Hertha, Dinamo y el Muro de Berlín

DInamo BerlínÁLVARO MÉNDEZ | Desde los tiempos de Prusia, la capital de la hoy potente Alemania ha ido fagocitando acontecimientos con el paso de los años dejando visibles las huellas dejadas por el canciller Bismack, por la crueldad de sendas guerras mundiales, del innombrable nazismo, de la Guerra Fría y también de la próspera integración europea. Un todo en uno capaz de mostrar las heridas que el tiempo y el horror han hecho cicatrizar a la fuerza para desembocar en el moderno ecosistema comunitario en el que vivimos. Berlín —y esto no se puede decir de cualquier lugar— es capaz de generar incluso más Historia de la que es capaz de digerir.

Cuando el Ejército Rojó tomó la ciudad el 2 de mayo de 1945 e izó la bandera de la URSS en lo alto del Reichstag, todos —aliados y los restos del Eje— conocían de sobra lo que estaba por venir. La carrera por Berlín dejó dividida Alemania en dos mitades controladas por sistemas políticos irreconciliables, comunismo y capitalismo, que pronto se identificaron respectivamente con la represión y la libertad. Mientras, la Repúplica Federal de Alemania se democratizaba y se convertía en la residencia de acogida de las decenas de miles de ciudadanos de la República Democrática Alemana que huían desesperadamente de su fallida utopía socialista en busca de una oportunidad. En la capital esta tensión quedó escenificada con un Muro que separaba la aislada pero boyante Berlín Occidental de la decadente Berlín Oriental. El objetivo de las elites comunistas era evitar el continuo éxodo masivo y asegurar la alienación de los suyos. A la izquierda, grafitis y bailes. A la derecha, torres de ametralladoras y alambre de espino.

Al igual que ocurrió en el resto del territorio teutón, el fútbol berlinés sufrió una trágica partición. En el oeste, permaneció el popular Hertha de Berlín. Al oeste, Dinamo y Unión. La polarización social que vivía la ciudad cuando toneladas de hormigón se erigieron aquel fatídico 13 de agosto de 1961 hizo el resto y favoreció que estos equipos atrajeran a más o menos aficionados. Y la diferencia fue notable. A la derecha del Muro, el Unión de Berlín se convirtió en el paradigma de club del pueblo, del orgullo obrero de la patria del proletariado. Sin embargo, su hermano y vecino, tal y como detalla Simon Kuper en ‘Fútbol contra el enemigo’, corrió una suerte bien distinta.

El Dinamo de Berlín fue creado tras la Segunda Guerra Mundial por las cabezas pensantes del comunismo germánico para que los títulos de Liga de la RDA se quedaran en la capital y encontrar así una nueva herramienta con la que poder rivalizar con la RFA. Muy pronto el Dinamo cayó en manos de la temible Stasi, la policía secreta de la Alemania del Este, y al mando quedó Erich Mielke, autoritario jefe de esta temida pero eficaz fuerza de seguridad. Dentro y fuera de las fronteras, el Dinamo empezó a ser habitualmente conocido como los ‘Schweine’ —palabra alemana con la que se denomina a los cerdos— no solo por su vinculación política con una institución cruel y despiadada, sino porque además utilizaba todo tipo de técnicas para ganar partidos y hacerse con los mejores jugadores.

El propio Mielke fue capaz de seducir, por ejemplo, al mítico Thomas Doll —ex de grandes clubes europeos como Hamburgo y Lazio y actualmente técnico del Ferencváros— para que militara en el Dinamo. También logró el favor de muchos árbitros, un elemento de vital importancia sin el cual no se pueden entender los diez campeonatos de Liga de la RDA consecutivos que el equipo de la Stasi cosechó entre 1979 y 1988. Pero, aunque parezca mentira a tenor de los resultados, el club más laureado del este del Telón de Acero era incapaz de mantener satisfechos a sus jugadores y, de vez en cuando, se iban de la lengua. Dos años antes de que cayera el Muro, el ariete Andreas Thom —que acabaría fichando por el Bayer Leverkusen en tiempos de la Reunificación— recibió el permiso para conceder una entrevista a la revista ‘Stern’ de la RFA. En ella se pudo leer la siguiente perla: “Mucha gente se fuga de la Alemania del Este porque la vida aquí no les gusta. Creo que éste es un país muy raro”. Casi nada.

De hecho, fue Groucho Marx quien dijo una vez que “la mejor vacuna contra la infidelidad es instalarte con tu mujer en el sector ruso de Berlín”. Ciertamente, la vida al este del Muro rebosaba tristeza y monotonía, pero los ciudadanos utilizaban cualquier excusa para huir mentalmente del ambiente gris que les rodeaba. Aunque la ciudad quedó dividida en dos en 1961, el equipo de referencia permaneció en Berlín Occidental. Incluso en el este. Aunque en la RDA el deporte estaba concebido para glorificar el comunismo, muchos fueron los que, a pesar de los esfuerzos del régimen, seguían profesando una fe inquebrantable por el Hertha de Berlín. Mientras el estadio del Dinamo apenas conseguía reunir a unos pocos miles de aficionados, el antiguo Stadion am Gesundbrunnen, feudo de los blanquiazules, lograba dar cabida regularmente a unos 30.000 seguidores.

Sin embargo, aquellos incondicionales del Hertha atrapados en el este estaban privados de ver a su equipo. Pero los arquitectos de la división olvidaron un pequeño detalle. ‘Die Plumpe’ —nombre coloquial con el que se conocía el coliseo del Hertha— quedó en Berlín Occidental, por supuesto, pero a escasos cincuenta metros del Muro. Cuentan las crónicas que durante los primeros meses después de que se levantara, un grupo de aficionados del Hertha de Berlín se congregaban al este de la ignominiosa pared de hormigón cada tarde de sábado. Desde ahí se escuchaba perfectamente el griterío procedente del estadio y, cuando los espectadores animaban, ellos también lo hacían en un intento de permanecer en comunión con sus hermanos del oeste. La RDA pronto prohibió cualquier tipo de manifestación en las proximidades del Muro y el Hertha se mudó al Estadio Olímpico, en el otro extremo de Berlín Occidental, eliminando cualquier rastro de romanticismo futbolístico en la frontera de la vergüenza.

Pero, tras 28 años de humillación, la diosa Historia hizo gala de su cordura y derribó el Muro el 9 de noviembre de 1989. Las dos Alemanias volvieron a abrazarse, pero quienes durante tanto tiempo boicotearon este relato de amor se han visto obligados a pagar por sus fechorías. Hoy en día, el Hertha está lejos de ser el gran equipo de una capital europea pero, a pesar de su irregularidad y de los problemas económicos sufridos en los noventa, parece haberse asentado en los últimos años en la Bundesliga. El Unión, por otro lado, se mantiene en la división de plata del fútbol alemán. Pero, caprichos del destino, el antaño todopoderoso Dinamo de Berlín se ha hundido progresivamente hasta tocar fondo en el cuarto nivel del balompié germánico. Y es que cuando el Muro cayó sepultó bajo sus restos todo aquello que olía a totalitarismo, opresión y falta de libertad.

06/04/2015

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