Adelardo Rodríguez: “En mi vida he llorado más que en Heysel”

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ENTREVISTA A ADELARDO RODRÍGUEZ | Mito del Atlético de Madrid de los años 60 y 70, comandó al equipo rojiblanco a ganar la única Copa Intercontinental que posee en sus vitrinas. Sin su experiencia en el centro del campo, el club del Manzanares jamás habría llegado a disputar una final de Copa de Europa. Adelardo Rodríguez, que en la actualidad preside la fundación del Atlético de Madrid, puede presumir de ser historia viva de uno de los conjuntos más importantes y laureados de España. Despachamos con una leyenda.

PREGUNTA: ¿Qué día supo Adelardo que iba a ser futbolista?

RESPUESTA: Yo diría que el día que nací, porque siempre recuerdo una pelota. También recuerdo ir con mi padre al campo del Badajoz y una foto que tenía mi madre en la que salgo pegándole una patada al balón que es más grande que yo. Creo que estaba en juveniles cuando me fichó el Badajoz y mi padre me avisó que mirara los pros y los contras si tenía pensado dedicarme a ello. Y que tuviera en cuenta que tendría que salir de casa, obviamente. Pero con 18 ó 19 años, cuando me fichó el Atleti, pensé que la cosa iba en serio. Tuve un fallo: dejé los estudios. Y ahora me arrepiento.

P: ¿Cómo llegó usted al Atlético? ¿Cómo conseguiste impresionar a Daučík?

R: En primer lugar, entonces había unos ojeadores que iban a verte. El único que no me observó fue el del Atlético de Madrid, pero el 24 de junio jugaron el Trofeo Ibérico contra nosotros. Perdimos el partido, no sé por cuántos goles. Y al terminar el partido, me llamó un señor y me dijo: “¿Quiere usted jugar en el Atlético?”. Y yo le contesté: “Mire usted, yo me voy que he terminado el trabajo, empiezan las vacaciones, tengo la fiesta y no me la pierdo”. Y entonces él habló con mi padre y a finales de mes, vinimos a Madrid y fichamos. No costé ni un duro. Me padre era muy previsor y, aunque yo cobraba muy poco, tenía la carta de libertad firmada por el presidente.

P: ¿Le costó dejar su casa cuando lo llamó el Atleti?

R: Mucho. Los primeros días mis padres estuvieron en Madrid conmigo en un hostal, en Bravo Murillo. Iba y volvía de entrenar con ellos. Pero cuando mi padre ya tuvo que volver a su trabajo en Hacienda, me quedé un poco hundido. Incluso llegó un día que les dije que no quería seguir en Madrid. Pero resultó que mis padres tenían un amigo viviendo aquí y le pidieron si podía irme con él. “Bueno, tráelo a casa”, dijo. Y allí que nos fuimos a vivir un compañero que habían fichado del Tarragona y yo. Luego me acuerdo de volver a llamar a mis padres porque me quería ir. Al final mi padre habló con unos tíos míos y me fui a vivir con ellos a un piso nuevo que se habían comprado para compartir habitación con mi primo.

P: ¿Cree que llegará el día en que se bata su récord de 511 partidos con la camiseta del Atlético de Madrid?

R: Yo pienso que sí. Hoy en día hay gente joven en el club, van saliendo de la cantera y juegan prácticamente dos o tres veces a la semana. Por ejemplo, Raúl García me superó en Europa, porque entonces jugábamos muy poco ese tipo de competiciones. Yo estuve 17 temporadas, pero creo que hoy en día con 10 se pueden doblar mis encuentros. Lo que más me ilusiona de estos 40 años que se cumplen de mi retirada es que he sido muy rentable para el club. Y estoy contento porque eso demuestra que he cumplido con mi deber.

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P: De esos 511 partidos con el Atlético de Madrid, ¿cuál fue el rival más duro al que se enfrentó?

R: Como partido histórico que nos jugamos la vida fue la semifinal de la Copa de Europa de 1974 frente al Celtic de Glasgow y quizás la final contra el Bayern de Múnich, que entonces tenían a 14 internacionales.

