Sentimiento

SergioAraujoFIRMA DE SHARK GUTIÉRREZ | Los domingos son una especie de liturgia para todo aquel que es aficionado al fútbol: el día anterior preparas los pantalones, la ropa interior y las zapatillas de deporte que vas a llevar, porque la camiseta y la bufanda ya forman parte de tu cuerpo, corazón y mente. Algunos, los más planificados, dejan preparado su tupper, con comida generalmente fresca y guardada en la nevera el día anterior. ‘Total, con la gente que vamos a ir, esto se calienta en un momento… O no’, debes pensar. Por la mañana, desde bien temprano, el padre y la madre desayunan porras y churros; al lado, una botella de plástico llena de chocolate caliente, algo de azúcar y el periódico regional como prolegómenos del encuentro. Ese es el ritual. Levantarse temprano para desayunar, preparar las cosas para la tarde que te espera y salir hacia el estadio hacia las 14.30 horas, aproximadamente, para encontrarte con tus amigos de siempre, los de la peña, y tomarte un cortado o un leche y leche antes de enrolarte entre la multitud. Así descrito, da la sensación de que un aficionado parece —casi— un soldado más de los miles que se inscriben para luchar por la patria en cualquiera de las películas americanas cargadas de querencia por la nación a la que pertenecen.

Por eso, una norma tan sagrada en las miles y miles de casas que proporcionan ‘soldados’ con colores amarillo y se rompió en muchos de los hogares de Gran Canaria un 5 de mayo de 2002: se jugaba el descenso contra el vecino de enfrente. El lleno en el Insular y el nublado atardecer que caía sobre la capital de la isla redonda —acompañado de un sol poniente que se adivinaba sobre las sombras del estadio grancanario hacia las 19.00 horas— no hacían presagiar nada bueno. Los nervios caldeaban el ambiente. ‘La vela chica’ navegaba por las aguas turbulentas del descenso, mientras que el Tenerife, su rival de siempre, de toda la vida y al que por segunda —y última vez en la historia, hasta el momento— se encontraban las caras en Primera división, estaba virtualmente descendido con una derrota. La Unión necesitaba ganar para salir del pozo y llegar con opciones reales a la última jornada. Arrancó el partido con las cámaras de la televisión privada como testigo. Y Las Palmas no conseguía hilar jugadas ante un defensivo Tenerife; es más, el conjunto tinerfeño tuvo las ocasiones más importantes de la primera mitad. Tanto Álvaro como Orlando Quintana se salvaron de un remate del argentino Marioni gracias al experimentado —e infausto, económicamente hablando— Schürrer. Sobre la media hora de juego se mascó la tragedia, pues un envío en largo de Julio Iglesias lo peinó Bichi’ Fuertes para que Marioni metiera el pie ante la salida del arquero gran canario y la debilidad del defensa brasileño. Un 0-1 que, a la postre, sería imposible de remontar para los amarillos.

LasPalmas

Ese día acabó siendo de un recuerdo inolvidable —por lo malo— para Las Palmas, ya que el Insular no volvería a ver fútbol de Primera división. Algo se apagó en los corazones de los aficionados aquella tarde, un giro que cambió esa maravillosa rutina con los colores azul y amarillo. Los focos se apagaron y, por extensión, un ciclo en la historia grancanaria, puesto que el Insular sería clausurado en 2003 y la Unión descendería un par de años después a Segunda B, acuciado por las deudas y al borde de la desaparición. Ocho años después, en 2014, ocurriría justamente todo lo contrario: el injusto 21 de junio, por culpa de unos innombrables que saltaron al campo a falta de pocos minutos para el final, el equipo amarillo se vino abajo con la ventaja mínima que había sobre el Córdoba, debido a un fallo de la defensa que aprovechó Uli Dávila para hacer de Marioni —curiosamente, el mexicano pasaría luego sin pena ni gloria por el Tenerife— y así ahondar en la herida. Sin embargo, y lejos de amilanarse, la afición se unió en pos de conseguir el objetivo, algo que logró, y no sin sufrimiento, hace un par de semanas.

13 años pasaron desde Marioni a Araujo, en los que se vivieron muchas penurias económicas, riesgo de desaparición —evitado gracias al juez Cobo Plana con un Concurso de Acreedores que terminaría en diciembre del año pasado— que devolvía los colores amarillo y azul a la élite del fútbol nacional. Las lágrimas de alegría y sufrimiento unen a banderas grancanarias y argentinas por una misma pasión: el fútbol. La personalidad, el carácter orgulloso y la sangre caliente sólo son el inicio de los paralelismos y nexos que hay entre ambos. Quizá, tan solo por eso, los argentinos tienen el suficiente carisma de poder llamarse a sí mismos grancanarios, de tal modo que hasta el ‘canarión’ nacionalista más orgulloso se vería incapaz de rebatirle. Desde Morete, Roque Olsen, Wolff o Carnevali hasta Araujo o Culio, pasando por ‘Turu’ Flores, Simionato o Walter Pico, hacen posible pensar que los albicelestes son una extensión de la canariedad en España —y fuera del territorio nacional— casi como lo que ocurre con los venezolanos, cuyo país muchas veces es llamado la octava isla. La pausa, el toque, la lectura de juego, la asociación, el compañerismo, la camaradería, el control de la pelota, la técnica depurada, la estática de la gambeta y el nervio, cuando es necesario, son cualidades que hacen posible que el club cambiara su nombre en cualquier momento y pasara a llamarse UD Argentina, hasta el punto de que nadie podría negarlo, no sin una sonrisa hospitalaria que dibuja la satisfacción en el alma.

En Gran Canaria somos diferentes y bien lo demuestran jugadores de orgullo como lo fueron y lo son Tonono, Guedes, Germán Dévora, Paco Castellano, Guayre, ValerónRubén CastroVitolo y Silva. Ahora la meta es remar hacia el norte, donde las aguas son más turbulentas y los vientos del norte obstaculizan el navegar del pequeño barco que ha de surcar 19 mares para llevar un buen rumbo y no perder el camino. ‘Que ellos miren su veleta y sepan dónde está el sur porque nosotros ya sabemos dónde está el norte’ son palabras que cada gran canario repite para dar sustento y alivio a quienes admiran y respetan estos colores. La historia tiene muchas frases como ésta que, sin prisa pero sin pausa, han de seguir escribiéndose en la élite, el hogar que la UD nunca debió abandonar. De esta manera, el orgulloso y magnífico cuento de la Unión Deportiva Las Palmas deberá ser contado de una forma tan digna como se cuenta la maravillosa rutina de todos los domingos. Al fin y al cabo, es la cotidianidad lo que nos hace marcar el paso hacia el imborrable recuerdo de ser quienes somos y de pertenecer a donde pertenecemos. Allí donde el himno y el equipo es más que un club de fútbol: un sentimiento.

14/07/2015

Shark Gutiérrez es especialista en fútbol alemán.

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