De cuyo nombre no puedo acordarme

BalázsDzsudzsákFIRMA DE LUIS TEJO MACHUCA | Pelé. MessiFigoKiko. La mayoría de los futbolistas más grandes de todos los tiempos tienen dos características en común. Por un lado, evidentemente, está su talento con la pelota en los pies; salvo notables excepciones —todos tenemos nuestras filias y fobias, así que permítanme no dar nombres—, un hombre no llega a la elite del balompié si no le sabe dar una patada a un bote. Pero por bueno que uno sea, no logrará trascender, convertirse en una figura imprescindible de la historia del deporte, sin un buen nombre. Algo sencillito, fácil de recordar y de pronunciar en cualquier lugar del planeta, que le convierta en ídolo de masas allá por donde vaya.

Lo ideal es una combinación simple, con sílabas estructuradas según el nada complejo patrón consonante-vocal, y lo más corto posible. Zico, por ejemplo, va bien. Totti también sirve: esa doble ‘T’ no supone un gran problema para los hablantes de lejos de las Siete Colinas. Si es algo más largo pero todavía asequible, aún puede ganarse un hueco en la posteridad, al lado de Maradona o Di Stéfano. Los que de ninguna manera permanecerán en el recuerdo serán trabalenguas andantes como sus compatriotas Andrés Guglielminpietro, el frustrado conquistador de ambas aceras de Milán, o Federico Basavilbaso, aquel cuervo que voló sobre Tenerife.

Por supuesto, todo depende del punto de vista del espectador con respecto al idioma del que proceda el apellido correspondiente. Así, para un italiano está chupado decir cosas como Giuliano Giannichedda o Fabio Quagliarella, con esa ‘gl’ que tanto se nos atranca por aquí, igual que los Sokratis Papastathopoulos, Lazaros Christodoulopoulos y compañía son perfectamente normales de cara a un simpatizante de la Selección griega. Hay casos, sin embargo, que resultan objetivamente difíciles, lo mire quien lo mire. El polaco Jakub Błaszczykowski, una de las estrellas del Borussia Dortmund, sabe que así no va a ningún sitio; por eso, en su camiseta ha optado por acortar su apodo a ‘Kuba’. Su compañero de equipo y compatriota Łukasz Piszczek, lamentablemente, no ha tomado una decisión parecida, como tampoco lo ha hecho el armenio del mismo club Henrikh Mkhitaryan.

Quizá una estrategia similar tendría que haber seguido Balázs Dzsudzsák, hasta hace poco uno de los proyectos de futuro más interesantes de toda Europa, hoy estancado en la liga rusa. Los húngaros, en general, lo tienen peor para triunfar que otros pueblos, por esa manía suya de expresarse retorciendo el alfabeto hasta límites grotescos. Ni siquiera en la época de los Magiares Mágicos se salvaban. Todo el mundo sabe quién fue Puskás, alguno más tiene en mente a Czibor o Kocsis… Pero, ¿quién recuerda al heroico lateral derecho Jenő Buzánszky? ¿Por qué se ha perdido en el olvido Nándor Hidegkuti, el número 9 que, al retrasar su posición, permitió el cambio táctico que hizo brillar a aquel conjunto legendario?

En todo caso, el patrimonio de los nombres impronunciables no es exclusivo del este de Europa. No hace falta irse tan lejos para encontrar equivalentes en dificultad a Andrei Kanchelskis, Igor Dobrovolski, Zoran Kvržić, Dejan Govedarica, Sime Vrsaljko o Levan Kobiashvili. Sin ir más lejos, aquí mismo tenemos la inagotable cantera de nombres kilométricos del País Vasco, ese lugar donde Iruretagoyena es un apellido aceptable —e incluso, como el actual portero del Eibar, lo combinan con Arantzamendi y se quedan tan anchos— y Etxeberria se les hace breve. En nuestra vecina Francia, fruto de la inmigración que durante años y más años ha enriquecido sus tierras, no es raro encontrar peloteros como Franck Rabarivony, aquel lateral que destacó en el Oviedo y llegó a debutar con la selección de Madagascar. No era familia, que sepamos, del también franco-malgache Éric Rabésandratana, ni tenía nada que ver con su compatriota de ascendencia polaca Timothée Kolodziejczak, hoy en el Sevilla.

Los Países Bajos también son prolijos en antropónimos peliagudos, como Pierre van Hooijdonk, aunque si hemos de quedarnos con alguien, ha de ser por fuerza con Jan Vennegoor of Hesselink, aquél a quien en el Celtic no escribían el nombre en su camiseta encima del número, como es habitual, sino alrededor. Sin embargo, como casi siempre, en esto los ‘oranje’ están por debajo de su gran rival, la Mannschaft germana, donde juegan Bastian Schweinsteiger, Roman Weidenfeller o Kevin Großkreutz, por poner sólo ejemplos actuales. No olviden que Alemania es un país capaz de plantar dos haches seguidas, como en Otto Rehhagel, sin aparente esfuerzo.

Por su parte, Asia y África son universos completamente diferentes en este sentido, como en tantos otros. Poco a poco, con la llegada de los mejores jugadores de ambos continentes al fútbol europeo, nos vamos acostumbrando a apellidos como Park, Nakata, Diarra o Cissé. Pero todavía nos cuesta un triunfo llamar correctamente a estrellas de sus respectivas selecciones como el burundés Saidi Ntibazonkiza, los iraníes Reza Goochannejhad y Alireza Jahanbakhsh, el nigeriano Azubuike Egwuekwe, el marfileño Sylvain Gbohouo, el uzbeko Islom Tukhtakhodjaev o el sudafricano Reneilwe Letsholonyane.

Todos estos futbolistas, y muchos más que no caben aquí, están condenados a permanecer durante su carrera lejos de la mirada del gran público, confinados en el recuerdo de aficionados que rozan lo obsesivo y en discretas referencias en bases de datos. No sólo luchan por dominar la pelota e imponerse a sus rivales sobre el césped, sino que también pelean contra los diccionarios y los manuales de gramática. Y esa, como bien sabemos los periodistas, es una batalla perdida de antemano.

15/03/2015

Luis Tejo Machuca es redactor en Vavel y experto en fútbol italiano.

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