‘El Garrincha de Roces’

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SERGIO MENÉNDEZ | Lo cierto es que Juan Castaño Quirós fue siempre una de esas personas capaz de lo mejor y lo peor. El problema es que últimamente se viene recreando más de la cuenta en la segunda de sus facetas. Cosa, por cierto, que tampoco debería pillarle a nadie por sorpresa. No en vano, hace ya más de dos décadas que Mariano García Remón, esa versión de Groucho Marx sin gafas, habano ni gracia que en 1994 dirigía al Sporting de Gijón, preguntado por las dificultades que encontraba a la hora de sentar la cabeza un muchacho que entonces pasaba por ser el jugador revelación de nuestro país, le calaba asemejándole con otro ilustre tocayo. También conocido popularmente por el diminutivo de su nombre de pila, indudable talento con el balón en los pies y carácter visceral, quien fuese cancerbero madridista comentaba que ‘Juanele’, ese alumno que a sus 22 años y tremenda menudez sacaba al resto de la plantilla varios años y cuerpos de ventaja en cuanto a calidad, le recordaba a su antiguo compañero ‘Juanito’.

“Muchas veces no piensa lo que hace, pero lo irá haciendo con la edad”, reconocía este bigotudo bonachón con una tímida sonrisa, pasando de puntillas sobre sus propias palabras mientras la sensación de arrepentimiento se iba haciendo más evidente a medida que las pronunciaba, como si no estuviese en absoluto convencido de estar en posesión de la verdad y se afanase en terminar la frase a la mayor brevedad posible, a buen seguro inconsciente de que acababa de dar con la fórmula de su éxito como futbolista, la misma que explica su fracaso en el plano personal. Porque, efectivamente, el principal mérito de ‘El Pichón de Roces’, las razones que le llevaron a convertirse en un genio sobre el césped, reside en su facultad innata de tomar decisiones acertadas sin necesidad de pararse a meditarlas antes, dejándolo todo en manos de sus magníficas cualidades para la interpretación del juego. Una técnica, no obstante, esa de no pensar demasiado, que le ha conducido por el camino de la amargura desde el día en que decidió colgar las botas, momento en que su vida involuciona en una sucesión permanente de movimientos erráticos. Sin ir más lejos, el propio Remón fue víctima en un par de ocasiones del reverso tenebroso de Juanele: primero, cuando el delantero no llegó a tiempo al avión que le habría de llevar junto al resto de sus compañeros a disputar un partido en Cádiz y no se le ocurrió otra solución que cogerse un taxi desde Gijón a Madrid para reengancharse allí a la expedición tras dejarse la friolera de 70.000 pesetas; segundo, cuando le rompió la nariz al sobrino del alcalde de Santander de un cabezazo durante una noche de juerga en la jurisdicción de Bravo Luchador’, episodio por el que recibió una citación en los juzgados a fin de prestar declaración por un delito de lesiones, enfrentarse a una posible pena de dos meses de cárcel y abonar casi 300.000 pesetas de indemnización. Por desgracia, no sería la última vez que pasaba por el banquillo de acusados.

Pretendido por Real Madrid y Barcelona, la joven promesa fichó el verano de 1995 por el Tenerife. Lo hizo después de su discreta actuación en el Mundial de Estados Unidos. Tanto fue así que Javier Clemente no llegó a alinearle. Una decisión que muchos aficionados no alcanzaban a explicarse en su día. Vale que el seleccionador siempre fue un tipo de ideas fijas y guardia vieja, que nunca se había distinguido por su arrojo a la hora de confiar en los nuevos valores, pero de ahí a no concederle un mísero minuto había un abismo. Sería el propio Juanele quien arrojase algo de luz sobre el asunto de su marginación hace aproximadamente un año, durante su etapa como tuitstar, cuando se agarró al socorrido argumento de la “petición popular” para desvelar que todo se debió a una noche en que Clemente le pilló saliendo furtivamente de la concentración porque le había entrado mono de hamburguesa y patatas fritas. “No eran sólo para mí”, se justificaba el cachondo de Juan, que vino a decir que los detalles como su decisión de despojarse del polo oficial en plena calle para hacerse una foto con un coche o lo rematadamente mal que le sentó al entrenador cuando fue a pedirle una foto de las que solían regalar a los aficionados y Juanele se dio cuenta de que las había perdido acabaron de sepultarle, pues menudo era Clemente. El míster, no obstante, se apresuró a desdecirle en la misma red social afirmando que se alegraba de ver que estaba bien, que le gustaba que se dedicará a contar sus cosas por ahí y lo que tú quieras, pero en ese caso se los había inventado todo. “Estás haciendo una película”, le espetó el técnico de Barakaldo.

De poco le sirvieron a Juan sus temporadas en las islas afortunadas en lo que a encontrar la paz interior se refiere. Si bien a nivel profesional alcanzaría incluso a jugar de tú a tú frente al Schalke 04 de Marc Wilmots por un puesto en la final de la Copa de la UEFA de 1996/1997, hubo que mandarle una notificación para que se presentara inmediatamente en el Cuartel General de Cuatro Vientos a fin cumplir con el servicio militar obligatorio después de que venciera la prórroga que había solicitado un par de años atrás. Prórroga que, naturalmente, había olvidado por completo.

Así pasaron cuatro años hasta que un nuevo cambio de aires se hizo necesario. A punto estuvo de firmar con el Perugia. Según se decía en la prensa, el club italiano llegó a ofrecer al Tenerife – entidad a la que el ariete denunciaría posteriormente ante la AFE por impagos – un cifra cercana a los mil millones de pesetas por hacerse con sus servicios. Juanele, en cambio, acabó recalando en Zaragoza, donde por fin inauguraría su palmarés con un par de títulos de Copa del Rey obtenidos en 2001 y 2004. A orillas del Ebro se inició, no obstante, su declive futbolístico, circunstancia que agudizó si cabe sus problemas personales. Condenado por Paco Flores al ostracismo, tuvo que esperar a Víctor Muñoz le reemplazara en el banquillo para recuperar la sonrisa y algo de protagonismo en los terrenos de juego, aunque sólo fuese efímeramente, pues era cuestión de tiempo que se produjera el típico fichaje a medio camino de la retirada que supone en principio del fin de la carrera del futbolista de a pie. En su caso, el destino fue Tarrasa. Allí permaneció un año hasta que empezó a dar tumbos por la geografía asturiana por vestuarios de menor categoría como Real Avilés, Atlético Camocha y TSK Roces, el equipo del vecindario que le valió de nido. Los tropiezos más graves, sin embargo, los ha cometido en su vida privada, afectado por un trastorno de bipolaridad y una profunda depresión que en su día le ocasionaron un divorcio o una intoxicación por una ingesta desmesurada de pastillas de litio que se tradujo luego en episodios tan lamentables como un ingreso en prisión de seis meses por rajar por equivocación las ruedas del vehículo de un desconocido por confundirlo con el coche su antigua mujer. No contento con ello, Juanele ha llevado a cabo en las últimas horas su enésimo patinazo vulnerando la orden de alejamiento que se le impuso por agredir a principios de junio a su pareja actual con una bate de béisbol, en lo que constituye la prueba irrefutable de la caída en picado de un pichón que sobrevuela ahora mismo la cota más ínfima de la condición humana.

“Ha empezado como Garrincha”, comentaba un periodista sevillano mientras era testigo de las primeras diabluras de este fenómeno en el Ramón Sánchez Pizjuán. “Esperemos que no termine igual”, sentenció el pobre iluso.

23/06/2015

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