P: Entre las 17 temporadas que pasó en el club, ¿cuál es el momento que más se le ha quedado grabado en la cabeza? Una de las tres Ligas, la Copa Intercontinental, la trágica final de la Copa de Europa de 1974…

R: Todos esos momentos se quedan grabados en la mente, aunque recuerdo sobre todo los triunfos, como son ganar copas o jugar finales. Pero para mí el momento que más dolor me ha dado fue llegado el año 1967, pues sufrí la muerte de mi padre y además padecí una enfermedad por la que estuve ingresado. Fue un año bastante malo y flojo. No jugué casi nada. Apenas 10 o 15 partidos, cuando por norma general llegaba a disputar 40 encuentros. Ese año me dijeron que estaba acabado para el fútbol. Cuando me recuperé de mi enfermedad, tenía solamente 27 años. Mi etapa anterior fue de plena juventud y gran aguante. Luego descubrí que a la gente, aparte de jugar y ganar, lo que le interesaba era que cumplieras. Yo era de agarrar y de pelear, y eso al aficionado le gustaba. Recuerdo un año especialmente, 1962, cuando gané la Recopa de Europa, fui al Mundial de Chile y debuté con la Selección Española. Fue un año completo. Para ir a un Mundial de esa categoría y con los jugadores que tenía España debí de hacer bastantes méritos a tal efecto. Y luego pues quedan grabados los títulos que ha conseguido el equipo y en los que yo he sido partícipe.

P: Sobre su amistad con Luis Aragonés, ¿qué hay que hacer para ganarse la confianza de un hombre con una personalidad y un carácter tan fuertes? ¿Resultaba una persona afable en las distancias cortas?

R: Luis llegó al club en 1964. Yo llevaba ya cinco años en el equipo, y la verdad es que congeniamos. Vivíamos uno junto al otro. Luis tenía un carácter difícil, pero como amigo era impecable. La amistad la tenía en el primer lugar. Yo puedo decir que si algo me complace en esta vida es haber tenido más amigos que enemigos. He procurado ser amigo de todo el mundo. Debe ser porque procuraba no meterme en líos ni buscar enemistades. Luis fue uno de mis grandes amigos y un buen compañero en mi carrera deportiva, como también lo fueron Peiró, Chuzo o Gárate. En fin, que he congeniado con todo el mundo y creo que tengo una buena relación con todos los jugadores que tuve durante mi etapa en el Atlético de Madrid. Si le he hecho mal a alguno, que me perdone, porque nunca he querido hacer mal a nadie.

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P: Compartió vestuario con otras leyendas rojiblancas, como son Collar, Peiró, Griffa, Babá, Luiz Pereira, Mendoça, Gárate o Reina ¿Qué puede contar de ellos? ¿Diría que es la mejor plantilla del Atlético de Madrid a lo largo de su historia?

R: El Atlético de Madrid ha tenido muy buenas plantillas, pero en el fútbol lo que manda es el resultado. Si ganas, tienes un equipo muy bueno. Al principio el equipo se conocía de corrido. Siempre teníamos la misma alineación y los que completaban la plantilla estaban por si había algún lesionado en algún momento. A mí no me costó mucho entrar en el equipo, ante lo que me quedé sorprendido. Al fin y al cabo tenía 19 años cuando llegué a las órdenes de Daučík. Lo que pasa es que habíamos hecho una pretemporada con partidos amistosos en los que jugué de interior derecho y metí goles en todos los encuentros. Debí de jugar bien, porque llegó el primer partido de Liga y el entrenador me puso en la alineación titular, a pesar de estar Mendoça, Babá, Álvaro, Peiró o Collar. Mi padre me había dicho que le habría gustado que estuviese en la lista de los 16 jugadores que se utilizaban en la temporada. Luego se llevó otro asombro porque vio que Villalonga también me ponía. A Daučík, a pesar de ser un entendido en fútbol, le despidieron por malos resultados. Pero yo seguía jugando con Balmanya y tantos otros. No me quitaban del equipo. Por algo sería, ¿no? No sé si por cumplir o pelear más. Una cosa que nunca hice fue enfrentarme al entrenador. Fue gracias a los consejos que me daba mi padre. Me decía que nunca me metiese con el entrenador porque hoy lo tienes aquí, pero mañana te puede tocar en otro equipo. Al entrenador siempre hay que tenerle respeto porque es tu profesor, tu maestro. Y yo he mostrado respeto a todos los entrenadores que he tenido. Creo que ellos han tenido una buena conducta conmigo porque yo no les he hecho ninguna putada.

