¡Qué pereza!

VicenteDelBosqueFIRMA DE IMANOL ECHEGARAY | Me invitaba Julián Carpintero a escribir aquí, en Falso 9, y me sorprendía por dos razones. La primera, el cómo voy a desentonar entre tanta espléndida firma; la segunda, porque me sugería escribir sobre la Selección española, mis impresiones y cómo veo todo este caos en el que se ha convertido cada parón internacional. ¿Que por qué me sorprende? Porque hace tiempo que desconecté de lo rojo. Al menos emocionalmente, que era la primera razón que me llevaba a ver un España-Luxemburgo con nervios. De un tiempo a esta parte, la nada. Llevo un año encasillado en mi idea de que portero y seleccionador deberían haberse marchado tras Brasil, y no salgo de ahí. Pero voy a intentar analizarlo desde las vertientes futbolística y sentimental. Igual hay personas que se suman a mi barco de la pereza.

Esta relación de desidia con la Selección española —por favor, dejen de llamarla ‘La Roja’, me rasgo las carnes cada vez que lo escucho— no viene dada por los malos resultados que llevan cosechando los chavales de Vicente desde que ganaran la Eurocopa en 2012. Eso es, quizá, lo de menos. Yo viví con pura pasión el escándalo de Corea y Japón, el ridículo en Portugal o la no jubilación de Zidane. Y siempre se perdía. Aunque tampoco me puedo esconder. Tras el maltrato social que sufrió Luis Aragonés por parte del 90 por ciento de España, mi relación con la Selección fue mucho más intensa. El sopapo que en 2008 les dio a todos fue histórico. Aquel grupo estaba comprometido. Allí no había jugadores del Real Madrid, del Barcelona o del Sevilla, sino que había internacionales que luchaban por España. Punto. Qué tiempos, ¿verdad?

Pero eso no se quedó con la marcha de Luis. En Sudáfrica ya estaba Vicente Del Bosque y mi fe seguía intacta. Qué manera de ir todos a una, de revertir una derrota en el primer partido. Cómo jugaron, cómo compitieron, qué carácter. Recuerdo, con el gol de Andrés Iniesta, cómo salí corriendo por la calle junto a un íntimo amigo. 100 metros por carretera que terminaron con los dos en el suelo abrazados y llorando. Él es más madridista que Santiago Bernabéu y yo sangro en rojiblanco. Si ahora nos juntamos a hablar de la Selección —que ya debemos tener un día rematadamente aburrido— discutiríamos sobre si Piqué se siente español o independentista.

Y es ahí donde empieza mi desconexión. No en Piqué y en lo que piense o deje de pensar. Hablo del circo en el que se ha convertido el fútbol, institucional y mediáticamente, de un tiempo a esta parte. Y eso ha sido tanto a nivel de Selección como de equipos. Todo, absolutamente todo, se ha transformado en una guerra. Y todo, absolutamente todo, es noticiable. Y a mí, por lo menos, en la carrera me enseñaron que para que un hecho sea noticia debe ser de absoluto y fundamental interés. Si los actuales grandes medios se rigen por eso y deciden que un vídeo de Dani Alves cantando es un hecho noticiable, entonces el problema lo tiene el consumidor. Pero dejemos esto, que me desvío.

La guerra Real Madrid-Barcelona fue el detonante. No voy a mentir ahora. No el que se pegaran, insultaran y escupieran entre ellos. No. Eso sirvió de comidilla para aquellos a los que les encanta hacer negocio de necedades. Yo hablo de cómo afectó a la Selección. Se agrandaron problemas absolutamente subsanables y se crearon otros tantos que ni tan siquiera existían. Y, entre medias, dos capitanes de la Selección que no podían llamarse por teléfono para arreglar las cosas. En ese momento nos volvimos locos. Los equipos se comieron a la Selección y ya no se veían jugadores, sino que se veían clubes de origen. Desapareció la unión y el ‘todos vamos a una’, y entonces apareció la pereza. Y, junto a todo esto, los malos resultados, los ridículos y los bostezos. Enciendo la televisión y no me veo representado. Y eso, a los seguidores del Atlético —que por fin tienen representación continua— les fastidia más que a cualquiera. Se veían más representados por los Raúl, Guardiola, Sergio Ramos o Busquets que por los Koke y Juanfran. Tremendo.

