Cuestión de ética

JavierTebasFIRMA DE FÁTIMA MARTÍN | Del Nido es de nuestra familia, y consideré que tenía que visitarle”. Con estas palabras explicaba el presidente de la Federación Española, Ángel María Villar, su visita el pasado mes de noviembre al ex presidente del Sevilla en la prisión hispalense donde cumple condena por el ‘Caso Minutas’. La jugosa frase, con un trasfondo demoledor, resume a la perfección el principal motivo por el que la española cada vez se aleja más de la posibilidad de llegar a ser la mejor liga del mundo. Las principales instituciones futbolísticas patrias, RFEF y LFP, están anquilosadas. Los clubes de fútbol, quienes sustentan todo este negocio, son dirigidos por variopintos personajes de demostrada inoperancia, cuando no negligencia —¿cuántos presidentes, ex presidentes o máximos accionistas están imputados o condenados por delitos urbanísticos, contra la Hacienda pública o contra sus propios clubes?—. Lo que Villar denomina la ‘familia del fútbol’ supone un pesado lastre para la competición española, cada vez más alejada del paradigma de modernidad y rentabilidad de la Premier.

Son numerosos los males que aquejan el balompié patrio: clubes endeudados, horarios delirantes, marketing paupérrimo, estadios vacíos… Sin embargo, todos derivan o se agravan con un problema mayor: la desigualdad en el reparto de los derechos de televisión. Javier Tebas, vicepresidente de la LFP desde 2001 y presidente desde 2013, ha forjado durante años un sistema que sitúa a Real Madrid y Barcelona en una situación de dominio económico tal que les permite tutear a los millonarios de Europa —United, PSG, Bayern, Chelsea— en detrimento del resto de la Liga. Los datos son demoledores. Desde 2006, se estima que cada uno de los dos grandes de España se ha embolsado más de 1.300 millones de euros por derechos de emisión, mientras sus inmediatos perseguidores, Valencia y Atlético de Madrid, merodean los 350 millones. Sevilla y Villarreal apenas sobrepasan los 250 millones y el Athletic no alcanza los 200. Esta desigualdad convirtió la competición en una suerte de liga escocesa donde la tendencia ha sido que Madrid y Barcelona se disputaran los triunfos seguidos, a más de 30 puntos, por la citada clase media. El Atlético, que logró romper este duopolio la pasada edición, ha necesitado del apoyo constante de fondos de inversión —prestamistas del fútbol puestos ahora en jaque por FIFA— para alcanzar el nivel. Valencia y Sevilla, igualmente asistidos, ni siquiera han sido capaces de incomodar —esta temporada, con sus mejores registros históricos, ya están lejos del líder—.

Cómo se llegó a esta situación es de sobra conocido. Tebas agrupó los votos de Madrid, Barça, la Segunda división y los clubes más humildes de Primera —comprados con migajas del pastel— en torno al G-30. Ellos le otorgaban una mayoría absoluta en el seno de la LFP capaz de garantizar que el reparto se perpetuara hasta 2016. La clase media de la Liga, gran perjudicada del apaño, en lugar de plantarse como frente común, se dividió en rivalidades. ‘Colchoneros’ y ‘chés‘, en un ejercicio de mediocridad impropio de la historia de sus clubes, vendieron su silencio a cambio de una ligera ventaja sobre los demás. Sevilla y Villarreal, que en un primer momento se mostraron especialmente beligerantes en declaraciones publicas, fueron acallados a golpe de horarios —hace falta hacer un esfuerzo de memoria mínimo para recordar qué equipos disputaron más partidos las noche de los lunes cuando se comenzó a implantar como hora de fútbol—. Quienes asistieron a esta especie de extorsión sin alzar la voz fueron cómplices y, con posterioridad, han sufrido en sus carnes los perjuicios a corto y medio plazo de jugar partidos clandestinos semana sí y semana también —descenso de taquilla, de audiencia televisiva, de interés mediático, de caché publicitario… y así sucesivamente—.

A medida que se va acercando la temporada 2016/17, cuando entrarán en vigor un nuevo contrato y reparto televisivos, Tebas ha ido cambiando su discurso público. Ha pasado de publicitar la importancia de un sistema que permite tener a Messi y Cristiano Ronaldo en España de cara a la cotización internacional de nuestra Liga —olvidando que cualquiera de los Madrid-Atlético de la pasada campaña tiene más tirón que un 9-1 contra el Granada, que el Elche lleva meses sin pagar una nómina o que hoy el Celta no podría permitirse costear a Mostovói, Karpin y Revivo— a avisar sobre la importancia de que la LFP acuerde una venta conjunta de derechos para competir con la Premier a nivel global y repartir más dinero para todos. El anuncio, en febrero, por parte de la liga inglesa de su nuevo contrato televisivo para el periodo de 2016 a 2019 —distribuirá entre sus clubes 2.300 millones de euros, frente a los 1.100 millones que ingresará la LFP en el mejor de los pronósticos— ha acelerado inusitadamente la nueva negociación. Una negociación que se mantenía bloqueada por la guerra de egos entre Tebas y Villar hasta que el martes llegaron a la entente cordial que les exigía el CSD para que el Gobierno se pusiera manos a la obra con el Real Decreto Ley que creará un rígido marco jurídico que encauce la venta centralizada.