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P: Vayamos a la Copa de Europa de 1974. Háblenos sobre la semifinal contra el Celtic de Glasgow. ¿Fue el partido más áspero de su carrera?

R: Si, no me cabe ninguna duda. Estuvo muy caliente el partido y esa semifinal. No sé por qué. Quizás porque el Celtic había estado en Argentina y se había enfrentado al equipo donde jugaron Panadero Díaz y Ayala y los escoceses estaban esperando a los argentinos para saldar cuentas pendientes. Fue un partido en el que dimos patadas y entrábamos a por todas, pero quizás fue porque ellos nos obligaron a hacerlo. Su extremo, Johnstone, era un gran jugador pero nos buscaba a todos. Prueba de ello era que buscaba a los argentinos porque se acordaba de su partido contra Panadero. Pero es que empezaron en el partido muy duros. Nosotros decidimos ir a por ellos porque si no es que no salíamos vivos de Glasgow.

A la primera entrada ya estaba Johnstone riéndose de nosotros. Era habilidoso y rápido. Y, claro, la ‘pinzada’ que le hizo Panadero fue muy fuerte. “Menos en la cabeza, donde cojee”, como decíamos entonces. Le puso la pierna y fue expulsado el resto del encuentro. Eso enrabietó más a nuestro equipo y protestábamos. No había igualdad de criterio para los dos contendientes. Quique, que vino de jugar de lateral izquierdo en el Valladolid, sufrió a Johnstone. El árbitro le mandó a los vestuarios a la tercera falta. Dos jugadores menos. Ayala, que es otro argentino de sangre caliente, pasó al lateral izquierdo, pero le expulsaron cuando faltaba media hora de juego. Nos quedamos con ocho jugadores, así que acabé ese partido jugando en la banda izquierda. De los escoceses no fue sancionado ninguno. Estuvimos jugando ocho contra once durante 27 minutos. Nosotros nos cerramos detrás del centro del campo. Cuando venía la pelota la echábamos al campo del Celtic y pusimos el autobús. Johnstone también se rió de mí, pero yo fui más inteligente y no fui a por él, con lo cual pude acabar el partido, aunque le llamé de todo. Saqué lo poco de inglés que sabía para decirle que le esperaba en Madrid. A pocos minutos del final, me pasaron la pelota y casi llego a la portería contraria con ella, pero me hicieron falta y me pararon. Me atreví a atacar estando de defensa con el pensamiento de que yo era atacante y no tenía que defender.

Fue un partido muy bronco. Incluso en el túnel de vestuarios también tuvimos nuestro enfrentamiento. Reconozco que el equipo estuvo muy duro, pero he de decir que el árbitro no puso a los dos contenientes al mismo nivel. Recibíamos patadas y codazos cuando atacábamos, no había quien entrase en su área. Los defensas te pisaban y te mordían y árbitro miraba para otro lado. No sé si estaba molesto porque fueron los periodistas a entrevistarle pero se negó a responder. Fue un partido digno de verse, pero las pasamos canutas.

