La primera vez

MALLORCA COPA 2003

DAVID PALOMO | Ganar siempre es una mierda. Ya lo dijo Tallón en El País. El problema es no hacerlo nunca. O pocas veces. Eso sí es jodido. Perder, perder y perder. Siempre. Un día y otro, como si fuera una maldita resaca eterna. Quizás esa sea la razón por la que en España uno es del equipo de su pueblo y luego del Barça o del Madrid. O si acaso del Sevilla o del Betis. O incluso del Deportivo o el Valencia. O si le gusta el riesgo puede que del Atleti. Pero no hay muchos más seguidores fieles. El resto eligen un color para ahogar las penas y otro para hacerlas más llevaderas. O para ir con alguien en Europa. Así es la patria, un éxtasis de banderas partido por la mitad y pendiente de que lleguen “los soviets”.

Sucede que a veces gana un equipo pequeño. Sí, en ocasiones ocurre. Sin que nadie lo espere. Alguien empieza a pasar rondas, consigue matar un par de gigantes y cambiar los colores de toda España. Como ocurrió con aquel Mirandés de Pablo Infante al que tanto quisimos. O –salvando las distancias– como el Mallorca que se proclamó campeón de la Copa del Rey en 2003 con Gregorio Manzano en el banquillo. Un 28 de junio contra el Recreativo de Huelva (0-3) y sobre el césped del estadio Manuel Martínez Valero de Elche, con dos goles de Eto’o y uno del ‘Rifle’ Pandiani.

Ahora queda lejos aquella hazaña. Los tiempos han cambiado. El Mallorca dejó de ser un equipo de moda. Tras perder la final de 1991 contra el Atlético en el Bernabéu y la de 1998 ante el Barcelona en Mestalla, consiguió levantar la Copa del Rey aquel 28 de junio de 2003, sin contar con demasiada oposición de un Recreativo ya descendido a Segunda. Tanto ha cambiado el panorama que el tipo que dirigía al conjunto bermellón ha perdido el pedigrí aplastado por el paso de los años. Don Gregorio, el artífice del milagro, ha ido menguando hasta acabar entrenando en la Liga china, en la que quedó segundo a rebufo del Guangzhou Evergrande de Marcello Lippi, retirado recientemente.

Pasado el tiempo, solo queda el recuerdo de una noche memorable. Quizás irrepetible. Con Eto’o comiéndose el césped: “corriendo como un negro para vivir como un blanco”. Suyos fueron dos de los tres goles, dedicados a Marc-Vivien Foé, jugador camerunés fallecido durante la Copa Confederaciones. El otro tanto lo hizo el ‘Rifle’ Pandiani. Sin que el Recre intuyera la victoria ni por un momento. El Mallorca hizo historia. Demostró que, a veces, es mejor perder, perder y perder. Una y otra vez. Sin detenerse, como si las derrotas fueran chupitos de licor de hierbas. Y así es, hasta que un día uno consigue la victoria. Única y eterna. Como la primera vez que uno hace el amor. O como aquella primera resaca. Momentos especiales. Como aquella primera vez en la que todo parece magia antes de convertirse en una rutina de deseo carente de sentimientos. Porque sí, sigue gustando, pero no sabe igual de bien.

30/05/2015

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