A balazos

capturadaÁLVARO MÉNDEZ | Ha pasado ya más de un mes desde aquel fatídico día que estremeció al fútbol continental. Fue el 4 de abril cuando el autobús que llevaba hacia el aeropuerto de Trabisonda a los jugadores del Fenerbahçe fue duramente atacado con disparos de origen desconocido. El equipo volvía relajado y satisfecho tras vencer 5-1 al Çaykur Rizespor en su compromiso liguero y nada hacía presagiar que la tragedia podía sobrevolar sus cabezas. En el momento del atentado, el vehículo que transportaba la expedición de los ‘canarios amarillos’ circulaba por una carretera cerca de un viaducto de diez metros de altura, una caída que, de haberse producido, habría causado un auténtico desastre.

La ventana lateral quedó totalmente destrozada y el parabrisas recibió cinco impactos de bala. El conductor, un héroe de nombre Ufuk Kiran, logró domesticar el bus y evitar el siniestro, pero se llevó la peor parte. Tuvo que ser ingresado, aunque gracias a su pericia al volante posibilitó que ningún integrante del cuerpo técnico ni de la plantilla resultara herido en el ataque. El relato roza la fatalidad y bien podría ser el de un ataque en cualquier zona de guerra, pero no. Era Turquía, nuestra exótica vecina del estrecho del Bósforo. Y no había ni política, ni ideología ni religión de por medio.

La causa fue el odio, la animadversión hacia lo diferente en los colores del club. Ni Dirk Kuyt, ni Emre Belözoğlu, ni Diego, ni Bruno Alves, ni Pierre Webó tenían la culpa de ello, pero estuvieron a punto de perder la vida. La decisión de la Federación de Turquía fue tan simple como insuficiente: suspender el campeonato de Liga durante una semana. ¿Sirvió de algo? No. ¿Mejoró sustancialmente el ambiente en los coliseos otomanos? Tampoco. ¿Fue un parche temporal para un problema que trasciende lo meramente deportivo y que está demasiado arraigado en el tejido social? Quizás.

Y es que lo ocurrido tiene demasiados antecedentes como para obviar la cruda realidad. Muchos recuerdan todavía los sucesos de 2009, cuando un colegiado fue golpeado por un mechero lanzado desde las gradas del estadio Şükrü Saracoğlu y se desplomó en el terreno de juego. Pero el partido se reanudó. ¿Por qué la sangre debía teñir todo un derbi Fenerbahçe-Galatasaray? Meses después, en un intenso duelo entre el Diyarbakirspor y el Bursaspor, otro árbitro sufrió una pedrada en la cabeza, y una semana más tarde una invasión en el estadio del ‘Diyar’ provocó considerables heridas a un asistente.

Aunque quizás el caso más grave ocurrió en 2013, cuando Burak Yildirim, un inocente joven de 19 años, murió el día del caliente derbi de Estambul únicamente por llevar una camiseta del Fenerbahçe. Ese fue su delito. Pero la ausencia de motivo no es atenuante para los cavernícolas y criminales que campan a sus anchas en las gradas y en los calentamientos de las grandes citas. “Solo un loco llevaría a su hijo a un partido de fútbol en Italia”, ha comentado recientemente Massimiliano Allegri. ¿Qué se podría decir de los campos de Turquía? Sólo cabe denunciar el extremo belicismo del fútbol en un país en el que la pasión se desborda de sus cauces racionales y excede los límites de la cordura.

15/05/2015

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