En el duelo de vuelta la UEFA estaba dispuesta a castigarnos si aquí actuábamos igual. Avisó al público de que no tirasen objetos al campo, especialmente almohadillas, que podían hacer daño. No he visto nunca el estadio como ese día. Lleno a reventar y la gente se portó. Nosotros ni les tocamos. “Ahora a meter gol, que es lo que tenemos que hacer para pasar la eliminatoria. Si después vemos que hay tiempo, nos vamos a por el pequeñín de allí y le decimos de todo”, dijimos. ¡Cómo sería la cosa que se pasó el partido sin separarse del lado del linier! ¡Se escondía detrás de él! Yo le decía que saliese de ahí, que no iba a poder jugar. Yo metí el primer gol y luego marcó Gárate. Fue un partido en el que la UEFA nos felicitó y todo por el comportamiento del equipo.

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P: Y ahora llegamos al trágico gol de Schwarzenbeck en Heysel en la final. ¿Qué os dijisteis en el vestuario cuando acabó el partido?

R: Pues no dijimos nada. Yo lo único que hacía era llorar. No he llorado más en mi vida. Era imposible. No podía ser. Unos cuantos entramos en el vestuario diciendo: “No puede ser, no puede ser, no puede ser. Esto es imposible. ¿Cómo nos han metido ese gol?”. Pero claro, cuando estás jugando el partido no te acuerdas de lo que has hecho, no de lo que has hecho, sino del porqué de esa acción. Pero después, yo he visto el partido, y te das cuentas de que fallamos todos. Bueno, no es que fallásemos todos, es que no tuvimos esa picardía que los equipos tienen que tener a veces, esa experiencia.

Decían que Gárate fue el culpable porque se quedó parado, y Gárate no fue culpable porque se va hacia el palo y, antes de llegar, le pegan una patada, es falta, la pelota se va fuera, el árbitro pita saque de portería a favor de ellos y Gárate se queda diciendo: “Pero cómo, si me han dado una patada”. Y era verdad. A partir de ahí, saca su portero, saltan dos en el centro del campo y sale la pelota por la banda. Hay un jugador nuestro que coge la pelota y va sacar, pero le dice el árbitro: “No, no, el otro”. Y en vez de tirarla para arriba mientras viene el rival a cogerla y tú y tu equipo os colocáis, pensando en que el partido está acabado, se la da, coge aquél la pelota, saca al medio, estaba el central allí, la golpea y mete el gol. Estaba solo en el mediocampo.

Yo recuerdo que me decía a mí mismo: “Si hubiese estado por esa zona, le habría salido al encuentro”. Pero claro, le pregunté al míster cuando parecía que el tiempo estaba acabado que qué hacía, si me quedaba en mi sitio o iba detrás de mi par, de Hoeness, que parecía que se iba por la banda hacia el vestuario, y el míster me dijo que siguiera detrás de él. Es que cuando perdíamos la pelota teníamos que marcar como perros. Y claro, desde allí, cerca del córner, vi cómo el otro, en el mediocampo, le daba al balón y metía gol. Después el árbitro pitaba el final. Mi par pega un salto, yo me caigo donde el banderín y nos vamos a la caseta. En vez de como ahora, que se juega una prórroga y luego penaltis, pues ese año la UEFA quiere probar a jugar otro partido más. La UEFA con tal de ganar dinero… Así que nada, nos metieron un segundo partido y estábamos muertos. Yo no podía ni jugar. Salí y le dije al míster: “No puedo ni andar. Tengo el gemelo…”. Me fui a los dos minutos. Me cambiaron enseguida porque no podía ni andar.

Ese partido nos dejó marcados para toda la vida. Lo mismo que en Lisboa, lo mismo. Pero bueno, eso es el fútbol y hay que aceptarlo. Es una mala fecha, a mí el día de San Isidro no se me olvidará ya. Hay actos en la vida que no se te olvidan, fechas que se quedan marcadas. Luego ya, como triunfo del fútbol, pues para mí, aparte de los títulos que hayamos ganado, queda lo que yo he dado al Atlético, los partidos que yo he jugado. Eso es para mí lo más importante. Lo peor… pues esta final de Copa de Europa que hemos comentado.

