Capitalismo salvaje

ÁLVARO MÉNDEZ | A simple vista, choca. Muy pocos entienden cómo el Manchester City ha sido capaz de pagar a tocateja unos 69 millones de euros por la gran promesa —otra más— del fútbol inglés que es el veloz extremo Raheem Sterling. Para muchos, una apuesta de futuro por un jugador de tan solo 20 años que apunta muy alto por su endiablada velocidad, su capacidad de regate, su portentosa zurda y su innata habilidad para sorprender a la zaga rival. Para tantos otros, un exceso económico sin precedentes por un jugador de banda sin más, que no ha sido capaz de superar la barrera de los diez tantos en la Premier, con poca experiencia en competiciones europeas y que corre el riesgo de verse superado por las propias expectativas que su multimillonaria llegada al Etihad Stadium ha generado.

Pero la cifra sigue chirriando: 69 millones de euros. Un valor que, por ejemplo, supera los 62 que costó la traición de Luís Figo al Barça y que se acerca peligrosamente a los 75 que el Real Madrid puso encima de la mesa para traer a Zinedine Zidane. Y es que las comparaciones con los grandes desembolsos económicos que se han hecho en la historia del mundo son odiosas. Ahora bien, no es tan fácil llevarlas a cabo con precisión.

“No menosprecies cinco centavos. Con cinco centavos te tomas una empanada, un café, un trozo de tarta o ves un corto. Y aún te sobra para tomar el trolebús desde el parque Battery hasta el campo de polo”, le decía un optimista Sr. Burns a Lisa Simpson en una escena que explica a la perfección esta dinámica temporal de la inflación monetaria. Evidentemente el dinero se devalúa con el paso de los años y no vale lo mismo que hace décadas, por lo que hay que aplicar la variación del IPC a las cifras oficiales de los traspasos para conocer cuál sería su valor real hoy en día.

En 1984, el Napoli se hacía con Diego Armando Maradona por 5 millones de libras —que se corresponderían con unos 22 millones de euros actuales—. Y, teóricamente, era el mejor jugador de la época. Seis años después, Roberto Baggio dejaba la Fiorentina para unirse a la Juventus en lo que fue el traspaso más caro hasta la fecha. La operación se cifró en 8 millones de libras —al cambio con la actualidad, unos 25 millones de euros. Alan Shearer llegó al Newcastle por 15 millones de libras —unos 39 millones de euros a día de hoy—. Y quienes empezaron a inflar ligeramente el coste de los fichajes fueron los brasileños Ronaldo, Rivaldo y Denílson quienes, si aplicamos la variación del IPC, tuvieron un valor cercano a los 50 millones de euros actuales.

Aun así, la diferencia entre lo que ocurría a finales de los ochenta y los noventa en comparación con la actualidad es sorprendente. Incluso teniendo en cuenta que el fútbol es un deporte que hace de la hipérbole y la desproporcionalidad su rasgo diferencial, el valor de los jugadores se ajustaba a algunos criterios racionales antes de que Florentino Pérez, los jeques árabes y los oligarcas rusos entraran en escena y fagocitaran el mercado balompédico. Pero la dinámica ultracapitalista en que se ha encajonado el deporte rey hoy es totalmente novedosa. Máxime cuando el mundo todavía sufre la resaca —y algunas partes aún la borrachera— de una de las crisis económicas más salvajes de la historia reciente.

Los 94 millones del traspaso de Cristiano, los 91 del fichaje de Bale, los 100 —por poner un número— del affaire Neymar y los 69 de Sterling ponen de relieve un panorama futbolístico en el que el dinero campa a sus anchas convirtiendo a los equipos en verdaderas multinacionales. Más que resultados, el beneficio económico prima sobre lo estrictamente deportivo y los jugadores se intercambian y reponen como piezas de un engranaje suficientemente decorado para irse de gira a China o a Norteamérica. Y, como daños colaterales, aquellas figuras míticas como los ‘one-club man’ acaban desapareciendo llevándose al olvido los valores de la fidelidad, la confianza y la entrega, tan preciados antaño y tan prescindibles actualmente. Nuestros mayores dirían frunciendo el ceño que “todo esto no está bien”. Pero, al final, todo lo que cabe en la esfera de la ética y la moral no es sujeto del mercado. No es negociable ni rentable. Y, desafortunadamente, prescindible.

18/08/2015

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s