el vestuario del Old Trafford. Di María vuelve a ser incisivo y habilidoso, vuelve a dar ese último y definitivo pase con asiduidad y no a cuentagotas, en definitiva, vuelve a ser aquél jugador que enamoró en Rosario, Lisboa, y, sobre todo, Madrid.

Y ahora llegan sus ex compañeros, los que anteriormente eran sus amigos, y él los recibirá a mesa puesta en su nuevo hogar, pero también con el objetivo de hacerles las cosas lo más difíciles posibles para evitar que se marchen con los tres puntos del Parque de los Príncipes. Porque, como todos sabemos, en el fútbol lo que importa es el presente y el resultado, los recuerdos y los buenos momentos vividos, por más maravillosos que sean, quedan a un lado cuando el balón echa a rodar.

21/10/2015

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