P: Llega después la Intercontinental de ese mismo año 74. Perdéis el primer partido contra Independiente por 1-0 allí en Argentina, pero luego remontáis en la vuelta. ¿Qué usó el equipo como estímulo para el triunfo?

R: La final fue contra Independiente, que era el equipo de Argentina que entonces tenía más jugadores buenos y que lo ganaba todo en su país. Era el equipo. Fuimos allí y a mí me tocó marcar, como siempre, al jugador más fuerte. Me tocó el mejor jugador que tenía Independiente, que era Boccini. Él era el ‘10’ y como yo era el ‘4’ el míster me dijo que cuando atacaron ellos tenía que estar encima de él. Boccini hizo un buen partido pero, creo, no le dejé hacer de todo. Perdimos 1-0, llegamos aquí y la fe que teníamos en el equipo – habíamos hecho un campeonato de Europa muy bueno ese año, para mí el mejor desde que yo estaba – hizo posible este colofón frente a la desgracia de la final. También porque los alemanes se negaron a ir a Argentina.

Antes del partido de vuelta en Madrid, la semana previa, hablamos todos y acordamos que había que ganar como fuera. Cuando había que dejarse los machos, nos los dejábamos. Aunque yo creo que el jugador no tiene que atarse los machos un día, se los tiene que atar todos. Pero quizá, ese día, algunos de los jugadores no más representativos, sino menos trabajadores, estaban hirviendo. Teníamos todos la sangre hirviendo. Esa emoción que tiene uno, otro y otro, se va juntando y eso es, quizá, lo que nosotros sacamos ese día. La verdad es que ganamos 2-0 y ganamos bien. Como anécdota, me acuerdo de que Boccini se quejaba de que no le dejábamos ni respirar. Igual que a los brasileños, a los argentinos no les gustaba que les marcaran tan encima. Entonces, claro. Hoy en día… fíjate.

P: Ganáis entonces la Intercontinental del 74 sin haber ganado la Copa de Europa. ¿Os sentíais los reyes del mundo en ese momento o algo así como un monarca sin corona?

R: No, no. Yo el rey del mundo no me lo he considerado nunca ni creo que lo haga. Lo que sí fue, es un triunfo por aquella competición previa que habíamos hecho tan bien. Se necesitaba esa guinda o ese premio al esfuerzo de toda la temporada. Porque fue duro ese año. Recuerdo, en un mes, pasar dos veces por casa para cambiarte la ropa y no estar ni en ella. Hubo un mes que entre la Copa de Europa, la Liga y demás… Me acuerdo que resultó duro duro. Por eso la Intercontinental fue una especie de premio a esa temporada. Que el mal sabor de boca que nos dejó perder en la final la Copa de Europa nos lo paliase este trofeo al final.

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P: Abordamos ahora tu participación en la Selección española. Lo tuyo fue llegar y besar el santo. Debutaste ante Brasil en el Mundial de 1962 marcando gol. ¿Cómo recuerdas ese día?

R: Pues esta fecha, en junio del 62, no se me puede olvidar en la vida. Y eso que cuando ibas a una competición de este tipo, con 22 jugadores, desde España sabías que el equipo ya estaba hecho y que algunos teníamos pocas opciones de jugar, como, aparte de mí, Pachín, Etxeberria, Rodri, Peiró, Gracia, Vergés, Sadurní. Creíamos que no íbamos a jugar, pero claro, al llevarlo hecho desde aquí, vieron que el equipo estaba un poco mayor. No viejo, pero sí mayor. Y además faltó Di Stéfano, que estaba lesionado. Con él, seguramente el equipo hubiese ido a más, porque había jugadores como Puskas, Del Sol, Gento, Collar, Peiró, Suárez. Y en medio de todos eso yo. [Risas].

