Demolición

processÁLVARO MÉNDEZ | Entre fichajes de verano, amistosos de pretemporada y giras mundiales se ha colado en este descanso estival una imagen que, tal y como reza el popular dicho, vale más que mil palabras. El Estadio de Ramadi era, hasta que el Estado Islámico así lo quiso, un revolucionario proyecto arquitectónico y deportivo que pretendía modernizar el corazón de Irak. El complejo contaba ya con un babilónico coliseo olímpico inacabado con capacidad para 30.000 personas junto al cual se iba a crear una auténtica ciudad para el atletismo, pistas de entrenamiento y hoteles.

El Ramadi FC, uno de los clásicos equipos del país que en 2012 logró el tercer puesto en el campeonato liguero, ya disputaba en su interior sus encuentros como local. Y soñaba con lo que estaba por venir. Sin embargo, el fanatismo islamista que se ha hecho dueño y señor de Mesopotamia ha acabado de un plumazo con toda esperanza deportiva. Y es que la tierra fértil a orillas del Tigris y del Éufrates que un día fue la cuna de la civilización parece haberse convertido en el cementerio de la misma.

Hace poco más de una semana, el Estado Islámico dinamitó el fabuloso estadio con la ayuda de unas 3,5 toneladas de explosivos en su retirada de las afueras de la ciudad, cuando el ejército iraquí se disponía a utilizarlo como cuartel general en sus operaciones en la zona. Docenas de cadáveres de los militares patrios se encontraron entre los escombros tras semejante acto de brutalidad integrista.

Evidentemente, la destrucción del estadio se puede evaluar como una ofensiva táctica en pleno conflicto armado. No obstante, la importancia propagandística que los propios terroristas le han dado hace pensar que se trata directamente de una declaración de intenciones. Al infiel se le conoce por sus prácticas y sus aficiones. Al fin y al cabo, el Olímpico de Ramadi era el símbolo del Irak próspero que se estaba intentando levantar después de sufrir tres grandes guerras en los últimos treinta años.

No tiene otra explicación. El fútbol, al igual que Hollywood, el rock, el ocio o el deporte en general, forma parte de esa cultura occidental moralmente enferma y decadente a ojos del extremista que el Estado Islámico aspira a eliminar. No es solo un estadio. Es la demolición simbólica de una civilización, la nuestra, que integra unos valores de igualdad, democracia y libertad que chocan directamente con su visión integrista y totalitaria de la vida. Un todo o nada al que, por desgracia, aun no se sabe responder.

28/07/2015

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