Mayo

camp-nou-mayoMARIO BECEDAS | Algo se vuelve insoportable de plenitud en el aire: es mayo. Mes de primavera, de movimiento, de primer sol, de primer calor, de elecciones. Pero, por si falla todo eso, siempre queda la Champions, el matiz que colorea ese estadio perfecto en el que el verano llega pero no acaba de llegar.

Es la competición europea como el astro rey, una burbuja amarilla y feliz a punto de estallar que solaza todas las vidas cuando en sus últimos términos se dan cita los equipos españoles. Fue en Wembley en el 92, en Amsterdam en el 98, en París en el 2000, en Milán en 2001, en Glasgow en 2002, en París de nuevo en 2006, en Roma en 2009, en Wembley otra vez en 2011 y, por supuesto, en Lisboa en 2014. Ahí espera Berlín.

Pero ya no son sólo las finales. El mundo estuvo a punto de explotar cuando el cielo era violeta y todo Madrid se concitaba en los nimbos que cubrían la visita del Borussia en 2013. Lo mismo que cuando el Bayern destruyó al Barça los mismos días o el Atlético hacía el partido de su vida hace un año contra las blaugranas en el Calderón.

Son nuestros recuerdos, nuestra liturgia de las 20:45 horas, en el bar o en casa, con Mourinho y los aspersores, con Guardiola corriendo por Stamford Bridge, con Ancelotti y sus chicles, con Luis Enrique brincando, con Simeone levantando la barbilla de los suyos, con Mendieta incendiando el Camp Nou, con el 4-0 del Depor ante el Milan  o con la volea de Zidane.

Quizá sea el himno de la Champions, que hace que el fosforito del césped de los estadios brille más, que retumben las alineaciones, que sean partidos con los que se va el día y aparece la noche sin que nos demos cuenta, con los anuncios de Heineken o Play Station, con la sensación de que la mañana siguiente da absolutamente igual.

La Champions es lo que ha puesto al Madrid el primero, ha sido el mejor escaparate de la perfección con aquel Barça de Guardiola, que en el mismo torneo ha visto como le devoraba su hijo Messi, el trampolín que necesitaron Valencia, Atlético o el gran Depor. Una contienda con italianos, alemanes y británicos, creando entre los cuatro países la eternidad de la ‘orejona’.

Me decía Palomo que un día contaremos que vimos jugar a Messi, y que él abrazó a Guardiola en Múnich. Y contaremos que mis discusiones con Juli y Peco, más suaves con Chuso, eran compartiendo esa adoración por la Copa de Europa, el torneo imprescindible, que nunca nos deja, que año tras año vuelve para recordarnos que no todo es volátil. Que hay fidelidades para siempre.

Con el mes recién nacido, todo la gloria está aún por decidir, aunque más clara. Qué se puede decir de un Clásico para la final de la Copa de Europa, por fin, después de medio siglo. Que lo escriba mayo antes de que todo reviente. De plenitud, claro.

08/05/2015

Foto: FC Barcelona

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