Campeón a los puntos

ClásicoJULIÁN CARPINTERO | “¿Cuántas cervezas te has tomado?”, le preguntó Mike Trainer a Sugar Ray Leonard. “Unas cuantas, pero aun así creo que puedo ganar a Hagler”, respondió el púgil a su mánager. Era el 10 de marzo de 1986 y el boxeador que se había colgado la medalla de oro en los Juegos de Montreal acababa de presenciar en directo el combate en el que Marvin Hagler había destrozado al ugandés John Mugabi. Fue entonces cuando decidió que tenía que volver. A partir de ese momento, Leonard y todo su séquito pusieron en marcha su maquinaria mediática para conseguir que Hagler aceptara poner en juego su cinturón de campeón del mundo. Y así sería, aunque para ello tendrían que esperar más de un año antes de que el Caesars Palace se vistiera de gala para la gran cita. De aquella velada aún se sigue hablando.

Un Barça-Madrid, y viceversa, pocas veces defrauda. No importa ni el lugar ni la hora ni la competición que esté en juego, puesto que cuando los dos colosos del fútbol mundial están frente a frente siempre habrá tensión, intensidad, ocasiones y ese aroma tan canalla que impregna cada jugada en las áreas. Sin embargo, el del pasado domingo tuvo todos esos ingredientes y alguno más que parecían haber caído en el olvido desde la década pasada. Especialmente para el Barça. Porque, en palabras de Mascherano, los culés se sacudieron los complejos de la fantástica (y ya lejana) época de Guardiola ganando al Real Madrid con dos registros con denominación de origen de Chamartín y que en tiempos de Pep habrían sido inimaginables. En la primera mitad, un centro al corazón del área sirvió para que Mathieu —que de no haber sido por las molestias de Busquets en el tobillo habría visto el partido desde la banda— reivindicara la buena salud de sus pulmones con un cabezazo picado, imparable, que se clavó en el hígado del Real Madrid y le cortó la respiración durante algunos minutos. Y, en la reanudación, un preciso pase en largo de Alves a Luis Suárez a la espalda de los centrales blancos que el charrúa controló con la precisión de un relojero para escorarse a la derecha y batir con un perfecto disparo cruzado a un Casillas vencido —en todas las acepciones del adjetivo— hacia el palo corto antes de que Luisito cargara la pierna terminó de noquear a los de Ancelotti, que luchaban por respirar agarrándose a las cuerdas. El mismo Barça que a veces se perdía en la maraña de su juego pendular e hipnótico daba un paso de gigante hacia la Liga con dos zarpazos a la yugular de un Ramos que apenas si se había despistado parpadeado.

Otro Luis, en este caso, Enrique, ha acabado siendo el gran triunfador de este Clásico. Más allá de haber metido a su equipo en la final de Copa del Rey, de tener los dos pies en los cuartos de final de la Champions y de caminar con paso firma hacia su primera Liga, el discutido técnico asturiano está siendo capaz de terminar la transición estilística que, a la fuerza, inició Martino el curso pasado haciendo que sus jugadores encuentren senderos alternativos cuando el camino principal está cortado. Con Guardiola únicamente existía un plan, que consistía en dominar la posesión y combinar mucho y rápido en las inmediaciones del área rival apoyándose en la magia de Xavi, Iniesta y Messi y la profundidad de Alves, Pedro o Villa; no obstante, cuando los rivales —llámense Mourinho, Di Matteo o Ferguson— cercaban con minas la carretera, existían pocas alternativas en lo que a balón parado o juego directo se refiere. A día de hoy, la ruta principal del Barça de Luis Enrique sigue siendo el juego asociativo, pero nadie se rasga las vestiduras si Bravo tiene que sacarse el balón de encima ante la presión de Bale, si Piqué busca una diagonal de 70 metros hacia Neymar o si Messi decide volver a disfrazarse de Maradona con un slalom marca de la casa. Y eso convierte a este Barça, aunque menos sublime que el de 2009, en un equipo más peligroso, camaleónico y menos previsible al contar con más recursos y variantes. Y, sobre todo, en un conjunto que no necesita ser perfecto para ganar, como fue el caso del domingo, cuando el Real Madrid le apabulló en varias fases del choque.

Sea como fuere, aparte de su libreta táctica, en el haber de Luis Enrique ya deberían figurar la impecable gestión que ha llevado a cabo en la portería, no sólo por la dificultad de afrontar la ausencia de un mito como Valdés, sino por haber conseguido que tanto Bravo como ter Stegen den lo mejor de sí mismos en las competiciones que juegan cada uno; la recuperación de Piqué como un central de talla mundial, capaz de sostener a los suyos ante los arreones de la BBC; la apuesta definitiva por Rakitić, como metrónomo entre las tubas y los violines; o el acoplamiento de Neymar y Luis Suárez a Messi, sobre el que sigue girando todo, con broncas o sin ellas.

Por fin, el 6 de abril de 1987, Sugar Ray Leonard saltó a la lona del lujoso hotel de Las Vegas con el objetivo de dar un último gran golpe sobre la mesa, pues en la rueda de prensa previa había anunciado que aquel sería su último combate como profesional. Y planteó una pelea distinta, huidiza, casi alejada del cuerpo a cuerpo, con la que buscaba desgastar físicamente a un Hagler más potente, pero que acabó cayendo en su trampa. Sugar Ray sabía que sus opciones de ganar pasaban por los puntos, de modo que al final de cada asalto descargó sobre su contrincante una tormenta de golpes, pues tenía la certeza de que los jueces se quedarían con esa imagen en sus retinas. Cuando terminaron los 15 asaltos, Sugar Ray Leonard era proclamado nuevo campeón del mundo de los pesos medianos en una decisión que aún hoy es motivo de polémica. ¿Fue mejor que Hagler? Nadie lo sabe. El caso es que ganó.

24/03/2015

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