Balada triste de trompeta

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SERGIO MENÉNDEZ | “Compañeros, antes de nada quiero agradecerles a todos por lo bien que me trataron estos meses que me tocó estar con ustedes. Lo pasé muy bien siendo parte de un grupo de personas fantástico. Intenté todo para poder estar físicamente a la altura de ustedes. No me dio. Ayer me comunicaron que no voy a estar en la lista de la Copa. Y lo entiendo. No quiero ocupar un lugar que seguramente es para otros muchachos. Por eso decidí dejar de jugar profesionalmente. Los voy a estar alentando desde fuera. Espero que consigan todo lo que se merecen. Un día de estos paso a saludarlos y agradecerles personalmente cómo me trataron. ¡Grandes abrazos para todos!”.

Sirva la letra de la canción de Raphael y la adaptación cinematográfica que Álex de la Iglesia hizo de ella para ilustrar el caso de Pablo Aimar y su proceso de transformación de payaso alegre a payaso triste. Un cambio que se completa ahora que el jugador se ha decidido a abandonar la profesión. Lo hizo hace solamente unas horas a través de un mensaje que el cordobés dirigió a sus compañeros de vestuario en River Plate, su club de toda la vida. Donde todo empezó. Donde volvió a finales de 2014 en un intento desesperado por recuperar viejas sensaciones con la pelota.

Unas sensaciones que El Payaso’, como le apodaron por sus habilidad para divertir a los espectadores, se negaba a dar por perdidas para siempre, pese a que su llegada se producía tras una larga temporada de inactividad en lo que parecía una retirada en vida en Malasia. El propio Tunku Ismail Ibni Sultan Ibrahim, presidente del Johor Darul Takzim, comunicaba a través del perfil oficial del club en Facebook en abril del año pasado, recién cumplidos siete meses de su aterrizaje en el país asiático, que el argentino causaba baja debido a las lesiones. Un lastre que supuso el principio del fin de la sonrisa del jugador, que nunca llegaría a rentabilizar la inversión que su nuevo equipo había realizado a la hora de hacerse con sus servicios. Apenas siete partidos jugados y sólo dos goles anotados. Y bien sabida es la poca paciencia de los príncipes de Malasia.

Quiso entonces la suerte que Enzo Francescoli, el único ‘príncipe millonario’ válido en el fútbol, que entonces ocupaba la secretaría técnica de River Plate, se empeñase en devolver la confianza a Pablo Aimar. Y lo cierto es que había motivos que invitaban a pensar en que sería posible conseguirlo. Dejando a un lado el estado de su pie derecho, al hecho de que el cordobés fuese un viejo canterano del club y la inyección de moral que supone salir a la cancha defendiendo los colores de la infancia, se sumaba la feliz coincidencia de que el plantel se encontraba en esos momentos a las órdenes de Ramón Díaz, el hombre que en 1996 hizo debutar a ‘Pablito’ en primera división como jugador franjirrojo. De hecho, tanto Francescoli, que afrontaba sus últimos minutos de su carrera, como el propio Aimar se proclamaron esa temporada campeones absolutos de Liga y Copa Libertadores de la mano de ‘El Pelado’.

Poco o nada ayudaron, en cambio, la ilusión con que se contagió el ‘gallinero’ a la vuelta del hijo pródigo o su paso por el quirófano para someterse a la tercera cirugía de tobillo. Esa sonrisa tímida que esbozaron sus labios cuando el pasado 31 de mayo saltó nuevamente al césped del Monumental en sustitución de Leonardo Pisculichi para disputar los minutos finales del encuentro que les enfrentaba a Rosario Central fue sólo un espejismo. El jugador, que ya había especulado públicamente con la posibilidad de despedirse para siempre del fútbol profesional si no recobraba la forma después de la intervención, ha decidido colgar definitivamente las botas después de quedarse fuera de convocatoria de Marcelo Gallardo para disputar las semifinales de la Libertadores ante Guaraní. A sus 35 años de edad, el único jugador del mundo por el que Maradona pagaría una entrada a un estadio, según llegó a reconocer en su día ‘ El Pelusa’, se deja de caños y paredes. Ídolo en River, ValenciaZaragoza y Benfica, ojito derecho de Marcelo Bielsa, este payaso al que Menotti comparaba con Laudrup, antaño alegre y risueño, pone fin a su función derrotado física y moralmente, al igual que Raphael disfrazado de clon, entonando la triste balada de trompeta que hoy le dedica a ese pasado que murió. Y que gime. Y que llora.

16/07/2015

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