The boxer

imageSERGIO MENÉNDEZ | Pasaban sólo unos minutos de la media hora de partido. El marcador señalaba 2-0. Un resultado un tanto sorprendente, por mucho que se tratara del Manchester United. El hecho de que jugaran en casa, con todas las ventajas que implica para el conjunto local, también invita a pensar en que el encuentro se estaba desarrollando en el ámbito de la normalidad. No olvidemos la enorme dimensión del escudo que luce en esas camisetas rojas ni del escenario en que se desarrollaba la acción. Los ‘red devils’ son siempre un rival a temer, en especial, si juegan en su infierno particular.

Sin embargo, tampoco deberíamos pasar por alto que en frente se encontraba el Tottenham, una de las plantillas en mejor estado de forma de la Premier League en la actualidad. Gran parte de la culpa del buen momento que atraviesa el cuadro londinense se debe a la generosa aportación en forma de goles que viene realizando a lo largo de la temporada Harry Kane, delantero revelación del campeonato. El balance de los spurs en los nueve partidos de liga que se llevaban disputados en lo que llevamos de año hasta su visita a Old Trafford era de seis victorias, un empate y dos derrotas. Chelsea y Arsenal, por ejemplo, equipos que a día de hoy les superan en la clasificación, mordieron el polvo en sus respectivas visitas a White Hart Lane. Crystal Palace y Liverpool, de hecho, son los únicos que les han impedido sumar algún punto a lo largo de 2015. También es cierto, por otro lado, que los hombres de Louis van Gaal no son los mismos que tardaron casi un mes en sumar su primera victoria en la competición doméstica y fueron derrotados a las primeras de cambio en la Capital One Cup después de caer por 4-0 ante el Milton Keynes Dons, equivalente en nuestro país a un Segunda B.

Los tantos de Fellaini, de tiro cruzado, y Michael Carrick, de cabeza tras un rechace en un saque de esquina, en cualquier caso, permitieron al United ponerse por delante. Apenas se había disputado un cuarto de hora de encuentro y Mauricio Pochettino todavía iba a recibir otro gol antes del descanso. Porque una mala entrega de Bentaleb a la altura del centro del campo la iba a aprovechar Wayne Rooney para hacerse con el balón, enfilar la portería rival, dejar atrás al internacional argelino, marcharse de Eric Dier y batir a Lloris ajustando su disparo a la base del poste. Una ejercicio de fuerza, técnica y calidad en la definición que el futbolista parecía ir a celebrar con la gente de la grada. La cuestión es que, en su camino hacia el banderín de córner, el jugador se detiene en seco y, para sorpresa de todos, lanza al aire cuatro puñetazos al tiempo que los marca con la boca. ¡Pam-pam-pam-pam! Acto seguido, como si un púgil invisible le estrellara un gancho en el mentón, el jugador cae fulminado sobre el césped hasta que Ashley Young acude al rescate para devolverle a la realidad con un par de sopapos a los que el jugador responde con un carcajada.

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No se trataba, en absoluto, de una celebración improvisada. La simulación era la forma con la que el delantero inglés respondía a las críticas al vídeo que el diario sensacionalista The Sun había difundido a lo largo de esa semana. El documento, en realidad, reflejaba una escena que se produjo a finales del pasado mes de febrero en la que se podía ver a Wayne Rooney en la cocina de su domicilio intercambiando unos golpes con Phil Bardsley, lateral derecho del Stoke City y amigo personal. Lo que empezó como un juego, no obstante, tuvo un desenlace propio de combate real. A un lado del cuadrilátero, junto al mueble de las especias, con camiseta negra y guantes blancos, Rooney. Frente a él, dando la espalda a los imanes del frigorífico, con jersey rojo y unos guantes rosas de lo más ideales, Bardsley. Nada invitaba a presagiar, a juzgar por la tonalidad pastel de sus manoplas, que, después de medir distancias con de varios directos, tantear el juego de pies del oponente con un par de círculos y abrazarse un poco a fin de castigar levemente sus riñones, Phil le fuese a propinar a su anfitrión un ‘jab’ que le fue a parar directamente a la mandíbula.

A pesar de que no era la intención, el guantazo dejó completamente K.O. a Wayne, que no tuvo más remedio que echarse a dormir. Y eso que el futbolista no es, precisamente, un ignorante en lo que a pugilística se refiere. Hijo, hermano menor y sobrino de boxeadores, sus primeras incursiones en el deporte fueron en el ring. Según ha llegado a reconocer en alguna ocasión, de no haberse ganado la vida con el fútbol, seguramente habría seguido peleando. “Lo llevo en la sangre”, decía. Fruto de esos asaltos en las calles de Roxchet, el barrio de Liverpool que le vio crecer, el jugador luce en su rostro numerosas marcas que el transcurso de los años y las pecas han contribuido a disimular. Episodios de juventud que ayudaron a forjar a ese futbolista temperamental que abandonó el Everton para convertirse en la principal estrella y capitán del club más importante de Inglaterra, pero que también nos permiten encontrarle sentido a su celebración. Porque, a diferencia de Curtis Woodhouse o Tim Wiese, que cambiaron el césped por la lona, Wayne Rooney emprendió el mismo camino, pero en sentido contrario, para quedarse y triunfar.

23/03/2015

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