La nueva vida de Patrick

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DAVID PALOMO | Patrick, el bueno de Patrick. Quién no se acuerda de él. Aquel delantero elástico, de pies largos, rectitud adolescente y gestos de prominencia artística. La ‘Pantera’ de Amsterdam. Ese era Kluivert, ariete comprado en pesetas (2.100 millones) por un Barcelona distinto. Entonces se jugaba con delanteros. O eso decían en el Camp Nou, donde el césped era tan espeso como las excusas de Xavi. Ese ariete, otrora punta de la ‘Oranje’, hoy vive entrenando a la selección de su madre. ¿Holanda? No, qué va. Curasao. ¿Les suena? Pues eso, vamos a intentar situarnos.

Curasao o Curazao, según quién lo diga, es un pequeño país situado en mar del Caribe. ¿Y tienen selección? Eso parece. En la isla de 444 kilómetros viven cerca de 140.000 personas. ¿Por qué se llama así? Porque, según la leyenda, los marineros portugueses que llegaron en barco y padecían escorbuto se curaron al desembarcar en el territorio. ¿Resultado? Lo llamaron corazón. ¿Y quiénes fueron los habitantes primigenios? La tribu de los Caquetíos, que pertenecía a la familia de los Arawak.

Puestos en contexto, y ante la imposibilidad de contar la historia de la madre del delantero neerlandés –mucho más atractiva, sin duda–, toca volver a hablar de fútbol. Porque Patrick ha decidido empezar a entrenar a la selección de la mujer que le trajo al mundo. Sí, podría haber llamado a Barcelona o a cualquier otro equipo de la Liga, la Premier o la Bundesliga. Incluso podría haberse ofrecido al Milan, donde andan a vueltas con los entrenadores. Pero él quería otra cosa, es decir, él deseaba ser técnico del combinado nacional de Curasao. Y en eso está…

Atrás quedó aquella Champions ganada con el Ajax, su relación con Van Gaal, su fichaje por el Barcelona de los holandeses y su paso por el Valencia, el PSV y el Newcastle, entre otros. Siempre sonriente, con esa mueca de felicidad que solo se tuerce cuando vienen mal dadas. Vivió de espaldas a la portería, recibiendo sin saber dónde se encontraba el arco. Y marcó golazos. Sí, muchos. Pero también falló demasiado. Y esa fue su cruz. La falta de acierto le arrebató la gloria.

A sus 38 años, sueña con llevar a ese pequeño país a Rusia 2018. Ese es su objetivo, aunque sea prácticamente imposible. Sus jugadores trabajan en la isla, entrenan por la tarde y se van a darle el biberón a sus niños por la noche. Es decir, entrena a un equipo prácticamente amateur. Se compite por diversión y no por obligación. Y Kluivert lo sabe. Porque sí, le gustaría ir al Mundial representando al país de su madre, pero sabe que la realidad se impone a sus deseos. ¿Lo conseguirá? Apuesten, pero parece claro que no.

03/04/2015

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