Keylor Navas, el nuevo santo del Real Madrid

ahora--575x323FIRMA DE RAFAEL AZNAR | Los santos son una figura venerada en la religión, y no sólo en la cristiana, sino también en la futbolística. Durante muchos años, la iglesia del Bernabéu, alentada por el canto gregoriano de Manolo Lama, elevó a la categoría de divinidad a Iker Casillas, un ángel de la guardameta que, igual que hacía con los chuts deseosos de ser gol, siempre negó la evidencia. Ya saben, en lenguaje más castizo: “Yo no soy galáctico, yo soy de Móstoles”. Sin embargo, hasta los santos tienen fecha de caducidad y, cuando la fuente de los milagros se empezó a secar, muchos fieles, al estilo ‘nitzscheano’, optaron por matar a su dios. Puede que lo hicieran con razón —el rendimiento de Casillas en sus dos últimas temporadas en el club fue, como poco, cuestionable—, pero también sin razón —pitar hasta dejar sordo a uno de los mayores iconos de la historia del club es igual de cuestionable, desde luego, y mezquino—. Bien sabido es que la fe y la razón no se acaban de llevar del todo bien.

Cuando Casillas anunció que cambiaba el paraíso madrileño por Oporto —no caigan en la trampa de llamarlo Porto, que diría Laporta, valga la redundancia—, hubo quienes lloraron porque lo hacía por la puerta de atrás y quienes lo hicieron de alegría. Sin embargo, casi nadie soltó una lágrima por motivos deportivos, pues había un recambio de garantías para el puesto de santo salvador de goles. Tras un año de penuria en el banquillo, aliviada sólo por algunas titularidades de Pascuas a Ramos, Keylor Navas recibía la oportunidad que se merecía. El costarricense, católico ferviente, veía cómo sus plegarias eran escuchadas y pasaba a convertirse en el San Pedro del cielo madridista, todo un logro para alguien que, de niño, se hacía entrevistas a sí mismo, haciéndose pasar por futbolista del Real Madrid. Las llaves por las que tanto le preguntaba Andrés Montes a Julio Salinas debían de ser ésas.

El caso de Keylor es muy curioso, pues su irrupción fue tardía y humilde, aunque aún le queda un lustro al máximo nivel. Fue en la temporada 2013-14 cuando explotó, tras cuajar una temporada de altos vuelos en el Levante, apuntalada más tarde por un trabajo brillante en el Mundial de Brasil, donde comandó a su selección, la humilde Costa Rica, hasta los cuartos de final. El equipo tico hincó la rodilla frente a Holanda en la tanda de penaltis, sin haber perdido ni un solo encuentro en el tiempo reglamentario, y eso que compartió el grupo de la muerte con Italia, Inglaterra y Uruguay. Gran parte de la culpa la tuvo él, una persona tan creyente en dios como en el trabajo y el esfuerzo. El Real Madrid se fijó en él y se marcó uno de los chollos del verano. Acostumbrado a que le den sablazos hasta por mirar el escaparate, sólo tuvo que pagar la cláusula: 10 millones de euros, una bagatela si se comparan con las cantidades abonadas por otros fichajes.

Sin embargo, al club blanco le ha costado darse cuenta de lo que tenía entre manos: un felino de ese arte del ‘antifútbol’ que es el desvío de balones que van a gol. Si no, no se explica que se le quisiera dar boleto para sustituirlo por David de Gea, un portero que, si bien vale un potosí, también iba a costar un ídem, pese a acabar contrato. Keylor Navas llegó a estar en el aeropuerto de Barajas con el ánimo ya predispuesto a marcharse, pero la providencia en la que tanto cree le sonrió en el tiempo de descuento, cuando Real Madrid y Manchester United se marcaron una chapuza digna de Pepe Gotera y Otilio. Desde entonces, pasado el susto, de dimensiones bíblicas, el costarricense se ha convertido en señor y dueño de las puertas del cielo de Madrid, y a punto estuvo de batir el récord de imbatibilidad en Liga de su club. “Dios me ha dado esta oportunidad y no pienso desaprovecharla”, dijo hace unos días en la Cadena Cope, la radio católica. Ojalá se haga su voluntad, así en el césped como en el cielo.

27/09/2015

Rafael Aznar es periodista de Hobby Consolas y ex del diario MARCA.

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