Atenas, o el fin de una era

FUSSBALL: CHAMPIONS LEAGUE 93/94, AC MAILANDJULIÁN CARPINTERO | Atenas es una palabra que, en los aficionados culés que vivieron los 80, evoca una sensación parecida a la que provoca un escalofrío bajando por la columna. Cuenta la leyenda que, alguna noche, los aficionados blaugranas que viajaron a la capital griega se despiertan empapados en sudores helados balbuceando esas seis malditas letras que les recuerdan que a orillas del mar Egeo el Milan clavó las cuatro estacas del ataúd de un equipo que poco antes había sido de ensueño. La noche más feliz de Berlusconi –futbolística, sólo futbolística– acabó siendo la más amarga para Cruyff.

Pese a todo, el Barça que llegó a la citada final de esa Copa de Europa –rebautizada en Champions League un año antes– era el mismo que se había coronado en Wembley en 1992. El mismo y a la vez tan distinto. Porque en la Liga siguió extendiendo su tiránica dinastía al conquistar su cuarto título consecutivo apenas cinco días antes, aunque en esta ocasión con la influencia aún más decisiva del azar –no hay que olvidar las dos Ligas que el Real Madrid se dejó en Tenerife–, que se hizo carne en Ochotorena y el famoso penalti que le detuvo a Đukić en la última bocanada del campeonato. No obstante, ya no era aquel rodillo que con brillantez había acabado con la Quinta del Buitre, de manera que el desgaste por la exigencia de Cruyff y el conocido como ‘síndrome de la barriga llena’ fueron mermando la excelencia de un equipo que ya era leyenda del fútbol. Y eso a pesar de –y en parte también por– los intentos del propio Cruyff por renovar constantemente la competitividad de la plantilla con productos con denominación de origen La Masía y otros tan excéntricos que el simple recuerdo de Escaich basta para llevarse las manos a la cabeza.

Sea como fuere, en Europa no pasó demasiados apuros para plantarse en la final de Atenas tras la decepción del año anterior, cuando defendía el título por primera vez en su historia y el sorprendente CSKA de Moscú le eliminó a las primeras de cambio para sorpresa de propios y extraños. Tras el susto inicial del Dinamo de Kiev, que le zarandeó contra las cuerdas al vencerle 3-1 en Ucrania y al que doblegó en el Camp Nou con un contundente 4-1, los de Cruyff derrotaron al Austria de Viena en octavos de final por un global de 5-1. Posteriormente, para los cuartos de final, el nuevo formato de la competición establecía dos grupos de cuatro equipos cada uno en el que los dos mejores pasarían a las semifinales. Encuadrado con el poderoso Mónaco de Thuram, Djorkaeff, Klinsmann o Scifo; el inhóspito Spartak moscovita y el combativo Galatasaray, el Barça afrontó la liguilla mostrando la mejor de sus versiones y sumó cuatro victorias y dos empates que le sirvieron para pasar a las semis como primero de su grupo. Por el otro lado del cuadro, Milan y Oporto no dieron opción a Werder Bremen y Anderlecht y, con diez puntos cada uno, accedieron al penúltimo escalón que conducía a la Acrópolis. Así, a lomos de Koeman –que acabaría siendo el máximo goleador de esta edición con ocho tantos, galardón que compartió con el neozelandés del Werder Rufer–, los blaugranas recibieron en el Camp Nou a un Oporto al que el mayor número de goles encajados relegó al segundo puesto de su grupo, en una semifinal a partido único. El resultado, 3-0, no dejaba lugar a las dudas: el Barça estaba a un partido de alzar su segundo entorchado.

Y quizá ese fue el gran problema. La euforia por su triunfal marcha en Europa y las dudas que generaba un Milan que, a pesar de haberse deshecho del Mónaco con la misma contundencia que el Barça del Oporto, no había dejado buenas sensaciones a lo largo del torneo. Sacchi se había marchado dejando tres Copas de Europa en el zurrón de los ‘rossoneri’, pero su legado continuaba personificado en un Fabio Capello que fue capaz de adaptarse a la marcha de los holandeses Gullit, van Basten y Rijkaard y que se había reinventado cogiendo un poco de aquí y otro poco de allá. El 18 de mayo, y ante 70.000 personas, Barça y Milan saltaron al césped del Estadio Olímpico ateniense sin saber que, una hora y media después, nada volvería a ser como antes. Apáticos y sin alma, los Zubizarreta; Ferrer, Nadal, Koeman, Sergi; Guardiola, Bakero, Amor; Romário, Stoichkov y Begiristain fueron engullidos por una máquina intensa, precisa, y en algunos tramos sutil, en la que convivían jóvenes consolidados como Maldini, Albertini, Panucci, Boban o Desailly y veteranos solventes con el pedigrí de Tassotti, Savićević, Donadoni o Massaro. Las lágrimas de Zubizarreta, encogido de piernas y tapándose la cara sentando en el césped, fueron el mejor resumen de un 4-0 (Massaro, dos; Savićević y Desailly) que dejó cicatrices que tardarían en cerrarse.

La vuelta a Barcelona fue un drama y todo acabó por precipitarse. Las promesas de renovación se esfumaron en el aire ateniense hasta el punto de que a Zubizarreta le fue comunicada su marcha en la propia terminal del aeropuerto. Junto a él abandonaron el barco Eusebio, Julio Salinas, Juan Carlos y Goikoetxea, que formó parte de un trueque con Eskurza. El fin de ciclo era un hecho y, aunque el Camp Nou nunca reprochó nada a Cruyff sobre aquella derrota, el deterioro de su relación con la Directiva que presidía Josep Lluís Núñez se acentuó de tal modo que el año siguiente llegaría a un punto de no retorno.

Como el rey persa Darío, Cruyff también comenzó a morir el día que soñó con conquistar Atenas.

02/06/2015

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