El príncipe eslavo

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SERGIO MENÉNDEZ | Sus miradas, en esa ocasión, a diferencia de lo ocurrido en los lanzamientos previos, ni tan siquiera habían llegado a cruzarse. Antes le había tocado lanzar a Calhanoğlu, Rolfes, Toprak y Gonzalo Castro. A todos había tratado de desconcentrarles, ya fuera esperándoles en el punto de penalti para entregarles el balón en persona y observar cómo lo colocaban sobre el césped, quizás haciéndoles un guiño irónico mientras reculaba lentamente hacia la portería o preguntándoles por dónde tenían pensado tirarlo, siempre después de botar el esférico de forma enérgica en sus narices, y por dos veces había conseguido que errasen. El primero le había entregado prácticamente la pelota en las manos con un disparo centrado y flojo, mientras que el tercero la había mandado por encima del larguero después de completar algo que pareció más paseíto que carrerilla. Dos fallos que el esloveno había celebrado visiblemente feliz, pero sin realizar ningún aspaviento, apenas pronunciando lo que parecía un ‘Come on!’, mientras apretaba los puños y esbozaba una leve sonrisa.

El Atlético de Madrid, por su parte, únicamente había conseguido transformar los lanzamientos de Griezmann y Mario Suárez, ambos ejecutados con total corrección, no como Raúl García, que había tirado fuera el primer disparo. En cuanto a Koke, su penalti iba perfectamente dirigido a la derecha del arco. Sin embargo, Leno había conseguido con el madrileño lo que había estado a punto de lograr las dos veces anteriores y, además de adivinar su trayectoria, consiguió despejar el balón. Llegaba el turno de Fernando Torres en una suerte que nunca se le había dado especialmente bien. Así constaba, al menos, en las cabezas de muchos aficionados colchoneros, que se vieron asaltados de repente por los recuerdos de su primera etapa de rojiblanco y temblaban ante la posibilidad de que el hijo pródigo la pifiase con su tiro. ‘El Niño’, no obstante, al igual que había hecho en la eliminatoria de cuartos de final de Copa del Rey contra el Real Madrid, hizo el prodigio. Lo metió, a pesar del meta alemán, que volvió a dar con el lado. Justo a continuación se dirigió a su portero para abrazarle y susurrarle la confianza que necesitaba de cara al desenlace de la tanda.

Para cuando Oblak levantó la vista la pelota ya estaba en manos de Kießling, que se aproximaba al punto fatídico. Fue el delantero del Bayer Leverkusen quien la botó en esta ocasión. Después orientó la válvula y se preparó a chutar. Lo único que hizo el esloveno fue acercarse un poco, dejando que sus 186 centímetros de envergadura le intimidasen mientras aprovechaba a calentar para después retirarse a la línea de gol. El resto es historia. Nicola pitó. Stefan tiró. Jan paró. A renglón seguido, obviamente, el estadio se cayó. Salvo algunos como Arda Turán, que se quedó de rodillas en el centro del campo agradeciendo al cielo que hubiese escuchado sus plegarias, el resto de futbolistas corrieron junto a los miembros del cuerpo técnico a abrazar a su nuevo héroe. No en vano, había saltado al césped en el minuto 23 de partido, sólo después de que una lesión muscular hubiese obligado a Moyá a retirarse.

Hasta entonces reservado para los encuentros de Copa del Rey, el caso es que desde entonces y hasta la fecha Oblak no ha encajado ni un tanto. A los farmacéuticos les siguieron Córdoba, Getafe y Real Sociedad en Liga, enfrentamientos donde el cancerbero del Atlético de Madrid ha protagonizado actuaciones muy notables. En especial si los comparamos con su debut con la elástica rojiblanca, a mediados de septiembre frente a Olympiacos, precisamente, en Champions League. Visiblemente inseguro bajo los palos, los tres goles que encajó esa noche fueron demasiado Simeone, que relegó al banquillo al hombre que (se supone) había llegado del Benfica a cambio de 16 millones para rellenar el hueco dejado por Thibaut Courtois y otorgó la titularidad en competición continental a Miguel Ángel Moyá, que venía mostrando una gran solvencia hasta que sus isquiotibiales frenaron su progresión. Quién le iba a decir a Jan que el mismo torneó que sembró las dudas a su alrededor le acabaría devolviendo la confianza. Y, lo mejor de todo, con tantas dosis de épica y tensión como las que se vivieron el pasado 17 de marzo en el Vicente Calderón. Una grada prolífica en lo que a cánticos se refiere que ahora se le declara a su coloso por sorpresa al ritmo de una rumba versionada, entre otros artistas, por el Príncipe Gitano, que dice aquello de “Obí, Oblak, cada día te quiero más, obí, obí, obí, Oblak”.

10/04/2015

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