El ‘otro’ Calcio

Calcio_Storico_19ÁLVARO MÉNDEZ | Mucho ha llovido desde aquel 26 de octubre de 1863 en el que la madre de los deportes encarnada en las grandes escuelas deportivas de Inglaterra dio a luz al balompié que hoy en día conocemos. Aunque aquel nacimiento en la mítica Freemason’s Tavern fue más bien un divorcio entre dos concepciones distintas que planteaban otras tantas disciplinas que nunca más volvieron a reconciliarse. Fútbol y rugby, técnica y potencia, calidad y fuerza. Tan parecidas y tan distintas a la vez.

Sin embargo, hay que remontarse todavía más hacia atrás en la sacrosanta Historia para encontrar los precedentes que sentaron las bases del que hoy en día es el deporte rey. Muchos de ellos ya han caído en desuso, como el juego de pelota maya, una especialidad precolombina concebida como celebración religiosa que consistía en utilizar cadera, codos y rodillas para meter el balón en un aro vertical a cierta altura y que en ocasiones finalizaba con el sacrificio de los vencedores o de los vencidos. Otros estuvieron vigentes hasta bien entrado el siglo XX, como el violento fútbol de carnaval, una disciplina que floreció en las Islas Británicas en plena Edad Media.

Pero, a día de hoy, aún se sigue practicando uno de los antecedentes europeos que tanto influyeron en nuestro fútbol. Fue en la esplendorosa Florencia del siglo XVI, en los tiempos de los Médici del Bajo Renacimiento, de la resaca del Quattrocento y de la luminosidad del Humanismo, donde se sentaron las bases del calcio florentino —también llamado ‘calcio storico’—, una disciplina que bebía de las mismas fuentes que el fútbol de carnaval británico, pero que se caracterizaba por ser ligeramente menos violento y más organizado.

Con la Piazza Santa Croce llena de arena como terreno de juego, dos equipos de 27 jugadores cada uno batallaban —literalmente— por llevar el balón al otro extremo del campo e introducirlo en un agujero mientras los rivales intentaban impedirlo. En un principio, la participación estaba restringida a la aristocracia, aunque pronto se amplió a otros sectores sociales. De hecho, ilustres papas como Clemente VII, León XI y Urbano VIII llegaron a disputar algún encuentro. Aun así, la agresividad era una de sus señas de identidad. De hecho, muchas de sus características básicas estaban prácticamente copiadas del harpastum romano, un salvaje juego militar que los legionarios llevaban a cabo durante sus entrenamientos para la conquista de Britania en siglo I d.C.

Actualmente se celebran tres partidos de calcio florentino al año en el mismo escenario, aunque con distintos protagonistas. Sus jugadores son auténticos gladiadores y salir indemne una mera utopia. En esta versión se permite el uso de tácticas tan brutales como puñetazos, cabezazos, codazos e incluso la estrangulación, pero prohíbe —lujo mayestático, vaya por delante— golpes bajos, desde atrás o patadas en la testa. Y todo por una chianina, un ejemplar de una raza bovina de las más antiguas del mundo y tremendamente preciada en Italia.

No deja de ser curioso que un deporte que hoy en día es practicado en prácticamente todo el mundo, que se enseña en los colegios y que suele citarse como ejemplo de valores y esfuerzo tenga unos antecedentes tan controvertidos. Es evidente que el Calcio actual dista mucho de parecerse a su antecesor, pero mantiene intacta la preponderancia del físico, la potencia y el cuerpo a cuerpo, algo negativo para los detractores del ‘catenaccio’, pero que está implantado en el ADN del balompié italiano.

07/07/2015

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