EnriqueCerezo

Muchos celebran ya el compromiso privado al que ha llegado el Gobierno de publicar el Decreto en dos semanas como si ello fuera a significar la panacea. Sin embargo, ¿alguien se ha parado a pensar para qué quiere la LFP que el Gobierno intervenga por la vía de la urgencia en algo que podría regular ella sola mediante un acuerdo entre sus miembros? ¿Por qué solo Bartomeu y Florentino conocen el borrador de ese Decreto? ¿Por qué el resto de clubes callan de nuevo? ¿Por qué un Gobierno de signo liberal va intervenir en un mercado privado de importancia estratégica residual mientras privatiza otros mucho más esenciales? ¿Es este asunto tan acuciante para la sociedad española que tiene que tramitarse a golpe de ‘decretazo’? ¿Por qué en año electoral? Demasiadas preguntas sin respuesta y todos los precedentes invitan a desconfiar. Las filtraciones en prensa indican que se está pergeñando un reparto menos injusto, donde el 50 por ciento del monto del contrato se dividiría a partes iguales entre todos los equipos, un 25 por ciento se distribuiría condicionado por los méritos deportivos logrados las últimas cinco temporadas —dentro de ese porcentaje nadie sabe si un 80 por ciento irá para el campeón de Liga y un 0’3 por ciento para el colista o habrá más equidad— y el 25 por ciento restante por el interés social medido en función del taquillaje y las audiencias —baremos manipulables tal y como se ha explicado anteriormente—. Aun así, no parece aventurado afirmar que será un reparto menos desigual pero lejos del equilibrio. Cuando el Gobierno dictamine lo sabremos con exactitud, pero será tarde para modificarlo.

No hay visos de que LFP vaya a equiparse con la Premier porque España e Inglaterra son muy distintas. La FA, orientada al fútbol amateur, no tendría potestad para retrasar la firma de un contrato televisivo. El Gobierno británico jamás entraría a legislar en un mercado libre como el del fútbol, no lo aceptarían ni su electorado ni los clubes de fútbol. Los grande clubes ingleses no se muestran temerosos de los pequeños y son conscientes de que la fuerza de su negocio no pasa por pisotearles, sino por darles un margen suficiente para que compitan si su gestión deportiva es brillante —e incluso para permitir que accedan a contratar a los jugadores que ellos desechan, cosa que no sucede en una liga donde Morata ha acabado jugando en Turín—. La Premier arrasa en la Commonwealth, que engloba países donde está social y económicamente más arraigada la televisión de pago que en el mercado iberoamericano. La Premier lleva años trabajando en su imagen e invirtiendo en publicidad y marketing para abrirse nuevos mercados internacionales, mientras, en España, Tebas habla sin ninguna discreción de lo extendidos que están los amaños en su liga y todavía no se ha sentado con los nuevos accionistas asiáticos de Valencia y Atlético —Peter Lim y Wang Jianlin— para trabajar con ellos la expansión por Extremo Oriente. Los clubes ingleses jamás habrían elegido como presidente de su patronal a alguien que cuenta en su currículum con hitos como haber sido asesor de Dimitry Piteman en su paso por Racing y Alavés o de Marcelo Tinelli en Badajoz.

En 1904 Max Weber desarrollaba una de sus teorías sociológicas más conocidas en ‘La ética protestante y el espíritu del capitalismo’. El controvertido ensayo está disfrutando hoy de una inusitada segunda juventud. Su tesis viene a decir que en los países protestantes se da el capitalismo perfecto gracias a que sus trabajadores y empresarios son más esforzados, rigurosos y se desenvuelven mejor que los católicos —más laxos con las normas— en el libre mercado. La crisis de deuda pública en la Unión Europea ha revitalizado este ideario y ha creado una brecha entre los países mediterráneos —Portugal, España, Italia o la ortodoxa Grecia—, que necesitan ser rescatados y tutelados por las ejemplares Holanda, Alemania o Finlandia, de moral luterana o calvinista. Tomando el fútbol europeo como un mercado de libre competencia, las punteras Premier y Bundesliga distan un mundo de la Serie A o la Liga. Basar esta diferencia en asuntos religiosos es tan anacrónico y xenófobo como desacertado. Sin embargo, ¿alguien imagina a Wolfgang Niersbach, presidente de la Federación Alemana, visitando a Uli Hoeneß, ex presidente del Bayern, en prisión? Cuestión de ética.

*Fuente de las cifras de negocio futbolístico: Roberto Bayón (@RobertoBayon_ y www.lne.es/blogs/el-blog-de-roberto-bayon/)

Fátima Martín es periodista ex del diario MARCA y futmi.com

12/04/2015

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