Última jornada

transistorMARIO BECEDAS | Ni Twitter, ni Whatsapp, ni ninguna ‘app’ de turno. Ni siquiera los videomarcadores. La Liga era un pañuelo y el cielo una bola de fuego cuando los auriculares colgando de una oreja volvieron a ser el fútbol. El Barça conquistaba el título en el Vicente Calderón y muchos nos acordábamos de los años en que sin radio no podía haber ni alirón, ni descenso, ni permanencia. España entera como un pitido radiofónico y un claxon uniforme al unísono que siempre despiertan cuando la primavera cae ante el impacto del balón.

Varias generaciones han/hemos crecido pegadas a un transistor, dándole al domingo una dimensión de folclore que si algún día se va, será con muchas vidas por delante, porque pasen los años que pasen y avance lo que avance la informática, es oír el pisoteo del vecino de arriba o los gritos del bloque de enfrente y aparece maquinalmente el tic de llevarse la mano la oreja. Un echar de menos ese pitido, el de Carrusel, o el purito Dux, porque aunque le han querido quitar el sabor al fútbol, dudo que la mercadotecnia lo haya logrado.

Es el del auricular un gesto huero que denota que no todo ha cambiado tanto. El fútbol sigue siendo la triquiñuela pendiente del español, que acude al bar con la idea de tomar sólo una caña para ver el partido de domingo y acaba pidiendo más de la cuenta o que en su intento de pirateo y no pagar cual rico los privilegios del balompié a la carta, decide buscar la señal colgándose de la terraza con una percha en la mano o se convierte en ‘hacker’ del Pentágono para hallar un ‘streaming’ en tailandés y pixelado que permita deducir el encuentro. Una minucia para los que lidiamos con las rayas de Canal Plus en aquellos domingos.

El ritual se completa con el pequeño paraíso de la última jornada, en la que un intrascendente duelo por la permanencia se convierte en un cosquilleo de estómago hasta para aquel que celebra ya su Liga en Cibeles o en Canaletas. Es nuestro domingo perro y vespertino, es el recuerdo de aquellos ocasos nostálgicos entre los que se disolvían los que iban a ser los últimos días de clase y el iniciático tajo de sol que había partido por la mitad el diminuto estadio de marras.

Fueron y aún a veces son tardes de portero con gorra contra el sol, de graderíos vueltos de cuello, de consumo desaforado de pipas y uñas fuera del Bernabéu, de minutos locos de Carrusel, de ligas en Tenerife, de ajos en la portería rival, de invasiones de campo, de hacer carne y realidad la cabecera del verdadero ‘El día después’, de vestuarios líquidos y de barreños sobre el presidente. Una liturgia que nadie, ni la crisis, nos puede robar del todo a los parias de este sueño que es el fútbol.

Por eso, cuando el domingo la Liga apague la luz, frente a un desolador estío sin fútbol, cuando Xavi se disponga a levantar el último copón de la competición doméstica, del torneo de la regularidad, de la serpiente que nos clava ese veneno adictivo cada semana, aunque sólo sea por honor, y por los descensos y UEFAS pendientes, uno echará mano del transistor, aunque sea en versión web, y pensará lo que hubiesen sido esos años de haber habido Comunio. Un suspiro antes del verano que ha de volver.

21/05/2015

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