Miedo

54f323a4454c9FIRMA DE FÁTIMA MARTÍN | Pupilas dilatadas, ojos abiertos de par en par, ceño fruncido, cejas arqueadas y labios tensos. Sudores fríos, palpitaciones, temblores, visión borrosa, vértigo, hormigueo, dolor de pecho, ardor de estómago, respiración entrecortada, náuseas… En definitiva: miedo. Un instinto primitivo que nos alerta de un peligro inminente y que activa nuestro cuerpo para enfrentar el daño o huir del riesgo. Un huracán de adrenalina que, llevado al extremo del pánico, es capaz de colapsar el organismo, paralizarlo e impedir toda reacción. Básico para la supervivencia de cualquier animal, el miedo es inevitable y común a todo ser humano. El valiente y el cobarde. El fuerte y el débil. El hombre y el niño. La estrella y el estrellado.

Illarramendi nunca sintió miedo en su casa, en la Real Sociedad. Cuando era un indiscutible en el ‘Sanse’, Philippe Montanier detectó su talento y comenzó a darle oportunidades en el primer equipo paulatinamente. Su buen rendimiento y la marcha de Diego Rivas le abrieron las puertas de la titularidad en 2012. Y nadie recordó que sólo tenía 21 años. Rodeado de por su cuadrilla de Zubieta —Íñigo Martínez, Cadamuro, Griezmann…—, se convirtió en el faro txuri-urdin’ con naturalidad y desparpajo, como si no existiera un salto cualitativo entre Segunda B y la Liga BBVA. Enamoró a propios y extraños haciendo sencillo lo difícil,  con un fútbol claro, templanza, posicionamiento, llegada y un ritmo de martillo pilón. Capaz de abrir espacios cerrados y de recuperar esféricos imposibles, la grada de Anoeta se deleitó con la elegancia de sus movimientos y la limpieza de todas sus ejecuciones. Con su luz, la Real volvió a la Champions casi una década después. Los técnicos de la Federación, con la que ya había sido subcampeón del Mundial sub-17 en Corea, tomaron buena nota de su temporada y le confiaron el liderazgo de la sub-21 de cara al Europeo de 2013, último título logrado por las categorías inferiores de la Selección.

Su brillante campaña no tardó en llamar la atención de clubes como Athletic o United, pero fue el Real Madrid quien se llevó el gato al agua tras años llamando a las oficinas ‘txuri-urdines’ para incorporarle a ‘La Fábrica’. Los 40 millones de euros de su traspaso situaban a Illarra como el sexto español más caro de la historia y corrieron ríos de tinta acerca del acierto de Florentino Pérez al fichar al sustituto de Xabi Alonso antes del ocaso definitivo del tolosarra. Y las expectativas no dejaban de crecer. Pero Asier nunca fue Xabi porque nunca fue un mediocentro defensivo ortodoxo, sino un centrocampista dinámico —-con un hombre por detrás, en paralelo o con dos por delante— necesitado de confianza y libertad para poner su extraordinaria resistencia física al servicio de la destrucción y la elaboración de juego. Pero el miedo no tardó en someterle. Miedo a equivocarse, a decepcionar. Miedo a errar un pase, a no llegar a un cruce, a ser sobrepasado por el rival. Miedo a la crítica, al murmullo de la grada, al rechazo. Miedo a competir y a jugar, que era su vida. Bloqueado, atenazado y empequeñecido, perdió su luz. Se convirtió en un pivote tosco, de movimientos torpes e incapaz de filtrar un pase. Ni siquiera el tacto con el que Ancelotti trató de dosificarle desterró el temor. La peor caricatura de sí mismo llegaría en cuartos de Champions ante el Borussia Dortmund, cuando el vasco devolvió mal un balón a su defensa y permitió que Reus se le anticipara para anotar el 2-0 que inyectaba el pánico a la afición blanca. Ese gol fue su cruz, una imagen de la que nunca conseguiría reponerse.

Se suele pensar en los deportistas de alta competición como superhombres capaces de todo e insensibles al miedo, pero sus mentes viven siempre en un complejo equilibrio entre el rendimiento y la presión. Explicaba Ernesto Valverde, en una entrevista con Enric González, que “hay tendencia a creer que los jugadores de fútbol somos todos unos zoquetes, que no han leído un periódico en su vida… El jugador habla de fútbol porque es de lo que sabe. Al jugador de fútbol se le exige que con 20 años sepa manejar circunstancias excepcionales, que hable en público, aguantar al entrenador, saber manejar a la prensa, no creerse Dios porque la gente te grite porque has metido dos goles, tener esa dosis de autoestima para no hundirte cuando fallas… Cuando tienes 25 años has vivido un montón de cosas que otra persona quizá no viva en 40 o 45. El fútbol es un curso acelerado de la vida real. En un año te han subido arriba y bajado a lo más profundo, uno te ha engañado, te ha robado dinero, te has comprado un coche y te van llamando gilipollas por la calle”. Un cúmulo de circunstancias que no todos son capaces de gestionar a la primera. Illarramendi abandona ahora el Real Madrid y vuelve a la calidez de casa para reencontrar a aquel Asier lúcido y sin miedo que el fútbol tanto echa en falta.

Fátima Martín es periodista ex del diario MARCA y futmi.com

30/08/2015

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