Belleza

chequia-holandaMARIO BECEDAS | Estábamos de mudanza, la estropeada televisión, aún catódica, intercambiaba los colores y Portugal era un manto cromático en el que se esparcieron los más resultones estadios vistos nunca. Era junio de 2004 y a la Eurocopa del país luso llegaba un apetente grupo de la muerte en el que se daban cita Holanda, Alemania, República Checa y Letonia. Si histórico pudo ser y no fue el Holanda-Alemania que lo abrió y que acabó en insulso empate o anecdótico el exotismo que en Carrusel Deportivo le confirieron al delantero letón Verpakovskis, ulterior pufo en el Getafe, para los anales de la historia del fútbol quedará el Holanda-República Checa que suponía el eje central sobre el que iba a rotar tan animado grupo.

Era el segundo partido y una victoria prácticamente daba los cuartos de final. Holanda, combinado más de cromos que efectivo y entrenado por la siempre maligna mirada de Dick Advocaat, formaba con van der Sar; Stam, Bouma, Van Bronckhorst, Heitinga; Cocu, van der Meyde, Davids, Seedorf; Robben y van Nistelrooy. Saldrían después Reiziger, van der Vaart y Bosvelt. Aquel equipo, que en la banca tenía a héroes de Panini y de la Guía Marca como Kluivert, Makaay, Overmars, Frank de Boer, Westerveld, Sneijder, Van Hooijdonk o Zenden.

Enfrente una potentísima República Checa que parecía en su fútbol volver a ser la Checoslovaquia del 62 y que estaba comandado por ese amable hombre de pelo blanco parecido a un socialdemócrata europeo y de nombre Karel Brückner. En esta trascendental cita, los checos salieron con Čech; Grygera, Ujfaluši, Galásek, Jankulovski; Poborský, Rosický, Nedvěd, Jiránek; Baroš y Koller. Aparecerían después Heinz, Rozehnal y el a la postre decisivo Šmicer, que no era el de Los Simpson. En la banqueta todo un lujo como Plašil. Nombres que coparon esas Champions imprevisibles, en el interludio de los éxitos españoles en Europa.

Con el búho Cocu ya marchado del Barça y el caballo rubio Nedvěd en el mejor momento de su carrera con la Juventus, ambos capitanes, situados en el centro del campo para el sorteo de campos, dio comienzo el partido más bonito de la historia. Un fracaso más de la siempre espectacular Holanda que se puede traer a colación tras el reciente descalabro de los ‘oranje’, fuera de una Eurocopa, la de 2016, en la que estará hasta Casillas.

van-nistelrooy

Nada más pitar el árbitro, comenzó un recital de carreras, ocasiones, palos, paradones, disparos lejanos, contras plásticas y calidad sin límites que maravilló a todos aquellos que sólo conocíamos el gol de Valerón en el Algarve. Falta que botó Holanda y Bouma cabeceó a la red. Apertura con clase de Seedorf a Robben, que al primer toque centra raso para van Nistelrooy, no hace falta seguir. Con ese 2-0 Holanda encontró sus fantasmas, pese a que continuaba el baile. Cocu cedió flojito atrás, como nunca hay que hacerlo, y su pérdida fue aprovechada por el meteorito Baroš, pasado y futuro juguete roto en el Liverpool, que corrió y corrió hasta el área, donde aprovechó la marabunta de payasos y trompetas, esquivando a saltos con el balón a van der Sar, Stam y el propio Cocu, hasta que rendido y en suelo se la cedió al gigante Koller para que sólo la empujara a puerta casi vacía.

Aun así se recompuso Holanda, que tuvo el 3-1 cerca. Por dos veces Seedorf, estrellándose una de ellas contra el palo. La tuvo Heitinga, que aprovechó el bombeo del Roteiro y besaba la escuadra cuando sacó Čech la uña del meñique. Después cabecearía van Nistelrooy en boca de gol, y se topó con la rodilla mágica de un Čech volador. El vals continuó con Šmicer, que no era el de Los Simpson, fallando lo imposible en el área. Chequia se vino arriba y llegó la obra maestra del fútbol, el mejor gol que he visto en directo, sin el trasluz decepcionante de las repeticiones. Jugada de malabarista de Nedvěd, que se la cambia de pie y centra desde la izquierda pero con la diestra hacia el área, donde el faro Koller la baja de primera con el pecho para que Baroš empale de primeras también y al borde de la cal una volea que barre las telarañas de van der Sar.

Un empate tan espectacular que mató a Holanda, que ya no pudo más, y que perdió al joven Heitinga por doble amarilla. En los estertores, Heinz remató raso y fuerte de lejos. Con poca fortuna van der Sar rechazó mal y  Poborský, sin ponerse nervioso, a medio centímetro del arquero, centró raso en el área chica para que Šmicer, que no, que no era de Los Simpson, matara la noche portuguesa. No fue un 2-3 como todos. Fue la consolidación del amor del fútbol en estos ojos. Hubo después un gol de Iniesta, hubo un 2-6 del Barça en el Bernabéu o un fatal cabezazo de Ramos, pero hasta la fecha, estas retinas no han visto un juego más bello por ambos equipos, un encuentro más bonito, más plástico. Casi da igual lo que pasó después en esa Eurocopa. La belleza estuvo ahí. Era eso. Parece como si prácticamente todo hubiera empezado en aquel 2004.

19/10/2015

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