Mi oro por un ‘pollo’

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SERGIO MENÉNDEZ | Ni las mentes de los guionistas de las películas de sobremesa de fin de semana de Antena 3 serían capaces de retorcerse lo suficiente a la hora de dar forma a una historia y unos protagonistas a la altura de esta crónica de sucesos. Desgraciadamente, no se trata de ficción, sino de hechos reales. Por increíble que parezca, sí, es cierto que una madre utilizó a su hija de 11 años como moneda de cambio para obtener droga. Se la entregó a Shandell Willingham, un camello que operaba en el estado de Ohio, en Estados Unidos, al borde de la región conocida como Midwest. Concretamente, en Cincinnati y los alrededores de la ciudad. Pleasant Plain, un pequeño pueblo de aproximadamente 150 habitantes situado a 30 millas de la metrópolis, formaba parte de su radio de acción. April Corcoran, madre divorciada y consumidora de heroína, era clienta habitual. El problema se agravó cuando su adicción al caballo ascendió una cota lo bastante alta para librarse de cualquier escrúpulo y ofrecer a su propia hija como método de pago a cambio de dosis. Lo peor, si cabe, es que Shandell Willingham, aparte del tráfico de drogas, contaba también en su historial con delitos por agresiones sexuales y no dudó en abusar de la menor. El intercambio, que se repitió en varias ocasiones a lo largo de casi un semestre, llegó a su fin al tiempo que lo hizo el curso escolar, momento en que la pequeña comentó la situación con su padre y su madrastra, quienes se iban a hacer cargo de ella durante el verano y trasladaron los hechos a la policía.

El caso Cajú’, si bien no resulta ni la mitad de sensible o duro que el anterior, también ayuda a ilustrar las locuras que una persona puede llegar a cometer cuando pierde el control y permite que su adicción a las drogas anulen su razón y capacidad de decidir. “Pierdes por completo la noción de lo que estás haciendo”, comentaba hace solamente unos días Paulo Cézar Lima en una entrevista a Globonews a propósito de su afición a consumir cocaína. Un hábito que desarrolló durante su etapa de futbolista hasta generarle una dependencia que estuvo a punto de arruinarle la vida. “Necesitaba la droga”, reconocía. Llegó un punto, de hecho, en que la cartera no aguantó el ritmo y se vio obligado a pedir a los camellos que le fiasen. Ya se sabe, sin embargo, cómo se las gastan los proveedores de la economía sumergida con la gente que no salda las deudas a tiempo. Entre el temor a que se las cobrasen por su cuenta y la falta de liquidez, ‘Cajú’ se vio obligado a tirar de patrimonio y poner en venta tres apartamentos de su propiedad. Lo que no habíamos sabido hasta la fecha es que también pidió precio por la medalla de oro que le colgaron el 21 de julio de 1970 en el Estadio Azteca al finalizar el encuentro frente a Italia que acababa de convertir a los jugadores de la selección de Brasil en campeones del mundo. El lote lo completaba una réplica en miniatura del trofeo Jules Rimet que Paulo Cézar no dudó en poner igualmente en el mercado.

No es primera vez que ‘Cajú’ desata la polémica por una declaraciones relacionadas con el consumo de sustancias prohibidas. Ya levantó ampollas en el pasado por culpa de unas declaraciones sobre la final de la Copa Intercontinental de 1983 recogidas en su biografía donde Paulo Cézar, que entonces militaba en las filas de Grêmio y todavía conservaba un parecido razonable a Bill Cosby, reconocía que varios de los compañeros que le ayudaron a derrotar al Hamburgo se doparon antes de saltar al césped. “La víspera del partido, dos jugadores convocaron una reunión con el entrenador. Se habló de que precisábamos tomar un estimulante para tener un rendimiento mejor”. Así se refería a la ‘bolinha’, una píldora con forma de esfera y efectos ama olivares muy común en la época que, en principio, Paulo Cézar no ingirió nunca. Lejos de hacerlo, al parecer, trató disuadir a sus colegas, pero sus intentos fueron en vano. “Mi discurso valió poco. La mayoría del equipo tomó la droga. Me dejó muy triste”. Tremenda ironía, viniendo de un hombre que formó parte de un combinado que constituye un icono en la historia de los Mundiales. Un hombre que llegó a compartir vestuario junto a Félix, Carlos Alberto, Brito, Piazza, Everaldo, Clodoaldo, Gerson, Rivelino, ‘Jairzinho’, ‘Pelé’ y ‘Tostão’. Un hombre que, como Ricardo III, el personaje de Williams Shakespeare que acabó implorando que alguien le cambiase su reino por un caballo, fue capaz de deshacerse del bien más preciado de su palmarés a cambio de unos gramos de cocaína.

19/04/2015

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