Vermaelen, ‘El Deseado’

BARCELONA, 05-08-2015. Camp Nou Stadium, Joan Gamper Trophy. 2015 / 2016. Barcelona - Roma. Thomas Vermaelen of Barcelona.

SERGIO MENÉNDEZ | Quienes asistieron al estadio no terminaban de creérselo. Se miraban unos a otros confusos, tratando de hallar una explicación a lo que acababa de suceder, desconcertados. Los más avispados se echaron la mano a los bolsillos, extrajeron el móvil  y lo inmortalizaron con sus cámaras. De confirmarse que, efectivamente, era el dorsal ’23’ el que en esos instantes recibía sobre el césped las felicitaciones de sus compañeros, definitivamente estaban ante la imagen de la jornada. Puede incluso que se tratase del acontecimiento de la temporada. Ni los infelices de National Geographic tendrían la oportunidad de retratar algo tan excepcional a lo largo de sus miserables vidas. Las dudas tardaría en disiparse tan sólo unos segundos. Quizás alguno más que de costumbre. Seguramente al responsable de subir los goles al marcador también le costó asimilar lo ocurrido.

Menos mal que lo de anunciar los tantos por megafonía no arraigó nunca en el Camp Nou. De lo contrario, Manel Vich, speaker del Barcelona desde los tiempos de Kubala, un caballero que tuvo que aprender a pronunciar “Johan Cruyff”, hubiese encontrado serias dificultades para articular correctamente el nombre del principal artífice de la victoria de los hombres de Luis Enrique el pasado sábado frente al Málaga. Ya le costó anunciarle cuando el club le deslizó la alineación titular. Normal, por otro lado. La falta de costumbre. Hasta el mes de mayo tuvieron que esperar en el club la temporada anterior para incluirle en una convocatoria. “Jugador de rendimiento inmediato”, según le calificó el día de su presentación Andoni Zubizarreta, que disfrutó del gran hito futbolístico del fin de semana desde el sofá de su casa mientras acariciaba entre las orejas a su gato persa. No había terminado de rebasar el esférico la línea de gol y las comisuras de sus labios empezaron a esgrimir una mueca de superioridad que fue tornándose poco a poco en el vivo retrato de la chifladura. Una expresión que matizó por completo cuando estalló a reír a carcajadas que sonaron tan nerviosas, graves y terroríficas como las de los villanos de las películas. La reacción de Thomas Vermaelen, para desgracia del ex director deportivo del Barcelona, obligado a dimitir de su cargo (entre otros motivos) por su falta de criterio a la hora de acometer el fichaje de un central de garantías, llegaba con un año de retraso.

Lo celebró con rabia el belga, que después de más de una hora de asedio por parte de su equipo al arco defendido por Kameni, aprovechó otro rechace del portero camerunés a un pase paralelo a la línea de fondo Luis Suárez desde la izquierda y empalmó el balón en el punto de penalti con una sensacional volea que se coló entre una maraña de jugadores por el centro de la portería, directamente al fondo de la red. Pasaba por ahí Vermaelen, tan callado como de costumbre, sin hacer apenas ruido, y, como el que no quiere la cosa, resolvió un encuentro que ni los primeros espadas del equipo habían sido capaces de desatascar hasta el momento. Messi, Neymar, Iniesta o el propio Luis Suárez, ninguno mostró el acierto suficiente a la hora de derribar el muro que Kameni erigió en su persona frente a la portería. El futbolista que más cerca había estado de conseguirlo fue, precisamente, su pareja en el eje de la zaga el otro día: Mascherano, que en una llegada desde atrás durante el primer tiempo hizo impactar el balón contra el larguero.

Apretó los dientes y cerró el puño con fuerza el defensa mientras se giraba a festejarlo con los compañeros que acudieron a arroparle. Nada que ver con su gesto después de que el corrillo se disolviese. Las cámaras de televisión nos mostraron entonces a un Vermaelen que se retiraba de vuelta a su demarcación resoplando con alivio por el peso que se acababa de quitar de encima. Lo hizo no sin antes lanzar una lacónica mirada a la portería recién perforada, los ojos vidriosos de nostalgia. Por fin volvía a ver puerta.

“No sé cómo se celebran los goles”, reconoció el belga en zona mixta. Mil lunas habían transcurrido desde su última diana con la camiseta del Arsenal. Fue el 11 de diciembre de 2012, en un partido contra el Wimbledon de Vinnie Jones, tras un doblete de Ian Wright, el día en que los ‘gunners’ firmaron su contrato de esponsorización con JVC. Y ahora mírale. En cuatro meses ha logrado lo que no fue capaz de conseguir en una temporada donde la lesión de rodilla que se trajo de Londres, las recaídas, las sesiones de trabajo específico y los entrenamientos en solitario prolongaron ese rendimiento inmediato del que tanto se vanagloriaba ‘Zubi’. En un tiempo récord, Vermaelen ha abandonado su asiento en la grada, se ha vuelto ver en una lista de convocados, ha disfrutado de minutos y ha partido desde el inicio en un once, como ya hizo en San Mamés tanto en el encuentro de ida de la Supercopa de España como en la primera jornada de Liga. Ha pasado de ser la versión a rayas azules y rojas de Jonathan Woodgate a suponer un dolor de cabeza menos para Luis Enrique, que quizás haya encontrado en él una alternativa seria a Bartra como complemento de Piqué, lo que le permitiría volver a ubicar a Mascherano en la medular y hacer lo propio con Mathieu en el lateral izquierdo.

¿Y qué si James hizo un gol de chilena contra el Betis? ¡Thomas ya está aquí! ¡Y eso es lo que realmente importa! Atrás dejamos a Vermaelen, ‘El Hechizado’. Larga vida a Vermaelen, ‘El Deseado’.

31/08/2015

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