Perdimos el primer partido contra Checoslovaquia, ganamos el segundo contra México y, como siempre, el tercer partido era a cara o cruz. Pero qué pasaba: que el equipo no había no respondido. Sólo se había ganado a México con una jugada que se inventaron Gento y Peiró, que no había salido en el primer partido. Así que llegó la debacle contra Brasil. Me sacaron a mí, sacaron a Etxeberria, a Gracia, a Pachín… a todos los no habituales. Se intentó así probar con gente más joven, con más ilusión, con más ganas de correr, con más ganas de jugar y de comerse el campo. Yo salí como un flan. Es la primera vez que te pones la camiseta de España y, quieras o no, cuando oyes el himno, se te ponen los pelos de punta.

En aquel partido yo tenía que marcar a Zito, que era el medio organizador. En una jugada durante el primer tiempo robé la pelota, avancé y se la pasé a Puskas. Luego él me la aguantó un poco, llegué yo, me la dio a un lado y metí gol. La pera. ¡No te quiero ni contar cómo saltaba! ¡Me dijeron que hasta tocaron las campañas de la catedral de Badajoz! Llegó el segundo tiempo y Gracia, que había estado con Garrincha, se lesionó. Precisamente, una de las cosas que mejor habíamos hecho hasta ese momento fue marcar a Garrincha, que era quien formaba el taco en Brasil. Porque Gracia era un central del Barcelona muy pesado, muy pegajoso, pero justo antes del descanso le pegó un tironcito en la pierna. Lo que pasa es que entonces no había cambios. Helenio Herrera, en lugar de ponerle en otra posición, le mantuvo ahí. A partir de ese momento, como Gracia no le podía seguir, Garrincha se le empezó a marchar.

En esas estábamos cuando metí el segundo gol. Hacia atrás, de tijera. Pero, de repente, justo cuando el balón iba por el aire y estaba pasando por encima del portero, va el árbitro y anula la jugada. No sé si pitó falta, fuera de juego o qué, pero da la coincidencia que cinco minutos antes no nos había pitado un penalti que nos hicieron a nosotros. Todo porque el cabrón del brasileño que había cometido la falta, aprovechando que el árbitro no estaba cerca de la jugada, se salió del área grande y el árbitro lo dejó en libre directo. ¿Qué quiere decir esto? Pues que el árbitro estaba ‘tocado’. Lo digo ahora y lo he dicho siempre. Porque tú imagina que, aparte de ganar, voy yo y meto dos goles en mi debut con la selección española contra Brasil, que eran los campeones del mundo. ¡Me hago más famoso que Rajoy! Lo que pasa es que luego Garrincha hizo un par de jugadas, metió dos goles y perdimos. Y así fue mi debut en el Mundial de Chile. Lo que es el fútbol…

P: ¿Cómo recuerdas el triunfo y la celebración de la Eurocopa del 64?

R: La primera fase la jugué de interior derecho, pero me lesioné contra Rumanía. No sé por qué, pero las lesiones siempre me pillaban con la selección. La segunda fase empezó a jugar Pereda en mi lugar y ya lo siguió haciendo hasta la fase final. Celebrar, la verdad, no celebramos nada. Antes era diferente. Si ganabas la liga, pues sí, salías a cenar con las mujeres de los jugadores y con la directiva, pero ya está. En los partidos internacionales se solía hacer una cena con la dos selecciones y las dos directivas, se intercambiaban regalos, pero yo no fui porque estaba lesionado.

P: ¿Qué compañero o rival le ha impresionado más sobre el césped?

R: Hay muchos jugadores que me han llamado la atención. Di Stefano, Bobby Charlton, Maradona, Beckenbauer… Ahora están Messi o Cristiano Ronaldo, que hacen muchos goles… Pero a mí el que más me impresionó fue Pelé. Es el mejor jugador que yo he visto en toda mi vida. ¿Por qué? Muy sencillo. Él tenía todavía 17 años cuando fue campeón del mundo en Suecia y ya hacía unos goles y unas cosas en el área que yo no se las he visto hacer a nadie. Luego también me impresionó bastante Di Stefano, porque era un hombre que predicaba con el ejemplo. Lo que ocurre es que Alfredo ya había pasado esa primera fase de fuerza y juventud cuando llegó. Porque él vino a España con 26 o 27 años, ya consolidado como un jugador impresionante. Lo que te quiero decir es que los verdaderos fenómenos se cuentan con los dedos de una mano. Luego hay muchos jugadores que son muy buenos, pero no llegan a pasar ese límite que les convertiría en fenómenos. Esa pelota de la que te hablaba antes con Puskas se la vi hacer a Pelé en medio campo dejando atrás a dos rivales, luego dársela a Garrincha para que centrase, esprintar hasta llegar al área, rematar de cabeza y meter gol. Tú ibas a despejar pero él siempre saltaba más. Te pasaba por encima. Impresionante. Y no es cosa mía, ¿eh? Esto se lo he oído también jugadores tipo Griffa, que en su día tuvieron que marcarle.

