La penúltima parada de Guidetti

guidetti-celtaSERGIO DE LA CRUZ | La estampa es curiosa como pocas: entre un ejército de niños tostados por el sol inmisericorde de Nairobi, una melena rubia platino y un torso color de leche tan en discordancia que parece introducida con Photoshop. Se trataba de un jovencísimo John Guidetti, que por aquel entonces ya prolongaba su idilio con el fútbol. Y, lo que es más importante, con Kenia.

Con diez años, este sueco de Estocolmo llegaba por segunda vez al país africano, donde su padre ejercía como profesor y ya había trasladado a la familia por unos meses cuando el pequeño John tenía sólo tres años. Fueron las calles sin asfaltar del suburbio de Kibera —con el difícil mérito de ser uno de los barrios más pobres de la capital keniana— las que forjaron una personalidad de múltiples aristas, entre el espectáculo y la arrolladora sinceridad, el desparpajo y la ferviente religiosidad, que apenas hace unos meses llegó al Celta de Vigo envuelta en un corpachón de 185 centímetros. Uno de los futbolistas más fascinantes de la Liga lucha que por hacerse un hueco en Balaídos.

No supone para Guidetti un problema esta pelea por disputarle un hueco al héroe local Iago Aspas o a la estrella Nolito: gran parte de su vida se ha basado en hacer de la brega su credo diario. Desde su estancia en Kenia, cuando aprendió de sus compañeros de pachangas que el mayor premio que podía recibir un ser humano era despertarse y seguir vivo cada mañana, tal y como le mostró la muerte del capitán de su equipo de fútbol, que se ahogó con su hermano en una piscina “de ricos”.

Guidetti pasó unos años inolvidables en África. Fundó junto a su padre un equipo de fútbol en el que mamó lo que es la realidad a pie de calle de muchos chavales de su edad —“allí no tenían pasaporte”, diría tiempo después— que tuvieron la desgracia de nacer a miles de kilómetros de las comodidades occidentales. Cada día se convirtió en una lección de cómo salir adelante pese a las adversidades que impone el entorno, un aprendizaje para lo que le esperaba de vuelta a Europa.

Guidetti

Ya en Suecia, se dedicó con ahínco a la tarea de convertirse en jugador profesional. En un país poco acostumbrado a las exhibiciones abiertas de amor propio, el adolescente Guidetti declaraba a propios y a extraños lo que se proponía hacer: ser el mejor. Consiguió destacar en el Brommapojkarna —equipo en el que jugaba antes de ir a Kenia y que le ayudó con botas, balones y camisetas cuando quiso fundar un filial en el país— y pronto comenzó a tener novias por toda Europa. El Manchester City se llevó el premio.

En la ciudad inglesa comenzó la verdadera lucha. Manchester no podía ser más distinto de lo que vivió en tierras keniatas: sin amistades, bajo la tiranía del implacable método de trabajo de Sven-Göran Eriksson, Guidetti fue cincelando las piernas, asimilando conceptos y dando muestras de su genuina alegría, con clara ascendencia africana: era frecuente ver al joven sueco ser víctima o autor de bromas, cantar en los videoclips del club con aire cómico o, incluso, acabar en dentro de la piscina de un hotel en mitad de una entrevista.

En los ocho años en los que perteneció al City, solo jugó 90 minutos con el primer equipo, por lo que no tardó en circular a su alrededor la leyenda de eterna promesa incumplida del fútbol sueco. Burnley, Feyenoord, Stoke City y Celtic fueron sus destinos, siempre fuera del Etihad. Con el equipo holandés tuvo por fin una temporada soñada, con 20 tantos en 23 encuentros. Pero tras el día de su cumpleaños, empezó a vomitar y a sentirse indispuesto. Koeman, entrenador del equipo holandés por aquel entonces, pensaba que traía una resaca de caballo, pero nada más lejos de la realidad: los anticuerpos que había generado su organismo por una infección estomacal afectó a su sistema nervioso, algo que le sucede a uno entre diez millones de personas. Su pierna derecha fue la más afectada, y estuvo un año y medio en el dique seco. Ya daba igual que Mancini le quisiera en el City para cuando terminara su cesión en Holanda, pues había que parar.

En 2014 llegó al Stoke, pero la resurrección vendría seis meses después en el Celtic de Glasgow, con el que marcó 15 goles y ganó Liga y Copa. Enchufado tras su paso por el fútbol escocés, fue el máximo referente de la sub-21 sueca, con la que ganó el Europeo hace unos meses. En el mejor momento de su carrera, soltó amarras con el City y se concentró en buscar equipo. Le convenció el Celta, después de pasar un día entero viendo la ciudad y las instalaciones.

Como en los bares, su parada en Vigo es la penúltima. Para los viajeros como él, siempre lo es, pero este rubio nórdico de sonrisa fácil sabe cuál será el final de su largo viaje: la vuelta a Kenia. Allí quiere pasar el resto de sus días. Además, tiene pensado abrir una floristería para regalarle flores a todos los que dudaron de él. En su brazo derecho tiene tatuada una frase, fruto de esa lesión que le condicionó la carrera: ‘Todos lloraremos, pero las lágrimas se secarán y nos haremos más fuertes’. Es un aviso: a Guidetti ya se le han secado las lágrimas.

20/09/2015

Sergio De la Cruz es periodista y redactor de ‘elEconomista.es’.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s