Historia de un desamor

nuno-pensativo-mestallaFIRMA DE FÁTIMA MARTÍN | En el fútbol, el tiempo es más relativo que en la mayoría de los órdenes de la vida. Tres minutos de tiempo añadido pueden parecer eternos cuando un equipo va ganando por la mínima o insignificantes si se aspira a la remontada. Los cronómetros se ralentizan cuando se encajan humillantes goleadas. Una prórroga puede parecer una maratón o un ‘sprint’ dependiendo del desgaste de 11 futbolistas. ¿Y un año? Un año puede ser más que una vida. Si no que se lo pregunten a Nuno Espirito Santo. Hace 365 días comenzaba a latir con fuerza en el corazón de los che el ‘nunismo’, justo después de que su equipo triturara al Atlético campeón de Liga en Mestalla en 13 minutos huracanados. Al término de aquel 3-1, el valencianismo aclamaba a su recién estrenado técnico, que disfrutaba de los vítores desde el centro del campo con notable algarabía. Un año después, poco o nada queda de aquella pasión entre la hinchada y su míster, quien ya ha oído en dos ocasiones el “¡Nuno, vete ya!” coreado de forma mayoritaria en su propio feudo.

Lo del valencianismo con el entrenador portugués no fue amor a primera vista, pero casi. Su llegada a la entidad del Turia fue vista con recelo por la mayoría de la afición, puesto que provocó la discutida salida de Pizzi y fue la primera evidencia de que Peter Lim ya tenía mando en la plaza. Sin embargo, los resultados de un fantástico arranque liguero, la recuperación de alguna de las señas de identidad clásicas del equipo —defensa férrea, contraataque, competitividad sin complejos…— y, sobre todo, el discurso tribunero del luso no tardaron en calar. La hinchada se movilizó al amparo del eslogan corporativo “Junts tornem”. Tras años de letargo, llenó Mestalla y lo convirtió en un fortín del que pocos rivales sacaron puntos. La afición che viajó en masa a cada desplazamiento, llegando, en la última jornada de Liga, a silenciar a un Estadio de los Juegos Mediterráneos que se jugaba vida. Tal era el embeleso con el técnico que se le perdonó una bochornosa eliminación de Copa en segunda ronda y el mediocre final de campaña que puso en peligro el objetivo Champions.

El idilio comenzó a torcerse este verano. Peter Lim decidió dar un paso más en la instauración de su modelo de club amortizando la Dirección Deportiva del Valencia y provocando la dimisión de Rufete, Ayala y Salvo, tres hombres que contaban con el cariño incondicional de Mestalla. El movimiento fue interpretado por la afición como un movimiento de Nuno por ampliar su parcela de poder, algo que nadie se ocupó de desmentir oficial ni extraoficialmente. El técnico, situado en el ojo del huracán, no tardó en ser culpado de fichajes tan poco apasionantes sobre el papel como los de Aderllan Santos o Danilo Barbosa. El portugués parecía actuar como marioneta de Jorge Mendes, cuya figura despierta numerosos recelos en la ciudad del Turia, en vez de lo que es en realidad: un leal soldado de Meriton y Lim. Sólo hizo falta esperar al Trofeo Naranja para que el estadio tributara una sonora pitada al luso, preludio de lo que estaba por venir.

Como en toda historia de desamor, cuando la relación comienza a torcerse se ven como terribles defectos lo que antaño sólo eran pequeños vicios. La habitual soberbia de Nuno en rueda de prensa, la escasa vistosidad del juego de su equipo o su tendencia barraquera y conservadora enervaron los ánimos en una pretemporada de escaso lustre. La clasificación para la Champions League tras la eliminatoria con el Mónaco, única alegría del valencianismo desde que Alcácer marcara en Almería en la última jornada de la pasada Liga, apenas mitigó el malestar. El enfrentamiento verbal del entrenador con el mítico Mario Alberto Kempes añadió leña al fuego. Y los resultados, que todo lo tapan, tampoco llegaban. La sequía anotadora, las dudas en la zaga, las extrañas rotaciones, el bajón físico de los futbolistas y la plaga de lesiones musculares tienen al conjunto blanquinegro con  un escaso bagaje de nueve puntos en seis jornadas ante rivales asequibles antes de visitar San Mamés. Las constantes oportunidades de Nuno a Rodrigo frente a las racaneadas a Alcácer o De Paul, hombres muy queridos por la grada, amplían la herida. Y la dicotomía entre el canterano Jaume y un todavía desconocido Ryan, que no tardará en volver de su lesión, aparece en el horizonte como una nueva causa de divorcio.

El hermetismo del Valencia de Lim ha situado a Nuno como única cara visible del club y, por ende, como muñeco del pimpampum de todas las iras de Mestalla. La rueda de prensa de la presidenta Layhoon Chan, anunciando una ampliación de capital de 100 millones de euros por parte del máximo accionista del club para reducir la deuda, junto con las recientes victorias ante Granada y Lyon, han calmado las aguas. Sin embargo, no hay indicios de reconciliación definitiva. El conflicto se ha cerrado en falso y todo hace indicar que cualquier revés o mal resultado acabará en un nuevo desencuentro. Sólo el tiempo dirá si la ruptura entre entrenador y grada es definitiva o puede reconducirse el actual desencanto. Una moderación del discurso público del míster, un hombre de club que le sirviera de escudo y una mayor apertura de la entidad serían un buen cicatrizante. También una buena marcha del equipo en Liga o la clasificación para la siguiente ronda de Champions. Sin embargo, el Valencia existía antes y existirá después de Nuno. Será fundamental que la Administración Lim sea capaz de comprender a su afición -lo que ama, valora y exige a su club- y de limar las asperezas que comienzan a surgir antes de que el desamor no se convierta en un auténtico choque de civilizaciones.

Fátima Martín es periodista ex del diario MARCA y futmi.com

04/10/2015

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