P: ¿Quién es el entrenador que más le ha marcado en su carrera? ¿Con cuál tuviste mayor sintonía?

R: Aunque le estoy agradecido a todos, tengo un recuerdo especial para Ferdinand Daučík. Siempre le nombro porque fue quien me descubrió, me sacó del Badajoz y me llevó al Atlético de Madrid. Después, en mi segunda etapa, cuando estaba a punto de retirarme del fútbol, con 27 o 28 años, llegó Marcel Domingo. Un día de junio nos fuimos a Badajoz a jugar un amistoso del Trofeo de San Juan. Marcel estaba en esos momentos buscando un medio de ataque para la temporada. Como todavía no lo había encontrado, me puso a mí en esa posición. Yo jugaba de interior. Y dcuál es mi sorpresa que volvemos a Madrid y Domingo le dice al presidente: “No busques ningún medio de ataque, que ya lo he encontrado”. “¿Y quién es?”. “Adelardo”. Ellos me querían echar, así que se quedaron blancos. Desde entonces hasta que me retiré definitivamente estuve jugando de medio de ataque. Fue una etapa impresionante. Me hizo ganar tanto en nociones futbolísticas como en experiencia.

ATLETICO DE MADRID 70 ALFREDO/ARCHIVO MARCA | MARCA MARCEL DOMINGO (D) El entrenador del Atlético de Madrid (d) grita a sus jugadores desde el foso del banquillo.

P: ¿Qué opinión le merece la gestión de Vicente Calderón en sus dos etapas en el Atlético de Madrid? ¿Veía en él ese carisma que siempre tuvo Jesús Gil?

R:   Lo que tuvo Vicente Calderón es que su mandato coincidió con la etapa en que el club consiguió sus mayores éxitos. Siempre fue muy atlético, supervisor y una especie de padre para todos los jugadores. Piensa que yo sólo he tenido dos presidentes mientras estuve en el Atlético: don Javier Barroso, durante los primeros dos o tres años, y don Vicente, hasta que me retiré. ¿Que me hizo algunas cositas? Pues sí. Quiero pensar que, como era de la familia [Adelardo está casado con la hija mayor de Vicente Calderón], tampoco quería que la gente se pensara que me tenía en palmitas o que gozaba de un favor especial. En ese sentido, siempre fue un hombre muy recto y no le habría gustado que dijeran que Fulano o Mengano había entrado en el equipo por él. En cuanto a Jesús Gil, fue una cosa totalmente nueva. Nos trajo, sobre todo, fuerza y ganas de ganar. Le imprimió mucho carácter al equipo. A pesar de todos los entrenadores que tuvo al principio, de que a Ufarte le tuviera un par de meses y luego a Peiró otros dos, era capaz de estar en su casa a las 4 o 5 de la mañana y llamar al entrenador. Como no comía y dormía lo justo… Hubo alguno que no te imaginas cómo se ponía. La verdad es que le dio savia nueva al equipo. Una savia que el equipo llevaba años pidiendo. No olvidemos que ‘El Doblete’, que fue muy difícil, se logró durante su etapa. Y si se logró fue porque don Jesús se mojó y se implicó mucho con el club. Fichó jugadores y entrenadores y no paró hasta conseguir lo que quería.

18/10/2015

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