PiquéRamos

Pero aquí no termina esto. La parte sentimental es lo que antes te hace conectar con algo, pero en la Selección había algo más. Vicente Del Bosque, al que no le quito ni un mérito de todo lo que ha conseguido, nunca me ha sugerido ni una pizca de lo que sí hacía Luis Aragonés —o Clemente—. No ha conseguido conectarme a él. Supo llevar por el camino del éxito a los chicos que venían de 2008, pero se quedó en eso. Ni fue capaz de dar al equipo el carácter que, con el tiempo, fue perdiendo, ni ha podido dotar a la Selección de un relevo generacional que se fue pidiendo a gritos desde hace tiempo. Aunque en eso él no es el único culpable. Los jugadores actualmente seleccionables no invitan a hacer demasiadas probaturas. Pero es que esto es el fútbol. Pasa siempre.

Los Etxeita, San José o Nacho son sólo parches de emergencia ante un hueco que empieza a hacerse agujero negro a la espalda de Piqué y Sergio Ramos. Con la retirada de Puyol y la mentira de Albiol, la Selección ha ido adquiriendo tintes dramáticos en la línea en la que, históricamente, más problemas ha tenido. Y eso, con la baja de uno de los dos titulares, se acrecienta hasta límites oscurantistas. Como sucede con las marchas de Xavi y Xabi o la de David Villa. Una columna vertebral pluscuamperfecta que, rindiendo a un nivel tan exageradamente alto, deja a sus sucesores una papeleta incómoda e injusta. Punto y a parte sería que Vicente tratara de explicarnos el por qué jugadores como Munir o Juanmi han dejado de ir con la Selección. O, mejor dicho, por qué en algún momento fueron seleccionados.

Pero si algo falla en todo este bloque es la delantera. Desde el Torres-Villa al que tanto rédito sacó Luis Aragonés en 2008, no se recuerda a un delantero con la confianza plena del seleccionador. Si bien, David siguió siendo titular indiscutible en el Mundial de 2010 —donde, literalmente, se salió—, su baja en la Eurocopa de 2012 y su ya avanzada edad ocasionaron un problema mayúsculo para un Del Bosque que no ha sabido transmitir nunca su confianza a los delanteros con los que ha contado. Desde Fernando Torres a Paco Alcácer, pasando por Negredo, Soldado, Llorente, Diego Costa o el mismísimo Aduriz, que, a pesar de sus 34 años, está en el mejor momento de su carrera deportiva y merece el premio de la Selección de la misma manera que lo han tenido otros volátiles seleccionados.

Y, hablando de Diego Costa, ¿qué ha pasado? ¿Dónde ha ido esa confianza depositada en él? ¿Por qué se enfada con el hispano-brasileño cuando organiza alguna trifulca en algún partido? ¿No ha sido siempre así Diego? Algunos afirman con rotundidad que Diego Costa no se acopla al sistema de la Selección. Me hace gracia. ¿Qué sistema? ¿Fernando Llorente sí se acoplaba? Hace tiempo que las señas de identidad de este equipo, esas que maravillaron al mundo del fútbol, se evaporaron. No pasa nada, repito, es fútbol. El Brasil del 70 fue eso, el Brasil del 70. Nunca jugaron igual. El Barcelona de Pep se quedó en el Barcelona de Pep. La España que encadenó Eurocopa-Mundial-Eurocopa murió, y no pasa absolutamente nada. El fútbol es reinventarse. El fútbol es cambio. Atascarse en una idea sin tener los elementos que la fabricaron es perder el tiempo. Y España lleva tres años de retraso en comparación al resto de grandes selecciones.

Y a mí, entre pitos —qué aburrimiento de tema— y flautas, todo me desconecta. Hace falta un cambio. Y ese cambio empieza en el banquillo. Tengo que terminar, que me está sonando el teléfono e igual es Vicente Del Bosque.

Imanol Etxegaray es periodista colaborador de Perarnau Magazine y estoesatleti.es

11/10/2015

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