La toalla de ‘Cañete’

canizaresMARIO BECEDAS | Vista con perspectiva, 14 años después, la gesta es para agarrárselos. En aquel tiempo pareció de lo más normal, sin atisbo de machada. El Valencia, hiciese lo que hiciese, fichase lo que fichase, crecía al mismo ritmo que lo hacía el ladrillo en España. Eran los años 2000 y la burbuja de la vida no iba a estallar nunca. Éxito fácil sin pensar que más dura sería la caída. Y lo fue, aunque años más tarde, y con la herida cauterizada, curiosamente, por Rafa Benítez, el hombre que hoy va a llenar todas las portadas.

Cuando aún escocía en la ciudad del Turia que el Madrid plateado y un cierto punto cutre de Del Bosque hubiese exprimido a los naranjas en París, recordado año 2000, se presentó la primavera siguiente con un Valencia que iba a acabar repitiendo final de Champions. Héctor Cúper golpeaba el pecho de sus jugadores antes de que saltasen al campo y todo Mestalla suspiraba por hacer aún más grande el boquete de gloria que había abierto el italiano Claudio Ranieri en los últimos noventa.

Si el 2000 se había saldado con los piratas mediterráneos del Valencia destrozando al Barcelona de Van Gaal en semifinales, pongamos como ejemplo, al año siguiente la travesía se presentaría más fácil en cuanto a nombres, aunque más dramática en su estertor. Entre diversa morralla europea, se puede decir que los valencianistas se las vieron de verdad con la Pérfida Albión: el todopoderoso Manchester United de Ferguson, Beckham y Giggs no pudo vencerles en los grupos, al igual que Arsenal después y Leeds por último.

Un camino de los ingleses que dejó al Valencia como cúspide española europea para batirse a un Bayern de Múnich que era el coco junto al Madrid. Ese 23 de mayo de 2001 San Siro iba a ser el panóptico en el que todo el mundo clavaría sus ojos en el día más negro de la historia ché. Formaron por Cúper: Cañizares, Angloma, Ayala, Pellegrino, Carboni, Baraja, Mendieta, Kily González, Juan Sánchez, Pablo Aimar, John Carew. Saldrían después Albelda, Zahovic y todo un clásico como Djukic.

Obviando que de entre esos 14 habría años después dos técnicos del Valencia y otros cuatro, me tendrá que corregir Fátima Martín, cargos de organigrama valencianista, los hijos de la huerta tuvieron en frente, por partida de los bávaros, el siguiente plantel cortesía de Ottmar Hitzfeld: Kahn, Sagnol, Kuffour, Andersson, Linke, Lizarazu, Hargreaves, Effenberg, Mehmet Scholl, Salihamidžić y el gran Élber, el último exotismo de la Bundesliga. Saltarían más tarde desde el banco Jancker, Zickler y Paulo Sérgio.

En ejercicio de justicia poética y de respeto a la historia, no se contará aquí qué ocasiones tuvo cada cuál, quién jugó mejor y, especialmente, quién debió ganar. Pasada esta disertación deontológica sí que se puede decir que el partido sonó a algún adiós en Valencia, como el del capitán Mendieta, pieza clave de ese conjunto que había ganado la Copa en el ’99, excelso lanzador de faltas. Mejor no reflejar en estas líneas qué había pasado con ‘Piojo’ López, junto a Gaizka, el otro icono de un equipo de esos que se dicen ya de corrido.

La cosa es que hubo un penalti que materializó el propio Mendieta, y un Valencia que parecía llevar finos tirantes negros en su camiseta se vio ganador, más aún cuando ‘Cañete’, inmenso, paró una pena máxima a Scholl. El rey Juan Carlos resoplaba en la grada con Pilar del Castillo cerca y Collina, árbitro y Don Limpio, pitaba por inconsciencia en el palco. Effenberg, bestia negra, empataría después el partido con otro penalti, la grada no aguantaba más y todo volvería a la guillotina del punto fatídico.

Abrió Paulo Sérgio y la paró ‘Cañete’. Metió Mendieta. No fallarían después Salihamidžić y Carew. Sí lo harían Zahovic y Andersson. Carboni marraría para perder la ventaja ché. Volvió a decantar a favor del Bayern Effenberg, qué rabia el tío, qué cara de villano. Baraja, Lizarazu, Kily y Linke los clavarían después. La tragedia llegaría con el fallo de Pellegrino, que antes de tirarlo, congelado en el área, sabía que lo había fallado. Kahn saltó de rodillas y en un mismo gesto se puso de pie sin apoyar los brazos.

Alemania había vuelto a ganar, en el último lance, injustamente quizá, yo digo que sí, al final lo he dicho, y el Valencia contemplaba cómo se le volvía a escapar una Champions en los últimos 90 minutos, aunque, esta vez, con el ligero presentimiento de que no se iba a regresar en demasiado tiempo. Aparte del entre rictus e ictus de Ortí y la resignación de la afición, para la historia quedará el inconsolable Cañizares, con su primer cabello de Copito de Nieve, llorando en su legendaria toalla roja y estampando contra el césped aquella medalla de subcampeón.

Foto: RTVE

04/06/2015

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