Goles contra los guiones

borja-bastonSERGIO DE LA CRUZ | Existen personas que nacen con un destino grabado a fuego, como parte de una producción en cadena de vidas predestinadas a encontrar un objetivo marcado desde antes de proferir el primer grito en la sala de un hospital. Y otras que se rebelan contra lo escrito en su pecho, que se sacuden de encima lo que se le había impuesto por tradición y se crean su propia historia. Ocurre con todo tipo de profesiones como telón de fondo: desde la albañilería hasta la medicina, pasando por los sexadores de pollos, elevados al estrellato por el eterno Luis Aragonés. El fútbol tampoco escapa a esta dicotomía, y menos en Eibar, donde tienen a un delantero que pertenece a la segunda categoría. Un tal Borja Bastón.

Hijo de portero, este corpachón de 1,84 comenzó cumpliendo la línea de la familia, como guardameta en las categorías inferiores del Atlético de Madrid. Todo encajaba, todo seguía de acuerdo con el guión establecido. Solo había un problema: el joven Borja se había equivocado de portería. Su propio padre, el que había marcado el referente, se dio cuenta del error y le empujó con solo cuatro años a mirar la meta de frente en vez de darle la espalda. Su papel estaba roto en mil pedazos: tocaba cambiar de personaje. Sabia decisión.

En los filiales del Atlético se hizo rápidamente un hueco, y a la vez que subía de nivel, el cartel de futuro delantero de relumbrón se le iba agarrando a las botas. Reventando registros goleadores, fue trepando por la difícil ladera de un club que tenía a un imberbe Fernando Torres como mito casi inexpugnable y con la extraña cualidad de saber fichar bien únicamente arietes. La Bota de Oro en el Mundial sub-17 de 2009 confirmaba que había un proyecto serio. Al año siguiente, Quique Sánchez Flores le hacía debutar tan solo tres días de devolver al Atlético al laurel europeo con el triunfo en la Europa League.

Un día de San Isidro, Borja saltaba al césped del Vicente Calderón, pero a los 21 minutos el ligamento cruzado anterior de su  rodilla izquierda crujió como un barquillo. La pompa estalló, el sueño llegaba a su fin, era el turno de dar un paseo por el infierno. Tras la recuperación, volvió al Atlético B, pero su instinto se quedó en la rehabilitación. Relegado inmediatamente al cajón de los juguetes rotos, no tardó en acumular cesiones en esa jungla sin piedad llamada Segunda División.

Su primer destino fue Murcia, lugar en el que asumió la responsabilidad del gol en un equipo recién ascendido. Un peso demasiado grande para un chaval de 19 años que acababa de dejar su hogar y que incluso tuvo que abandonar el césped de La Condomina en una ocasión a causa de la ansiedad que le producían sus fallos de cara a puerta. Su rodilla estaba a punto, pero su mente seguía en el dique seco. Encontró la cura en Huesca, ciudad en la que mejoró sus cifras, y lo más importante, sus sensaciones. El curso pasado recaló en un histórico como el Zaragoza, y volvió el killer de siempre. De nuevo, tomó las riendas y rompió el guión que le daba el papel de promesa fracasada.

En la ciudad del Ebro, se despojó de todos sus fantasmas y mostró de lo que era capaz aquel chico que despuntaba en el Cerro del Espino: 23 goles en 38 partidos, solo por detrás de Rubén Castro en la tabla de goleadores de Segunda. El destino quiso ser cruel, y una lesión muscular le alejó de la fase de promoción a Primera. Solo llegó a los 18 últimos minutos, en los que vivió de primera mano lo que significa quedarse a las puertas, con la remontada de Las Palmas para llevar a los canarios a la máxima categoría.

Con el verano llegó el momento de regresar al Manzanares, y expuso una condición a los dirigentes rojiblancos: jugar en Primera, el sitio del que le privó esa maldita lesión de rodilla. En ese momento se cruzó con el Eibar. Mendilibar se lo puso difícil, y apenas jugó 40 minutos en los cuatro primeros partidos de Liga. Al quinto, fue titular por primera vez y marcó un doblete en el campo del Levante. Contra el Celta repitió titularidad y anotó el tercero. En su cuarta cesión consecutiva, el cuarto gol no pudo ser más simbólico.

Solo dos meses y medio después de asistir al ascenso de Las Palmas y al fracaso de su Zaragoza, Borja regresó al Insular y se tomó su particular venganza con un golazo de volea a la media vuelta. Sin saberlo, el delantero entraba en la historia del Eibar como el primer jugador del club armero que anotaba en tres jornadas consecutivas de Liga. Ahora, al joven que se marchó del Calderón y del Atlético en camilla para no volver nunca más le toca seguir escribiendo la suya.

09/10/2015

Sergio De la Cruz es periodista y redactor de ‘elEconomista.es’.

 

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